Literatura guatemalteca – Stella: ángel o demonio

Stella de Ramón A. Salazar: ángel o demonio

 

Por: Diana Vásquez

Ramón Salazar, intelectual de pensamiento liberal, estadista, diplomático, polígrafo, defensor de la revolución de 1871. Contribuyó en la evolución de la narrativa guatemalteca introduciéndola en la corriente realista, influjo del español Pérez Galdós. Algunos críticos coinciden en que hay dos elementos comunes en la novelas de Salazar: el amor y el intelectualismo, que producen un efecto desconcertante por su estilo de plasmarlos. Salazar cultivó la crónica de costumbres, la crítica literaria, la traducción, el artículo periodístico, la novela, entre ellas: Stella (1896), Alma enferma (1896) y Conflictos (1898); escribió además dos obras históricas: Tiempo viejo y Recuerdo de mi juventud.

Lo ambiguo, lo sin rostro, las mitades de un solo ser sobresalen en cualquier personaje de novela o cuento que pretende romper esquemas. Aludir a espacios abiertos y complejos, retrata la dosis perfecta de locura y desquicio de la vida en un solo rostro, pues no todo es blanco o negro, sino una infinita escala de grises que perfila entes verdaderos o fantásticos.

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Ramón Salazar es ese atrevido que incursiona en la narración fantástica retratando y personificando a un espectro, una ilusión, lo etéreo en forma femenina. Pero ¿quién es este atrevido? Pues un genio loco, brillante filósofo, científico, ilustre escritor guatemalteco de un siglo XIX tan lleno de finezas y mezclas. Y ¿qué mujer nos presenta? Una muy diestra en las artes del embrujo y poderes sobrehumanos, nos presenta una nívea Stella.

Con sus encajes de blanco misterio, Stella se mueve brillando en la penumbra de una Guatemala acongojada por soledad, desesperanza y melancolía. Stella es el personaje inaprensible de una aventura romántica, con bosquejos de realismo, tintes naturalistas y percepciones oníricas; que tiene el don de manejar a su antojo las emociones de los hombres, convirtiéndolos en víctimas de una lujuria desencadenada para su propia perdición. Estos hechizos recaen en el otro protagonista, la parte masculina: un sufriente, cabizbajo y desgraciado, que sin derramar sangre por su cuello en sentido literal, es degollado, Eduardo Degollado para ser más precisos, sin permiso a confusiones, pues la bautizada Stella no es aquí en ninguna manera asesina.

Las dualidades tienden a formar un todo, un equilibrio, círculo cerrado perfecto, y en esta novela de Salazar viene a cumplirse este concepto en distintos niveles: femenino-masculino, real-fantástico, divino-humano; y los ejes giran en torno a Stella y a Eduardo en sus respectivos lugares. Estos sujetos, tienen características duales propias. Por ejemplo, Eduardo presenta la razón enfrentándose al sentimiento, en un antojo por el idealismo, pero con la constante: conocimiento-ignorancia, ya que él tiene mucha habilidad en materia de artes y ciencias pero desconoce por completo una caricia. Mientras que Stella presenta la insigne muestra de lo angelical y lo demoníaco, un plano que no se pelea con la conciencia ni con el alma, sino se maneja en un plano superior, como conjugando un claroscuro con el Abraxas de Hesse o en línea más directa (porque Hesse se atrasa un siglo para Salazar) con lo Apolíneo-Dionisiaco de Nietzsche.

Es por eso que Stella se transforma y se vuelve a transformar constantemente, concediendo premios y castigos, desprecios y cumplidos a un ser que se devane la vida para agradar a su dueña y señora; dama que no se aparta del frío dolor que lleva dentro, el cual sólo desaparecerá cuando se desvista de la soledad y encuentre al corazón humano que caliente su destierro y conceda su libertad.

Sin final feliz, el héroe Degollado, consigue libertar a su amada, pasando y venciendo en las pruebas o trampas que Stella propone entre sueño y vigilia, entre infiernos dantescos y cielos ilusorios, para entregarse al humano que la conquista con amor verdadero. Y aunque ese amor se consuma, como Eduardo lo describe:

“Nunca hubo una unión más pura entre dos seres que hubiesen pasado por la tierra. La llama en que ambos estábamos ardiendo era la de un éxtasis prolongado y sin fin. Yo me sentía abismado en la contemplación del ideal hecho mujer.” (1)

La historia no puede terminar con el ya concebido: “y vivieron felices…”, pues los amantes se separan por la impaciencia de Eduardo y la liberación de Stella que regresa al éter celeste. Dejando a Degollado sumido en la desesperación más atroz, que sólo la muerte precisará para estar junto con su mitad divina, una exigencia de muerte de acuerdo con ciertas características de la novela de la época.

Stella, la estrella de luz que se disfraza de mujer, gime en la tierra por encontrar un hombre que la devuelva al cielo perdido; y aunque Eduardo coincide en ser su complemento, ambos seres estarán incompletos si no se encuentran juntos, pues hasta un ser divino necesita su parte humana y un ser real necesita su parte fantástica para convertirse en uno: en un ser perfecto.

Salazar, Ramón. Stella. Guatemala: José Pineda Ibarra, 1960

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