Literatura guatemalteca – Pepita García Granados: la musa irreverente

Pepita García Granados: la musa irreverente

Por Vania Vargas

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 La mujer ha sido un  personaje por excelencia. Le impusieron el papel de la virtud, la sumisión y el silencio. Le cantaron a su belleza y su fragilidad. La encerraron en un escaparate para ser contemplada. Su mayor utilidad: procrear.

A lo largo de la historia de la literatura su belleza desató guerras. Fue admirada por su fidelidad. Fue condenada a ver pasar la vida desde la fila de atrás.
Los dioses griegos castigaron con la muerte su intento de sublevación, de venganza: Medea se quita la vida luego de fallar en su intento de desagravio; Clitemnestra muere a mano de su hijo, tras reivindicar la muerte de su primera hija, víctima del egoísmo paterno. Su figura fue la encarnación del amor sin medida.

Con el paso del tiempo se convirtió en tema la dignidad de Dido, quien tras quitarse la vida por Eneas, no atiende a su llamado en el hades; la astucia de las mujeres del Decamerón; la valentía de una Laurencia capaz de mover a todo un condado – Fuenteovejuna-  para buscar justicia. Todo esto mientras la mujer, la de verdad, de cuya fuerza sólo llegaban noticias someras a través de la imaginación varonil, se estancaba en una casa, confinada en silencio y condenada a la ignorancia.

Sin embargo, llegó el momento en que el panorama debía cambiar. Llegó el Romanticismo a Europa, dispuesto a romper con las normativas que había enarbolado el Neoclasicismo para cambiarlas por la libertad y los ideales; para hacer que reinara el sentimiento y bajara de su pedestal la razón.
Es entonces cuando se abre una puerta para la participación de las mujeres, aquellas a las que les había sido vedado el acceso a la educación.

Su educación, de carácter “sentimental”, aunada al espíritu de rebeldía que traía la época, les dio la oportunidad de hacer lo que otras pocas, antes que ellas, ya habían intentado, sin mucho éxito: escribir y publicar.

Guatemala, increíblemente, no se quedó fuera de esta explosión literaria,  y sacó la casta con María Josefa García Granados, más conocida como Pepita García Granados.

Y es que si bien nació en Cádiz, el 10 de julio de 1796, fue traída a Guatemala cuando aún era pequeña. Fue aquí donde se casó con  Ramón Saborio a quien le dio media docena de hijos. Sin embargo, Pepita no era una mujer común. Muy temprano comenzó a dar muestras de talento para el verso, hizo gala de su admiración hacia el Duque de Rivas, y tradujo algunos poemas de Lord Byron.

De la obra rescatada existen varios poemas en los que Pepita hace gala de su fluidez poética y corrección gramatical, así como de sentimientos delicados: entre ellos están, su “Himno a la luna”, “La Resolución”, “A una joven hermana casada con un viejo”, “Despedida”, “La erupción del volcán de Cosigüina” (que tiene tinte de oda heróica), y el poema “A la esperanza”, con el que ejemplifico esta faceta de la poeta:

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¡Salve risueña esperanza/ de quien la magia divina/ a la dicha presta un ala/ y al dolor quita una espina!

Quien en tu seno reposa/ se adormece en la ilusión:/si el placer es una rosa,/ la esperanza es un botón.

Sin embargo, el mérito de esta escritora va más allá de su poesía lírica, tan acorde con el género femenino. A ella le tocó vivir una época política bastante difícil en Guatemala: un período de atropellos que llegó con el triunfo de Morazán.

Esta crisis, que afectó de cerca a su familia, templó su pluma y, a la usanza del Siglo de Oro español, su reacción literaria estuvo llena de ingenio, crítica y buen humor.

De esta época son famosos los “Retratos” dirigidos al mismo Morazán  y a otros personajes de la vida política del momento. Estos escritos, en verso, eran tan despiadados que le valieron la huida hacia Chiapas, donde no dejó de escribir. Un claro ejemplo de estos es el que dedica a Pedro Molina:

¿Veis ese rostro amarillo/con esos ojos hundidos/la boca de sepultura/ con cuatro dientes podridos?/ ¿Veis su cuerpo que parece/momia, esqueleto o espina…?/ ¡Esa es la arpía Molina!

Otra muestra de su agudo humor, utilizado como arma en contra del desencanto que producían los acontecimientos de la época, se hace manifiesta en un momento en que Guatemala sufría los golpes de la muerte por causa del cólera morbus.

El hecho le sirve a Pepita para burlarse de las autoridades de salud, de sus métodos y su lenguaje médico a través de su “Boletín del Cólera Morbus”: un texto escrito a manera de obra teatral en el que participan los principales médicos de la época, encabezados por el doctor Pedro Molina.

A lo largo del boletín, cada uno de los participantes va narrando cuál fue su experiencia con el cólera y dejan al descubierto sus carencias: uno ni llegó a su destino; otro se puso a examinar a un chompipe; un tercero prefirió imaginárselo todo desde lejos, y así, el texto concluye con una descripción de los síntomas que se presentan durante diversos períodos de la enfermedad, así como con un  veredicto médico lleno de crítica y humor.

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Así como sus escritos provocaron que fuera odiada y criticada por muchos, Pepita García Granados también fue altamente estimada por otros, entre ellos, por uno de los más grandes representantes del Romanticismo guatemalteco: José Batres Montúfar.

La amistad que los unió hasta la muerte del poeta, y más allá, es ampliamente conocida. Y digo, más allá, porque ampliamente conocido es, también, el relato de la aparición póstuma que hizo el poeta ante Pepita, en cumplimiento a una promesa que habían hecho en vida: que el primero en morir, regresara para informarle al otro si existía el infierno.

Cuenta la historia que el poeta cumplió su promesa, y en una tarde solitaria se apareció con una sola frase: ¡Sí hay infierno, Pepa! Y a partir de allí, Pepita dejó la pluma y se dedicó a ponerse a cuentas.

La relación que tuvieron en vida estos dos poetas dejó plasmados sus frutos literarios en los versos del famoso “Sermón”: Un poema de largo aliento, caracterizado por un lenguaje levemente escatológico que forma versos llenos de figuras de alto contenido erótico. El “Sermón” aparece así como un texto que se adelanta a su época y hace eco en 1968 cuando la poeta Ana María Rodas publica sus “Poemas de la izquierda erótica” y da pie a este tipo de temática dentro de la literatura escrita por mujeres en Guatemala.

Este “sermón”, dedicado a un canónigo, amigo de Pepita, de apellido Castilla, es una apología del sexo sin remordimiento con la cual los poetas lanzan un reto frontal y una crítica descarnada a una sociedad que se esconde tras una infinidad de apariencias y una falsa moral.

Termina así esta mirada a la vida y la obra de Pepita García Granados. Una poeta en quien encajan perfectamente las características del Romanticismo: primero, por haber vivido en pleno siglo XIX, haber pertenecido a ese “boom” de la literatura escrita por mujeres que se da al mismo tiempo en Europa; por sus trabajos de poesía lírica, intimista, y, principalmente, por su carácter subversivo, por la rebeldía frente a las normas literarias y sociales, porque su vida fue el mejor ejemplo del espíritu de libertad que caracterizó a su siglo.

Enlaces:

– Encuentra el “Sermón” en la Página de Literatura guatemalteca 

– Conoce más acerca de la vida de José Batres Montúfar y de su poesía en la Página de Literatura guatemalteca

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