Literatura guatemalteca – La importancia de llamarse Tito

La importancia de llamarse Tito

 

Por Jaime Barrios Carrillo

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Si algo le espantaba era un homenaje. Basta repetir el epitafio (en el cementerio de San Blas) de alguien que apenas creía que había sido un escritor.  Pero los homenajes se han sucedido mundialmente desde el mismo día de su fallecimiento en 2003. Alguien apuntaba: “Tito no puede morir, es otra de sus bromas.”

Recordemos que en el metro de Madrid, verano de 2002, habían puesto por todas partes textos de Augusto Monterroso. Dos años antes había recibido el Premio Príncipe de Asturias y había dicho entonces: “Quisiera considerar este Premio como un reconocimiento a la literatura centroamericana, de la que, como guatemalteco, formo parte. Centroamérica, como bien pudiera haber dicho Eduardo Torres, ha sido siempre vencida, tanto por los elementos como por las naves enemigas: me refiero a los desastres naturales de los últimos años y a los económicos y políticos.”

Y cuando recibió el Premio Miguel Angel Asturias expresó: ”Alguna vez me atreví a decir, que mi máxima aspiración como escritor estribaba en ocupar algún día, media página de un libro de escuela primaria de mi país.”

Más allá del cliché del “cuento más corto de la lengua española”, resaltemos el constante interés por su obra en Hispanoamérica. Su obra es literatura pura, acorde a un ideario trazado por él mismo. Aquello de que la misión de un escritor es escribir bien. En sus palabras: “en literatura no hay nada escrito”.  Conviene  preguntarse ahora, si se ha cumplido su deseo ferviente de que incluyan sus textos en por lo menos media página de escuela primaria guatemalteca. El mejor homenaje que un país puede hacerle a un escritor es reconocerlo como tal: publicándolo, leyéndolo, estudiándolo.

Me permito esbozar los méritos literarios de Monterroso:

1) Una escritura precisa y breve pero cargada de significados.

2) García Marquez ha acuñado el concepto de que “a Monterroso hay que leerlo con las manos arriba.” El humor en Monterroso es como una teoría del conocimiento.

3) Revitalización de la intertextualidad en lengua castellana. Es decir, la tradición cervantina de hacer “literatura de la literatura”.

4) Cuando se le otorgó el Premio Príncipe de Asturias se hizo un tácito reconocimiento al género del cuento. Y al cuentista Monterroso como uno de los grandes.

5) La estricta perspectiva literaria. No escribe para quedar bien con nadie ni por determinada causa política.

6) La reivindicación de la fábula. No como moralista sino como fabulador. Monterroso no es un Samaniego ni Esopo. Es Monterroso que retrata la condición humana. Y retoma una tradición que parte desde las historias animistas del Popol Vuh a las fábulas coloniales de García Goyena y las de la Independencia de Bendaño y de Matías de Córdova.

8) El traslape de los géneros. El ensayo que se vuelve cuento y viceversa. El poema que es prosa pero resulta siempre prosa.

9) La creación de un personaje que ha hecho época: Eduardo Torres.

*    *    *

 

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La traición del traductor es tema recurrente en la obra de Augusto Monterroso. Aseguró alguna vez: “estamos en un mundo de traducciones del cual hoy no podemos escapar”. La traición lo entusiasmaba si lograba su objetivo: ser fiel a la literatura. Un paradigma para Monterroso fue La importancia de llamarse Ernesto de Oscar Wilde, título que literalmente hubiera sido: “La importancia de ser serio (u honesto).”

Es obvio que una traducción mala desdibuja el texto original y puede hacerlo irreconocible. ¿Cómo se escribiría El Dinosario en chino? ¿Despertará el asombro del lector pekinés? La movilidad textual crea sorpresas. Aún sin que se cambie de lengua; así en el ámbito del español hasta el mismo dinosaurio ha experimentado metamorfosis históricas. Monterroso da ejemplos en su libro La Vaca; como cuando Carlos Fuentes lo confundió con un cocodrilo. O Vargas Llosa tomándolo por unicornio. Traducción y percepción riman el mismo camino. Traducir significa traspolar al “exacto equivalente”. La tragedia mal traducida puede convertirse en un sainete que a nadie divierte. “No me deja de asaltar la duda de que Augusto Monterroso sea intraducible” afirma Lars Bjurman, su traductor al sueco. Tiene razón, no todos los días se enfrenta un traductor con dinosaurios de tan alta estatura.

Recordemos que fue Italo Calvino el “descubridor” europeo de Augusto Monterroso, aunque, al encontrarse, no pudieron conversar mayor cosa. “Yo he estado en Guatemala” parece que le dijo un tímido Calvino. “Yo he estado en Italia” había pensado responderle el no menos tímido Monterroso. Ignoramos si ambos escritores, a su vez grandes lectores, se leyeron mutuamente en buenas traducciones o en los magníficos originales. Lo Otro siempre es exótico.

