Música – Requiems: la melodía de la muerte

Réquiem: la melodía de la muerte

Por Diego Santizo

El poeta portugués Fernando Pessoa escribió en su Libro del Desasosiego, “existan o no los dioses, de ellos somos siervos”. En esencia la misa del réquiem es una suplica a Dios por el descanso de las almas difuntas. El poema litúrgico, escrito a finales del siglo VIII, inicia con los siguientes versos en latín: Requiem æternam dona eis / Domine, et lux perpetua luceat eis [Dales Señor, el eterno descanso / y que la luz perpetua los ilumine, Señor]. Durante varios siglos, los textos del réquiem fueron cantados a una voz, sin acompañamiento instrumental. El poema original estaba dividido en 9 segmentos, de los cuales, desde el Renacimiento, varios músicos han utilizado, modificando partes del texto y logrando una composición particular que refleja su visión de la muerte. Entre las composiciones más importantes están la de Mozart y la de Fauré.

Mozart y el réquiem para su muerte

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Los musicólogos clasifican al austriaco Mozart (1756-91) como mayor representante del clasicismo. Una época dominada por la mesura y la composición estructurada, dominio de las pasiones, búsqueda de la perfección estética y la verdad en la composición. Influenciado no sólo por su familia de músicos, sino por la corte de Viena, Mozart jamás superó notablemente el canon de la época. El temperamento excéntrico de Mozart –que siempre se ha querido negar, debido a la época– no se refleja en sus brillantes conciertos para piano, compuestos por el genio precoz de apenas 8 años, ni en sus acaramelados derroches de belleza al violín. Sólo la muerte reveló al torbellino, al inmortal Mozart.

A principios de 1791, Mozart inició la composición del réquiem por encargo de un hombre desconocido. Debilitado por la fatiga y la enfermedad, el genio de apenas 35 años creyó, por el aspecto del enviado, que era un mensajero del Destino, y que el réquiem que iba a componer sería para su funeral. Consciente de su muerte, Mozart rompe toda estructura clasicista en la composición y se lanza a cambiar pasajes del texto, cambia la esencia del poema, la solemnidad religiosa por la melancolía y en algunos pasajes, el horror por la muerte.

En el segmento que nos ocupa, la Lacrimosa, modificación del texto realizada por puño y letra de Mozart, habita la esencia de la misa, la culpa. La historia cuenta que el último verso que escribió fue Hombre culpable, perdón te pido, Dios. De las 9 secciones en las que se divide el poema original, Mozart completó 3 antes de caer gravemente enfermo. Fue su alumno predilecto, Franz Süssmayr, quien terminó la obra gracias a las indicaciones de su moribundo maestro.

Fauré y la alegría de la despedida

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El compositor francés Gabriel Fauré (1845-1924), en oposición a muchos otros músicos, no elaboró el réquiem debido a la muerte de un ser amado. Su fatalismo revela la realidad como una constante de hastío y sufrimiento, que se dirige inexorable hacia la Nada. Obsesionado con la idea del sinsentido de la existencia, Fauré encuentra en la muerte la única prueba concreta de la felicidad humana.

Fauré siempre quiso algo distinto en la elaboración de obras religiosas. A diferencia del estilo Romántico magnánimo, de gran solemnidad católica, Gabriel buscaba captar los momentos fugaces de la existencia. En el segmento que nos ocupa, el Introito del Réquiem de Fauré, el músico se revela en semejanza con los impresionistas. El inicio de la misa nos sitúa en el momento mismo del inicio de la muerte. Fauré utiliza gradaciones sutiles en color –casi podemos observar la escena– y en armonía, para lograr los efectos del inicio de la muerte. Esta misa es mucho más cercana a una pintura que retrata los espacios oscuros en el ocaso de la vida, que a cualquier otra melodía fúnebre.

El estilo de Fauré esconde en su seno una paradoja musical. Aunque es obvia la libertad ante la muerte, hay una tensión constante en toda la composición, la tensión del mando, del Destino que no da marcha atrás. Fauré logra captar la idea de muerte en su escena. Otra innovación es lograr asir el canto gregoriano en el coro de su composición. La intensidad del canto da como resultado, más que en cualquier otro compositor, la esencia de la muerte a lo largo de la misa.

El Réquiem de Mozart se utilizó en el funeral de Beethoven, de Napoleón, o quizá sea mejor recordar al escritor francés Jean-Paul Sartre que, consciente de su muerte, pidió que el Réquiem de Verdi completara su existencia. Quiero creer que si el Destino llama a la puerta con la 5ta. Sinfonía de Beethoven, la Muerte posa su helada forma en la eterna melodía del Réquiem.

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