Literatura guatemalteca – Luis Alfredo Arango: en busca del animal del monte

Luis Alfredo Arango:

en busca del animal del monte

 

Por Carmen Lucía Alvarado

y Vania Vargas

Maestro, poeta, narrador y pintor. Autor de una treintena de libros. Miembro fundador del grupo literario guatemalteco Nuevo Signo. Premio Nacional de Literatura. Y poseedor de un gran sentido del humor. Ese fue Luis Alfredo Arango, uno de los escritores guatemaltecos más destacados del siglo XX, nacido en Totonicapán, a quien este año se le dedica el Festival Internacional de Poesía de Quetzaltenango, con el que se inician los festivales poéticos de Centroamérica y Colombia.

Revista Luna Park no se quiso quedar fuera del homenaje y se propuso realizar dos viajes: uno físico y uno literario para acercarse, de alguna manera, a la vida y obra de este nahual de los poetas.

 

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Conocí pueblos que cabían
En el vidrio de una ventana
Aldeas que copiaban los colores de las horas (…)

Voy hacia el pueblo que cabe en una ventana, se escurre entre el polvo y la carretera. Sin duda estamos ante los ojos atrapados que fueron el primer verso de Luis Alfredo Arango. De esta manera Totonicapán se va descubriendo tras alguna nube de polvo, el altiplano cotidiano, pinos, manzanas… así se extiende la carretera hasta hallarse en medio de este poblado, existiendo un domingo en la tarde.

Calles angostas, casas pintadas por los años (movistar, pepsi, claro) simplemente el sol y las calles,  buscando la tumba de Arango. ¿Con qué objetivo? Reconocer, re-dibujar, esclarecer, averiguar, sentir, la lista es interminable, y la única herramienta real es la de la búsqueda, encontrar una tumba, un nombre, quizá, el conjunto sea el premio.

La tarde de Totonicapán entre las montañas. Este puede ser un anzuelo, esta es la primera fase de la metáfora, de la ideas, previo poema. Llegué sin la más mínima idea de donde poder iniciar mi búsqueda, era domingo y ese era el verso recurrente, el estribillo de esta búsqueda dominical “Domingos. Siempre domingos/porque los domingos eran igual a cualquier día (…)”.

En el cementerio buscando un cuerpo sin vida aparente, la búsqueda de Arango fue un tanto confusa, una cantidad de nombres, lápidas, cruces, piedras, vueltas desordenadas, el cementerio inclinado, empedrado y las palabras el estribillo.

***

Le tocó ser extraño en la que dijeron que también era su tierra, la que desde kilómetros y kilómetros de distancia se perfilaba tierra prometida, por grande, desconocida e incomprensible. Una vez allí fue necesario ponerse a inventar otra, o retroceder mentalmente hacia la que se quedó atrás, donde quizá era más probable construir el paraíso.

Fue emigrante desde la provincia. La rutina gris y la prisa de la ciudad poco a poco fueron socavando el asombro. Pronto la capital se desnudó decadente frente a sus ojos, como réplica de las pequeñas cabeceras multiplicada por mil, con todo y miseria y suciedad.

Desde las pasarelas, desde los pisos más altos de los edificios intuyó a lo lejos el camino de regreso, que diariamente volvió a recorrer en sueños que no precisaron de cerrar los ojos.

Este tipo de desdoblamiento constante, desde la realidad del presente hacia la realidad que se mueve y sobrevive en la memoria, es el que se desarrolla en las páginas de su novela, impresa en 1988, año en el que también se le concedió el Premio Nacional de Literatura.

“Después del tango vienen los moros” es la reconstrucción mental de la historia de Gabriel, el medio hermano del protagonista, y la de Guatemala, vista desde los ojos de quien no pertenece a la ciudad, de quien llega a ella por necesidad y se mueve en los estratos más bajos con el miedo a cuestas, con la paranoia que engendra la violencia y el choque implícito contra el ambiente urbano. Es la nostalgia del emigrante por el pueblo dejado atrás, por la infancia, la pérdida de la inocencia, la separación, y por la vida apagada.

Coloquial, porque la relación con los recuerdos es un monólogo constante. Poética, porque la evocación intensifica lo sencillo y lo cotidiano. Lúdica, porque poetizar también es jugar: con el lenguaje, con las estructuras, con la realidad inmediata.

Por las páginas de esta novela, Luis Alfredo Arango hace desfilar a sus compañeros escritores, como personajes de pueblo y ciudad: Delia Quiñónez es dueña de una tienda de barrio; Marco Augusto Quiroa es zapatero; Dante Liano tiene un almacén en San Rafael; Carlos René García Escobar es el fabricante de los polvos analgésicos “Calmantol”; Víctor Muñoz es un maestro de escuela rural; Francisco Albizures es el dueño de un perro que se llama “camino”; y William Lemus es el chofer de los transportes “La estrellita”, que van directo hacia San Miguel.

Los clarineros, animales de monte, son sus compañeros, sus paisanos, sus nahuales, sus otros yo. Criaturas del campo en la ciudad: levantan el vuelo, físico o mental,  en cualquier momento, y logran escapar, aunque siempre vuelvan.

El 3 de noviembre de 2001, Luis Alfredo Arango no volvió más…

***

 

Una ráfaga de viento y la sensación es de palabras,  el sol sigue cayendo y todo parece cobrar la forma de los poemas. Ya no hay mucha distancia entre las letras del poema y la tarde,  Arango debe estar cerca…

Con la inquietud de no encontrar la tumba inmediatamente, mientras la tarde sigue apagándose al tocar el suelo de Totonicapán, repentinamente aparece, un panteón de piedra, alto, imponente… ARANGO se lee inmediatamente, tumbas de 1903, 189… y tantos.

A la vuelta de esta estructura de piedra surge el nombre “Escritor Luis Alfredo Arango”.  Al parecer no era necesario un epitafio, solamente esas palabras.

Minutos después de estar frente a la tumba, un ciprés dobla sus ramas y las deja como en evidencia de una especie de vida tangible que se posa en la piedra indiferente. No es necesario decir mucho ante el poema recreándose, el poeta y la tarde mezclados son el animal del monte, la nostalgia de ese Totonicapán escondido tras los años y la literatura, siempre es lo mismo que se siente, pero con diferente poema, esa era la interacción de la vida  con la palabra, el paisaje pudo leerse verso a verso, los poemas eras alborotados por el aire. Esta es la vida frente a las palabras de Arango, su nombre, y el mármol que lo retiene eternamente: Que nadie haga pronósticos/ni cuentas/ni cómputos/acerca del destino/acerca de estos pueblos/regados/congregados alrededor del sol.

 

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