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Monterroso llegó finalmente a Suecia. Es decir la traducción de algunos de sus textos. Y del asombro inicial algunos han pasado a la ovación ecuánime. Él mismo nunca pudo creer en los elogios, confiesa “que le dan miedo”. Tal vez porque en el cementerio Parnaso de San Blas alguien: “escribió un epitafio y le dijeron que se creía difunto.” Aplausos y elogios eran siempre para Monterroso temibles reacciones de ese monstruo lorquiano de muchas cabezas: el público, los lectores, la crítica. Todos los elogios son dudosos. El único elogio certero, nos dice, es imposible de dar o recibir, es decir: “Usted es el mejor escritor de todos los tiempos”.

Tito Monterroso prefería espacios más íntimos: los de la literatura. Aunque en el breve relato El autor ante su obra apunta: “un libro mio recién publicado que se desliza de mis manos en la alta noche es lo único que se ha interpuesto entre mi mujer y yo”. No especifica si incluye los libros traducidos de su obra en otros idiomas.

Paul Valéry en la famosa carta al traductor y escritor Miomandre, llamaba a Miguel Ángel Asturias escritor afortunado porque había sido bien traducido al francés. Fue Asturias el que hizo ingresar a Francis de Miomandre a la historia de la literatura. Pero Valéry consideraba que el afortunado no era Miomandre sino el futuro Nobel guatemalteco.

El traductor Lars Bjurman ha introducido a Monterroso a Suecia. El Dinosaurio en sueco es tan dinosaurio como Monterroso es Monterroso. Primero fue la Oveja Negra. Después vino Obras completas y otros cuentos. Este segundo volumen es en realidad una antología, ya que Bjurman incluye textos de otros libros de Monterroso y algunos dibujos del autor, sacados lógicamente de Lo demás es silencio.

La importancia de llamarse Tito ya no se pone en duda. Traduzco lo escrito por el traductor sueco: “Por mucho tiempo creí además que Augusto Monterroso era un seudónimo, acaso en el mismo estilo de Eduardo Torres, el personaje invisible. Pero Monterroso existe y ha sido visto durante los últimos decenios, en conexión con las publicaciones de su breve y excéntrica prosa, en ediciones europeas bajo nuevos títulos. Cambiados frecuentemente por las editoriales, dando la impresión engañosa entre sus adictos de que se trata de nuevos textos…” Bjurman no explica en qué consiste la excentricidad monterroseana, pero sí dedica más de treinta citas para explicar desde quién era el novelista José Milla hasta una referencia a Paradiso de un “tal” Lezama Lima, con la aclaracion que esta obra “no ha sido todavia traducida al sueco”. Creo que Bjurman no agrega mucha novedad en su colofón mas ha evitado inteligentemente la forma de prólogo. Repasa, siendo ameno, lo que ya se ha dicho en otras latitudes: el minimalismo, el humor y la sátira, el exilio, la virtualidad textual de Monterroso.

La recepción de una obra extranjera es siempre una especie de bautizo inconfeso. No puede afirmarse que Monterroso sea un nombre de multitudes en Suecia. No lo es en ninguna parte del mundo. “Las multitudes del mundo” no están buscando el oro de la palabra sino el brillo del best seller. Esto suponiendo que las multitudes lean. Indicador más interesante pueden ser reacciones canónicas. No todo canon es reaccionario. Un hispanista de la Universidad de Estocolmo y experto en el barroco español, Anders Cullhed, hace un curioso parangón entre el humor de las protestas literarias de Monterroso con la resonancia de cierta tesis presocrática, aquella de que el ser humano es la medida de todas las cosas.

Yo me identifico más con lo dicho por un crítico de nombre Thomas Almqvist: “Las fábulas de Monterroso son arte mayor en forma concentrada”. Aunque no deja de cautivarme, con bastante resistencia, lo expresado por Karl Steineck en cierto periódico de la ciudad de Helsingborg: “El que piense leer sólo un libro en la vida asegúrese que ese libro sea La oveja negra y otras fábulas”. No sé si Monterroso mismo estaría de acuerdo, si recordamos el volumen de lectura que él mismo ha adquirió durante una vida de estar insaciablemenbte devorando bibliotecas.

Más seguro es señalar la empatía ambigua de Monterroso por todos los traductores: “todas las traducciones son necesarias pero ninguna es perfecta”. Quizás había resabios de una lejana experiencia de traductor, fallida entonces en aras de la virtud literaria. Lo narra en La Palabra Mágica: Monterroso llorando en las orillas del río Mapucho en Chile, exiliado y sin dinero. Ha renunciado al único trabajo que pudo conseguir: la traducción del inglés de un cuento de gángsters. Y a pesar de que el cuento comenzaba a ser legible en español, precisamente por la importancia de ser autentico optó por el abandono de la empresa, nos dice:

“…resuelto a morirme de hambre antes de seguir traduciendo aquello…”

¿De dónde tanta imaginación? ¿Cómo en una obra no precisamente prolija, logró Monterroso abarcar tan acetrtadamente tantos temas humanos? Porque Tito sacaba de todo y para todos. Por algo vale su célebre palíndromo: acá solo Tito lo saca.

Enlaces:

Algunas fábulas de Augusto Monterroso pueden encontrarse en www.patriagrande.net 

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