Reportaje – Juegos Florales: una velada aletargada

Juegos Florales Hispanoamericanos:

Una velada aletargada

 

Por: Carmen Lucía Alvarado

Ilustración: Martín Díaz

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Es 12 de septiembre, y durante el día se ven sombreros con plumas de colores, jóvenes marchando con paso firme,  con el fondo de la Luna de Xelajú en cientos de trompetas y percusiones, algodones de azúcar, helados, pollo frito, gente con lentes obscuros, calles tapadas, unidades móviles, anuncios de gaseosas y detergente, edecanes, espantasuegras en el fondo, la campana de los helados, niños llorando, globos en el aire, ruedas de Chicago, un mar de lodo y cáscaras de naranja.

Más tarde la cosa cambia, todo debe ser elegancia y glamour. El teatro iluminado, las cámaras del canal local enfocando los trajes de noche, las caras conocidas, las caras bonitas, las caras importantes. Las familias reunidas en la sala de su casa con la televisión encendida. Es la velada de los Juegos Florales Hispanoamericanos de Quetzaltenango.

Sin mayor diferencia al resto de veladas (Señorita Quetzaltenango y otros certámenes de belleza) esta es la velada en la que se habla, finalmente, de lo que tanta gala ha hecho Quetzaltenango: de arte y de literatura, específicamente. Pero todo un siglo de innovación en el arte, parece no haber pasado esa noche por el Teatro Municipal de Quetzaltenango.  Una velada sacada de siglos atrás, con discursos rimados, pergaminos enrollados, y música triunfal.

Una a una va entrando las damas de la reina con vestidos blancos, luces y música de fondo; y son presentadas con nombres, apellidos, y su función sobre el escenario.  Algunas solamente deben embellecerlo; otras llevan un anillo, una flor, la corona, y una de ellas, llevará la cola del vestido, un vestido largo, blanco, elegante que reluzca ante el público, mientras la belleza de la reina es admirada por todas las personas que, por alguna razón, se sienten felices y orgullosas.

En medio de este listado de quinceañeras entra, repentinamente, el poeta laureado, el  cuentista y el dramaturgo, quienes deben pasar al escenario no sin antes hacer una reverencia a la reina, que se ha colocado en el centro del escenario, en un trono extravagante, rodeada de sus damas y cisnes de utilería en  espera de ser coronada.

El trabajo y el valor artístico de las palabras de los ganadores son algo así como el sermón de un acto religioso, la parte del acto en que la gente apoya su rostro contra las manos. Al final aplauden porque escucharon leer con emoción algunos versos del ganador, pero no lo entienden. La creación literaria y el escenario se convierten en una paradoja. Un poeta leyendo su obra, un narrador leyendo un fragmento de su cuento: toda la literatura que muchos de los espectadores escucharán a lo largo de un año.

Este público entiende la algarabía, las caras bonitas. Mientras más rimas escuchen en la noche, mejor estuvo la velada, más culta, más intelectual; este público entiende que la reina viene de una familia importante y que se merece el tono, que sus damas son las señoritas más lindas de la selecta sociedad quezalteca, y que el baile estará lleno de gente importante, igual que el año anterior. Pero, en su mayoría, el público recordará esa noche por los trajes y las caras, no por las palabras, por la sensibilidad y el arte que llevan las palabras que existen sin necesidad de cortes y coronas.

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