Reportaje – De personajes a creadoras: los inicios de la mujer en la literatura

De personajes a creadoras:

Los inicios de la mujer en la literatura

 

Por Vania Vargas

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Virginia Woolf, una de las escritoras más importantes del siglo XX publicó, en 1929, el libro titulado “Una habitación propia”, un texto que tenía la intención de ser parte de una conferencia acerca de las mujeres y la novela.

Sentada a la orilla del río –quizá de la misma forma en que 12 años después lo haría, antes de lanzarse a él-  Woolf empieza a gestar un ensayo que parte desde las dificultades a las que se ha enfrentado la mujer a lo largo de la historia, las cuales limitaron su vida y su capacidad de expresión artística.

“La poesía está impregnada de ella desde el principio hasta el final; de la historia está casi ausente. En la novela domina la vida de reyes y conquistadores; en realidad es la esclava de cualquier muchacho obligado por sus padres a ponerle un anillo en el dedo. Algunas de las palabras más inspiradas, de los pensamientos más hondos de la literatura caen de sus labios; en la vida real a penas sabía leer, a penas deletrear y era la propiedad de su marido.”  Afirma.

Sin embargo, llegó el Romanticismo, y con él la libertad y la rebeldía que abren la puerta para la participación de las mujeres.

Aún así, las cosas no eran fáciles. Muchas escritoras fueron objeto de la crítica mordaz del género masculino; otras, incluso, tuvieron que esconder su identidad bajo un nombre de hombre para conseguir aceptación. De cualquier forma, sus esfuerzos fueron premiados. Hoy, sus nombres y algunas de sus páginas engrosan la historia de la Literatura Universal.

Inglaterra: el juego y el anonimato

La chispa inglesa a mediados del siglo XVII fue Aphra Behn. Una mujer que se alzó con el título de la primera escritora profesional de Inglaterra.

Ante la muerte de su marido, y tras pasar unos años en prisión, por deudas, empezó a ingeniárselas para ganarse la vida con la escritura, y lo logró. Aunque no se libró de la crítica, que no tardó en lanzarle acusaciones de plagio y obscenidad.

Un siglo más tarde, irrumpió en escena Jane Austen. La séptima de ocho hermanos. Empezó a escribir novelas para su familia, y terminó considerada, junto a Walter Scott, un personaje de transición entre la literatura del siglo XVIII y el XIX. Austen fue la “Madre de la novela inglesa”.

Ese título, sin embargo, no la salvó de enfrentar dificultades. Su novela más conocida, Orgullo y prejuicio, tuvo que ser publicada como una obra anónima.

Si bien, Austen evitó poner su nombre en el momento de publicar; las hermanas Brontë tuvieron que esconder los suyos bajo seudónimos varoniles, un fenómeno que se repetirá abundantemente a lo largo del período, y al que más adelante, también tuvo que recurrir, en Inglaterra, Mary Ann Evans, para poder publicar en las revistas donde la conocían como George Elliot.

El caso es que Anne, Charlotte y Emilie Brontë empezaron a escribir como parte de un juego. Bajo los seudónimos de Acton Bell, Currer Bell y Ellis Bell, las Brontë publicaron un libro en conjunto titulado Poemas.

Sin embargo, su obra narrativa individual es más conocida. Tal es el caso de Jane Eyre, de Charlotte Brontë, y Cumbres borrascosas de la más famosa de las Brontë: Emily.

Como es sabido, una de las características del movimiento romántico fue la descripción y asociación del entorno con los estados del espíritu. De esta particularidad se valió, también, la novela gótica inglesa para enmarcar sus relatos sobrenaturales, entre los que destacan los de dos escritoras: Frankenstein, de Mary Shelley – surgido también a partir de un juego-; y Los misterios de Udolfo de Ann Radcliffe.

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España: ¿y dónde está el bigote?

Antes del siglo XVIII español el único nombre femenino que figuraba entre los exponentes de las letras españolas era el de Santa Teresa de Jesús y su prosa mística.

Sin embargo, llegó el siglo XIX y con él Fernán Caballero, otro nombre que escondía tras de sí al de una mujer: Cecilia Böhl de Faber, novelista suiza, que se radicó muy joven en España y dio inicio a lo que, más adelante, se conocería como la novela realista moderna, con su libro La Gaviota.

Otra extranjera naturalizada fue la cubana Gertrudis Gómez de Avellaneda. De su libro Poesías, el director de la vida literaria madrileña, Nicasio Gallego, dijo en el prólogo: “Cuesta trabajo persuadirse que no son obra de un escritor del otro sexo”.

A pesar de haberse ganado la admiración de muchos, la discriminación no desapareció. Más tarde le negaron el acceso a la Real Academia Española.

Otras mujeres que se ganaron la admiración de los escritores de la época fueron: la gallega Rosalía de Castro. De ella dijo Azorín: “es uno de los más delicados, intensos, originales poetas que ha producido España”. De allí que se considere, junto con Bécquer, lo mejor del Romanticismo tardío español. Y Emilia Pardo Bazán: introductora del naturalismo a la península. Narradora y crítica literaria. Considerada la mejor novelista española.

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Francia: los salones literarios y la rebeldía

En el país galo, la presencia femenina se remonta al siglo XVII cuando empiezan a aparecer los salones literarios dirigidos por la Marquesa de Ramboulliet, Madame de Staël y Madelein de Scúdery: a quien por sus novelas de carácter sentimental y su estilo refinado se le otorgó el nombre de Safo.

La primera novela psicológica moderna, también fue producto de la pluma femenina. La princesa de Cléves, apareció en 1678, con la firma de Madame de La Fayette.

Cada una de ellas es el preámbulo para llegar al siglo XIX y a una de las más grandes figuras literarias femeninas que desafió a la sociedad de su momento: George Sand.

Su verdadero nombre era Aurore Lucile Dupin. Y se caracterizaba no solo por su identidad y su atuendo varonil, sino, además, por llevar una vida social y amorosa sin prejuicios: fue amante del poeta francés Albert de Musset, del compositor Federico Chopin, y tuvo una breve relación con el novelista Gustav Flaubert – a quien le llevaba 17 años-.

Su vida y su obra -en la que dedica bastantes páginas para criticar el papel tradicional de la mujer, y en la que califica al matrimonio como un tipo de prostitución legal- desafiaron de frente a la sociedad francesa del momento, que, finalmente le otorgó un espacio en la historia al lado de escritores de la talla de Balzac o el mismo Flaubert.

 

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América: el misticismo y el escándalo

De los conventos de la Época Colonial salieron las primeras voces femeninas americanas. Tal es el caso de la mexicana Sor Juana Inés de la Cruz, autora de varios escritos sagrados y profanos que le merecieron ser el centro de la polémica de su época. Y de la antigüeña Sor Juana de Maldonado y Paz, considerada, según recientes estudios, la primera poeta y dramaturga centroamericana.

Siglos más tarde, aparecen en Guatemala las primeras periodistas: Pepita García Granados, la gran poeta satírica; y la quetzalteca Vicenta Laparra de la Cerda, también conocida por sus novelas naturalistas.

Finalmente, ya rallando el siglo XX, surge María Cruz, la erudita traductora de los poetas malditos franceses y de Edgar Allan Poe.

Así fue como las mujeres traspasaron las barreras que les habían impuesto: vivieron con intensidad, viajaron, sufrieron, se cambiaron de nombre, se vistieron como hombres y escribieron. Así comenzó todo. Así nos abrieron la puerta.

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