Cine – Amélie: el cine como embrujo

El fabuloso destino de Amélie Poulain/

El cine como embrujo

 

Por Diego Santizo

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Se repite con Cardoza y Aragón: “yo no tengo una biblioteca, tengo muchos libros”. Un libro es una llave maestra que abre no pocos cajones en esa enorme habitación que es la imaginación. Una habitación de proporciones colosales. El ocio es la llave o, en este caso, el conjuro que abre las posibilidades ante el cine. Un ocio que es más bien una hueva filosófica, o para ser más claros, un día que ha amanecido insoportablemente domingo y habrá que contraatacar antes de terminar neurótico. El ritual es más complejo cuando se trata de ir a esa sala extraña, donde se escuchan rumores, y se observan acurrucados otros seres extraños, ajenos, lejanos, y una luz blanca que parpadea sobre los cuerpos.

Quien se esconde en la soledad encuentra en los momentos efímeros un entretenimiento, el placer de un color, el sabor de la pasta con salsa blanca y albahaca, o romper la nata catalana con una cuchara, o recolectar fotos para reunir una especie de familia imaginaria, o, ese placer maléfico, romper las bolitas de los empaques de embalaje plástico. Jean-Pierre Jeunet, loco francés, experto en guiones descomunales, nos guía a través del universo parisino con imágenes trágicas, poéticas, irresistiblemente risibles, hasta una especie de orgasmo delicado (como esos que cuenta Amélie en la buhardilla de su habitación), o feliz embriaguez. Técnica exquisita que recuerda los viejos filmes franceses del amor y la luna, Jeunet lleva a la apoteosis la imaginación creando figuras una tras otra.

Amélie es un cajón de imágenes y posibilidades color bergamota, donde la fotografía es una belleza y los diálogos son memorables, líneas subrayables, un mundo en el que los discos se hacen como crepas y La comida de los remeros del francés Renoir es la vista del mundo de un pobre viejo, una mujer de ojos marrón lanza piedras en el canal de San Martín, vino caliente con galletas de jengibre, un mundo donde cada quien lleva un epíteto a cuestas. Como Hipólito, escritor fracasado que gusta de ver cornear a un torero. Ironía estimulante. El fabuloso destino de Amélie, pero ese destino es un rompecabezas que sólo puede lograrse con la búsqueda de un compañero, alguien que pueda llenar la soledad que la agobia desde chica.

Yo, asiduo devorador de papas con aceite de oliva, tengo varias llaves: una escena de Amélie hablando en una cabina telefónica en la estación del tren, el pesado sonido de las manijas del reloj, el cuadro de Renoir, los gatos en el aquelarre nocturno. La llave abre misteriosamente el cerrojo de una ventana y hay tonos color mirlo, un libro, y champagne brotando de la torre Eiffel, como Alicia en el País de las Maravillas. Este filme, repleto de personajes estrambóticos, es una alegoría del amor. Según la imagen cortazariana, Nino y Amélie andan sin buscarse pero sabiendo que andan para encontrarse. Jeunet incluye esta cinta como un sueño hecho realidad luego de la lectura de Alicia.

Quizá la melancolía de que el filme acabe es profunda. Sin duda, una de las mejores producciones del séptimo arte que ha engendrado Francia. Figuras, colores, formas, y la música de un acordeón que llena esa gran metáfora que es París. El amor como la cumbre de la imaginación.

Algo más a propósito de las excentricidades de Amélie, habrá que pensar en nuevos epítetos, mírala de noche, y, recordando la figura de Carrol, cuando el televisor se trague las últimas letras, piensa cómo se vería la luz de una vela apagada.

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