Literatura guatemalteca – Asturias: a cuarenta años del Nobel

Miguel Ángel Asturias: a cuarenta años del Nobel

Por: Víctor Cojulún

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El octubre recién pasado, los guatemaltecos tuvimos el privilegio de celebrar un aniversario muy poco común entre los países latinoamericanos, ya que se cumplieron cuarenta años de que Miguel Ángel Asturias, posiblemente el más celebre y reconocido escritor guatemalteco, recibiera el premio Nobel de Literatura. Y es que los aniversarios no son solamente un momento para celebrar, sino también la situación ideal para reflexionar sobre aquello que estamos celebrando. Lo mismo sucede con Asturias y su obra. Además de alegrarnos por conmemorar este hito en la historia de la literatura hispanoamericana, debemos tomarnos algunos momentos para pensar acerca de la obra de este gran escritor.

Ciertamente, la obra de Asturias es de gran importancia en varios aspectos. En el campo literario, Asturias dejó una huella enorme al llevar a la perfección, en sus novelas, la técnica del Realismo Mágico, previamente desarrollada por Alejo Carpentier, y la imagen del dictador de la decadencia del “Tirano Banderas” de Valle-Inclán, elevada al grado de la neurosis colectiva de su novela “El señor presidente”. Es también notable su importancia para la literatura guatemalteca de los últimos 40 años, durante los cuales no ha surgido una figura lo suficientemente fuerte como para hacernos olvidar a Asturias o por lo menos opacar su figura. En ese sentido, el enorme monumento que se le ha erigido a Asturias se ha convertido, hasta cierto punto, en un obstáculo para las generaciones que han venido después de él y, al mismo tiempo, en un aliciente para que estas generaciones encuentren nuevas formas de expresión y temas no utilizados anteriormente.

Sin embargo, resulta necesario reconocer también que si no hubiese sido por el premio, Asturias hubiese pasado casi desapercibido (incluso cuando recibió el premio no tuvo mucho eco en el país) al igual que han pasado tantos escritores de talla similar a la de nuestro premio Nobel. Incluso a pesar de que es, probablemente, uno de los escritores guatemaltecos más leídos por los guatemaltecos (quienes, como país, no brillamos por nuestros hábitos de lectura), comprendemos muy poco de su obra. Los estudios sobre Asturias, así como la mayor parte de los trabajos que se realizan sobre la literatura guatemalteca, se limitan a enumeraciones de anécdotas y fechas sobre las vidas de los autores. Así, nuestra visión de la obra por sí misma se encuentra profundamente limitada y sumida en un atraso vergonzoso comparada con los estudios que se realizan en otros países. Ha pasado suficiente tiempo desde el premio Nobel de Asturias como para que aún sigamos escudriñando libros y periódicos viejos en busca de nuevas trivialidades biográficas y leyendo sus libros como se lee una revista de entretenimiento.

Estos cuarenta años nos dan una perspectiva de la obra de Asturias como una obra de arte ya instaurada y lista para ser investigada a profundidad, para que encontremos en “El señor presidente” mucho más que un retrato de la época de Estrada Cabrera y en la trilogía bananera veamos más que un mero manifiesto literario en contra de las políticas imperialistas de una potencia económica. Si en cuarenta años hemos aprendido tan poco de la obra de este laureado escritor, ¿qué tan poco conoceremos de la literatura guatemalteca como conjunto? Estos cuarenta años representan una brecha necesaria y útil para el lector y para el crítico literario, para que pueda ver la obra desnuda de todas las ligaduras que aún pueda tener con el autor como persona y no como artista, como productor de obras de arte que se encuentra subordinado a ellas y no viceversa. Así, este aniversario del premio Nobel de Miguel Ángel Asturias debe ser más que un motivo de celebración, debe llamarnos a buscar un entendimiento más profundo de sus escritos, a realizar lecturas mucho más minuciosas, investigaciones más científicas sobre su obra y no sobre su vida. Como bien diría Mario Monteforte Toledo ”Si le debés a Guatemala por haberte inventado, ella te debe porque la inventaste”. Sólo queda preguntarnos qué tanta de esa deuda hemos saldado.

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