Música y Cine – Improvisaciones acerca del Rock nacional

Improvisaciones acerca del rock nacional

 

Por Eddy Roma

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I

Insisto: un movimiento sólido de rock evidencia el nivel cultural de un país. Salvo excepciones —los que se quedan tirados de tan borrachos o drogados que ni disfrutan del concierto, o cometen idioteces pintadas de ocultismo— quienes oyen rock estudian idiomas, tienen una alta apreciación musical, asimilan lecturas de todo orden, cuestionan cuanto ocurre en la sociedad y entablan con facilidad el diálogo entre generaciones.

Cito un ejemplo foráneo. Mi socio Alexei San Miguel, de Santa Clara, Cuba, debió pasar por el servicio militar obligatorio de tres años. Era el único friqui en un pelotón repleto de reguetoneros. Una noche hicieron una prueba para comprobar cuál de los dos bandos poseía más cultura general. Alexei preguntó a un chaval quién pintó la Mona Lisa. El tipo contestó que fue Leonardo DiCaprio.

Al revisar mis recortes de prensa acumulados durante el auge de Bohemia Suburbana, Viernes Verde, La Tona, Los Últimos Adictos y Extinción, noto que este movimiento, el tercer o cuarto intento por cimentar un rock nacional tras los aportes de SOS, Cuerpo y Alma, y Alux Nahual, tuvo cercana relación con escritores como Maurice Echeverría, Javier Payeras y Simón Pedroza. Lo reconoció Ernesto Arredondo, Neco, vocalista de La Tona, al mencionarlos en los agradecimientos durante el concierto de despedida del grupo ocurrido el 7 de diciembre de 2002. Maurice y el cineasta Julio Hernández reportearon el movimiento con entrevistas, crónicas y reseñas publicadas en elPeriódico.

Otro escritor, Byron Quiñónez, fue bajista de la agrupación thrash Sore Sight. El poeta Ángel López Santizo escribió un reportaje sobre la historia del metal guatemalteco, en cinco entregas, disponible aqui.

II

Siempre ocurre un percance cuando el movimiento está cercano a consolidarse. El gobierno de Carlos Arana Osorio no gustó que un festival de rock autorizado por la Dirección General de Espectáculos Públicos reuniera a más de tres mil jóvenes en noviembre de 1970, antiguo monumento a un congreso eucarístico celebrado en el lugar años atrás; apenas un mes después inventó un complot para encarcelar a casi todos los integrantes de SOS, organizadores del festival, acusándolos de planificar el secuestro de la hija del embajador de Haití. Ahogos cortesía de la capucha de gamexán que untaban en el rostro de los presos, y corte de cabello, porque usarlo largo no era propio de machos. Años después, el susto de los ejecutivos de Discos de Centroamérica ante títulos de Cuerpo y Alma como “Mara” “Mariguana” y “Sueño húmedo” imposibilitó la grabación del primer disco de rock nacional cantado en español, amparado en el mestizaje del son con el rock.

El movimiento de los noventa sobrevivió a la ruptura de Bohemia Suburbana con la puesta en escena de Extinción y, más tarde, Los Últimos Adictos. Los Adictos, bajo el mando de Ricardo Andrade, unieron en su público al rocker de mano empuñada como cuernos y a la chica más fresa. Su muerte, a causa de la balacera dirigida contra el tío de la novia del tecladista Gabriel Rivera, acabó con una figura donde convergían, sin enseñarse los dientes, las varias corrientes del rock practicadas en el país. Los tres mil asistentes al entierro de Ricardo lo evidenciaron. Otra vez la fragmentación y la vuelta al subsuelo.

III

Conviene no olvidarse de la escena rockera de Quetzaltenango. Pude escuchar el único casete editado por Don Nadie y saber de la existencia de bandas como Sexto Estado y Burka Negra. Extraña que en la segunda ciudad del país tampoco cuajen las agrupaciones. En Oriente, Chiquimula aportó los dos discos grabados por Letargo.

Menciono de prisa la existencia de un público fiel y constante en Sumpango Sacatepéquez, San Francisco El Alto, Totonicapán y San Marcos. Municipios del occidente del país. Auténtico rock de montaña. Radio Viejo, Los Últimos Adictos y Viernes Verde cosecharon amplia popularidad en esos territorios. Los metaleros más fieles residen ahí.

