Música – Bob el coherente

Bob el coherente

 

Por Eddy Roma

 

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La coherencia de Robert Allen Zimmerman (según el registro civil de Duluth, estado de Minnesota) o Bob Dylan (como firma sus discos y canciones) es asunto aparte. A ella se deben sus creaciones y desaciertos; a muchos desorienta y molesta. Presento algunas muestras.

Su conversión a la guitarra eléctrica en 1965 le valió el descenso al foso de los vendidos según la comunidad folk. Extrañado porque los medios de comunicación le nombraron “portavoz generacional”, título que desdeñó, evitó declaraciones ante los periodistas que asediaban su vivienda y con resignación —porque de sufrir lastimaduras lo demandaban por daños personales— aceptaba las intrusiones de ese peculiar género de seguidores que recorre miles de kilómetros para exigirle a su ídolo que marche sobre Washington al frente de una manifestación; mientras acepta o no le vacían la nevera y registran las habitaciones. No quiso presentarse ante la multitud lisérgica de Woodstock (cerró la edición del 25 aniversario.) Anuló el repertorio mundano de sus conciertos tras convertirse al cristianismo a finales de los setenta y amonestaba a los espectadores con la promesa del juicio final entre canción y canción (más callado abandonó la fe.) Cantó de mala gana, queriendo despachar rápido el asunto, en el homenaje que el sello Columbia Records le brindó en 1992. Leí que guarda distancia de su casi testamento de 1997, Time Out Of Mind, donde encaró la mortalidad tras sobrevivir a una crisis cardiaca. Y asegura que los sesenta no fueron tan espectaculares como muchos los imaginamos.

Supongo que la coherencia de Bob se debe a su estima como artista. Estudió nota por nota cuanto le aportaron los géneros folk, blues, country y gospel, electrificó su sonido cuando lo consideró necesario y supo abrirse paso entre oyentes y ejecutivos que le pedían (¡pero ya!) otro “Blowin’ In The Wind”. Para comprobarlo conviene dirigirse al primer volumen de sus Crónicas, publicado en lengua materna en 2004 y traducido un año después al castellano. Cuenta sus orígenes como intérprete de la tradición folk estadounidense; refiere la sacudida transmitida por el hallazgo de Woody Guthrie y Robert Johnson; recorre la grabación del disco Oh Mercy (1989) que no satisfizo del todo al cantautor y Daniel Lanois, su productor; enumera a cantantes y conjuntos vocales olvidados excepto por la memoria de Bob; menciona a los propietarios de clubes y garitos del Greenwich Village donde tocaba la guitarra por unos centavos;  alude a la crisis que lo llevó a plantearse el retiro porque ya estaba cansado de tocar las mismas veinte canciones noche tras noche, y cómo una herida en la mano estuvo a punto de arruinar la renovación que culminó en el Neverending Tour, donde no pasa año sin que ofrezca cien o doscientos conciertos.

Es el pasaje que prefiero: Bob hizo una larga gira con Tom Petty & The Heartbreakers, tocaba las mismas veinte canciones, los músicos de Petty lo instaban a recuperar gemas del catálogo y no se sentía contento con lo que hacía. Pero una escapada a un bar de San Rafael, California, cuando decidió faltar a un ensayo con The Grateful Dead, le reveló a un viejo cantante de jazz vestido con pulcritud. «No era muy enérgico, pero no tenía por qué; aunque estaba relajado demostraba su natural poderío al cantar. De pronto y sin previo aviso, me asaltó la sensación de que el tipo tenía una ventana abierta a mi alma, que me decía: “Deberías hacerlo así”», apunta. Más tarde, en Locarno, Suiza, cuando la técnica vuelta a recuperar lo abandonó y estuvo a segundos de sufrir un ataque de pánico ante 30 mil espectadores, pilló un recoveco que le transmitió una nueva energía. «Poseía una facultad nueva que parecía superar todos los otros requisitos humanos. Si quería un objetivo diferente, ya lo tenía. Era como si me hubiera convertido en otro músico, desconocido en toda la extensión de la palabra», declara. Ensambla sus canciones con nuevos arreglos y a ratos visita el estudio para registrar discos (Time Out Of Mind; Love and Theft, 2001; Modern Times, 2006) condecorados de inmediato con cuatro o cinco estrellas por la revista Rolling Stone.

Dicen sus seguidores que merece el premio Nobel de literatura. Deberían concedérselo  para matar del enojo a Harold Bloom y demás eruditos. Bob también escribe: ahí están las letras de sus canciones. Por ahora, el Príncipe de Asturias es un buen aperitivo. No lo declara, pero imagino que tampoco le ha de gustar que lo consideren un clásico viviente. Aquí sigue: suficiente con eso.

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