Cine – La tumba de las luciérnagas (la otra cara de la animación)

La tumba de las luciérnagas (La otra cara de la animación)

Por Bill Barreto

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Hay películas que nos cuesta volver a ver, no porque dudemos de su calidad artística sino precisamente porque la reconocemos; se trata de cintas que nos impactan por su crudeza, por su verdad, y nos muestran algún aspecto de la realidad, que aunque nos es conocido tratamos de ignorar, el arte nos impide voltear la mirada. La tumba de las luciérnagas es una de esas obras.

La animación suele ser juzgada por sus productos más comerciales, por ejemplo las costosas producciones de Disney y Dreamwork, o por las populares series de animación japonesa del momento, de tal cuenta que, para la mayoría del público, animación es sinónimo de entretenimiento liviano; sin embargo, el valor artístico de una cinta no se reduce al soporte o medio en que es vertida, una película filmada no es superior a una animada por el simple hecho de serlo. En todo caso el cine como arte se distingue por su capacidad para generar belleza significativa gracias a la sucesión de imágenes que dan la ilusión de movimiento. Belleza que en ocasiones puede resultar terriblemente verdadera.

Entre las producciones de cine de animación de todo el mundo destacan las creadas en Japón por su amplio repertorio de temas e identidad propia, bajo la denominación de Anime podemos encontrar una amplia gama de géneros y subgéneros que dan cuenta de la diversidad de producciones.  La importancia de esta forma expresiva alcanza en Japón la cualidad de fenómeno cultural: historia, costumbres, sociedad… nada escapa a ser representado por medio de la animación. Incluso un conflicto como la Segunda Guerra Mundial, con todas las implicaciones humanas y sociales que conlleva, es sujeto de escrutinio por parte de los animadores.

Lirismo y crudeza

“La tumba de las luciérnagas” (Hotaru no Haka, 1988 火垂るの墓) es un drama basado en una novela del mismo nombre, escrita por Akiyuki Nosaka, en ella se relata la historia de dos hermanos Seita y Setsuko, un adolescente y una niña, que luego de perder su casa en un bombardeo, y posteriormente a su madre debido a las quemaduras, se ven obligados a vivir con una tía que no desea su presencia, lo cual los conduce, poco a poco, a la marginalidad y al hambre. La acción de esta historia transcurre en el Japón de 1945, la guerra parece perdida mientras la destrucción y la hambruna se extiende por el país, en medio del desastre general la vida de dos niños vale poca cosa, todo aquel que no pueda contribuir al “esfuerzo de guerra” queda al margen de cualquier protección, sólo la relación fraterna, el lazo entre estos dos hermanos nos muestra el mejor aspecto de la humanidad.

Lo más impactante de esta obra es su total implacabilidad, aunque resulta en buena medida un alegato anti bélico, la narración no se detiene a defender una tesis, nos muestra personajes que aceptan la guerra como un mal dado, una circunstancia que los rodea y asalta. Desde los primeros minutos conocemos el destino de Setsuko y Seita, vemos a sus fantasmas acompañarlos a intervalos, como asistiendo a una representación conocida. Sabemos de su eminente derrota y es quizás por eso que apreciamos tanto sus esfuerzos, su alegría ante un plato de arroz o ante un dulce inesperado, atrapar una frágil luciérnaga y disfrutar de su luz. Las imágenes se suceden alternando un juego en la playa, recuerdos de días felices y los cadáveres que se acumulan. La muerte siempre tan implacable e indiferente: unos aviones bombarderos de anónimos pilotos o el hambre, más cercana y terrible.

El descarnado realismo de las imágenes encuentra su equilibrio en una banda sonora emotiva y necesaria (a cargo de Yoshio Mamiya), sin explotar nunca un sentimentalismo falso; un elemento recurrente y en cierta medida alegórico, presente ya en el título de la obra, es la luciérnaga, frágil luz de una pequeña vida, metáfora continua, que hace preguntar a la pequeña Setsuko:

“¿Por qué las luciérnagas mueren tan pronto?”

No hay una respuesta fácil para esta pregunta. Pese a la fragilidad de la vida esta se muestra, incluso en los momentos de mayor dureza, incapaz de negarse a sí misma en la postración; la belleza está presente incluso en un un oscuro refugio antibombas iluminado con la breve luz, breve vida, de unas luciérnagas.

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La producción y su entorno

Con un dibujo mesurado y realista este filme logra evocar situaciones afectivas y tiernas, a la vez que crudas escenas de impotencia y desesperación. El director Isao Takahata, es conocido por su capacidad para perfilar personajes entrañables, basta mirar una de sus series más conocidas “Heidi” (1974); la compañía productora de esta obra, el Estudio Ghibli,  propició la creación de otras obras maestras de la animación como “Mi vecino Totoro” (1988),  “La princesa Mononoke” (1997) y “El viaje de Chihiro” (2001) de Hayao Miyasaki.

Hay que mencionar que la novela, publicada en 1968, en que se basa este filme, relata la experiencia de su autor, quien perdió a su hermana menor durante la Segunda Guerra Mundial debido a la desnutrición. El filme conserva la crítica social a un nivel propiamente expositivo: la guerra es impersonal (nunca vemos a los pilotos de los bombarderos ni de los cazas), los ciudadanos promedio, como la tía de Seita, resultan reproductores de los lemas del gobierno, no hay grandes héroes ni villanos, sólo una vasta región gris iluminada a ratos por el afecto de dos seres fuera del sistema.

Esta obra es también un fresco sobre los últimos días de una forma de vida que se va, el Imperio del Japón como entidad política y social es ya caduco, el viejo orden se desmorona a pesar de que en medio de una ciudad incendiada un anónimo ciudadano se detenga a gritar: ¡Viva el Emperador!

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El cine de animación como arte

“La tumba de las luciérnagas” es un filme que demuestra las posibilidades de la animación en el campo de la cinematografía; junto a los grandes despliegues de fantasía, esa capacidad para soñar lo imposible y volverlo posible, que presenta Miyazaki en obras como “El viaje de Chihiro”, tenemos esta obra de Takahata, realista en el mejor sentido del término, o sea capaz de desnudar las emociones humanas de personajes que nos viven tanto como nosotros a ellos.

El cine en sus momentos de genuina esencia se independiza de la palabra como regidora de la acción, y recupera su cualidad primera de relato visual. La secuencia final de Setsuko es una muestra de esto. Tenemos a una niña en sus actividades diarias en el refugio antibombas que llama hogar, una muñeca sucia, un columpio improvisado y una sábana con la cual jugar, son suficientes elementos para representar las pequeñas alegrías de una frágil vida que se apaga. Una secuencia de imágenes simulando movimiento, sí, pero también algo más…

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