IV

Tampoco hay que omitir a Fernando Varela, guitarrista y cantante de Sore Sight. Varela, figura notoria de la escena metálica, combinaba sus dotes de intérprete con las tareas de promoción, pega de afiches y búsqueda de espacios donde organizar los thrash-attacks. Aparte de Varela, el núcleo de músicos formado por Edgar González, Fernando Rendón y Christian Monterroso armaba bandas cuando necesitaba expresarse en otros estilos: Hongo, Vacas Sagradas, Bulimia Subhumana, La Pesadilla de Parker y Octubre, la que mejor fusionó los distintos géneros musicales con la inspiración obtenida con la lectura de Augusto Monterroso y Ernesto Sábato.

V

La fotografía de rock conserva la guitarra antes de acabar empotrada en el suelo o retiene la serenidad del encendedor o celular —a tono con los tiempos— que evidencia la cercanía entre público y artista. Retrata al cantante llevado en andas por el público, el guitarrista concentrado en la extracción de un solo, el espectador lanzándose de cabeza al mosh pit. Como afiche inspira la vestimenta y actitud del joven con ganas de emular a sus ídolos. Tiene la emoción de los encuentros con algún actor famoso en la calle.

Luna Park, en su edición de junio, ofrece una galería ensamblada con fotografías captadas a lo largo de quince años de actividad profesional por Kurt Zierlein (Guatemala, 1967). Kurt es el cronista gráfico de una escena cuyo legado pervive en los esfuerzos de Viernes Verde por hacer de la música una profesión que sustente el llamado primero, y Razones de Cambio por dotar de contenido a una canción que se limita a gastar el baile y las opciones amorosas en manos de Viento en Contra, El Tambor de la Tribu y los actuales Malacates Trébol Shop. Son imágenes que sudan, cantan, trepidan. Kurt tiene inquietudes musicales; su cámara es su guitarra y su micrófono. De no ser por su dedicación —aparte es cumplir una tarea asignada— careceríamos de esas imágenes que nos regresan a una época promisoria, ajena al deterioro que constatamos con cada uno de los cinco sentidos.

VI

No hay que esperar al próximo lanzamiento discográfico de Bohemia Suburbana para ponerse a hacer algo. No discuto el mérito de Bohemia como detonante del movimiento con el que crecí, pero me gustaría ver una baja en esa dependencia.

Conste que lo compraré. Resguardo una copia del casete de Sombras en el jardín (1993), el debut de Bohemia editado por Primera Generación Records cuando el rock nacional era una zona de promesas y podía viajarse desde el kilómetro cero sin tradición que opacara o atara.

 

Musicoteca

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“Maldita”, de Viernes Verde, pertenece a su primer casete, Cenizas bajo tus pies, editado en 1994.

 

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“Azulinka” pertenece a El rebotante o Las fantasías de un solitario sol y el árbol de calabazas, editado en 1999.

 

 

 

Antes de convertirse en la máquina de fabricar tonadas cerveceras, los Malacates Trébol Shop fueron la promesa de una corriente amigable y fiestera que superó la brecha de edades del público. “Bai-Klin” figura en Paquetecuetes (1999) y contrasta con el resto del álbum por el desasosiego de su letra e instrumentación.

“Frío” se incluyó en el álbum Feria paraíso (1998). Antes de la formación de Los Últimos Adictos, Radio Viejo era la alternativa ante la corriente encabezada por Bohemia Suburbana. No faltaban quienes los menospreciaran por “fresas”.
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Extinción ocupó el podio de grupo más popular del país tras la ruptura de Bohemia Suburbana. Basaba su música en la contundencia de sus riffs y el poderío de la base rítmica. También se aventuraron en otros registros, como ocurrió en el cierre de los conciertos Omplog organizados por Atmósfera 96.1 en 1999. De aquí proviene “Paredes de agua”, una de las primeras composiciones del grupo
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El mérito de Los Últimos Adictos fue abolir las barreras que separaban al rocker más pesado del chaval más fresa. Rodeado por músicos procedentes de diferentes escuelas (el metal progresivo de Sergio “Taz” Fernández, baterista, y la formación clásica de Rolando López “El Niño”, guitarrista), el cantante Ricardo Andrade amparó con arreglos esmerados a letras carentes de toda pretensión intelectual y cercanas al público. “Parte de todo” figura en Sobredosis, el álbum debut de la banda publicado en el año de gracia de 1999.

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