Reseñas – Diarios/ Alejandra Pizarnik

Diarios

Alejandra Pizarnik

Lumen. Barcelona, noviembre, 2003

 

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Ahora, a la luz de las velas, casi a las ocho de la noche es buen momento para recordar los Diarios de Alejandra Pizarnik (1936-1972).  No sé si hacer este ensayo a la luz de las velas producirá una transmutación de unos textos -tan hermosamente oscuros- que leí con la luz del día y con la luz eléctrica.  ¿Escribiría un ensayo distinto con los rayos del sol y con la idea brillante de Edison?  No lo sé.  Quizás veo sólo los rayos más enigmáticos del rostro de Pizarnik a la luz de una vela; no veré el rostro de unos Diarios a la luz del día caminando pos Constitución, o con un clochard a la orilla del Sena, o el Hudson entre Manhattan y Brooklyn; tampoco en su mesa de trabajo, acompañada de su máquina de escribir, a la luz del foco de su lámpara, rodeada de la noche y sólo la noche.

Aun así, los Diarios de Pizarnik, al menos con esta luz tenue y enigmática con la que escribo, son un exorcismo; son una voz que clama en el desierto; son reporte de una batalla de cada día, del avance y el retroceso de la guerra en el campo de combate, el combate mismo.  Y al final logra verle el rostro a su oponente: el Ángel de la Muerte.  Siempre creyó que ésta andaba por ahí y debía ir a encontrarla, y forcejeando todo el tiempo para zafarse, intentó con rabia alejarse, sin saberlo, de lo que tanto anhelaba estar cerca.

Aunque me topé básicamente con el diario de una escritora que muestra la evolución de su personalidad, sus proyectos realizados, en realización, o por realizarse; con algunos brochazos del mundo exterior que le rodeó y ella observó, rechazó, amó y odió.  Sí, aunque me topé con un diario de escritora, se trata, no hay que perderlo de vista, de un diario póstumo de escritor; lo cual básicamente no nos da acceso al Diario personal.  Diario personal me suena a Diario íntimo, que no necesariamente es un diario de escritor, el cual sí puede ser parte de un Diario Personal o íntimo.

Según se puede leer en el prólogo a la Primera Edición, a cargo de Ana Becciu -argentina y contemporánea de Pizarnik, a quien conoció personalmente-, se deduce que en los originales, se incluían asuntos e impresiones extraliterarias; sin embargo, por deseo de la propia Alejandra, el resultado final de la publicación debía ser el de “diario de escritora”.  Esto último es lo que a juicio de Becciu se logró con esta edición, a fin de cumplir esta petición.

Como lector, ante un diario, es inevitable pensar, y no sin cierto morbo y curiosidad infantil, en el contenido completo de esos manuscritos; no ya como diario de escritor, sino como un diario personal e íntimo; el lado totalmente al desnudo, textos sin pulir, revisar, agregar, podar. Y es que a la hora de publicar un diario, no todos respetan la inevitable revisión para hacerlo publicable: suprimir redundancias, párrafos irrelevantes, aclarar, ordenar, etc., sin alterar la esencia de los textos; por el contrario, la vuelven distorsión, mentira y muestran una parte, “una pose”, al decir de Becciu, y burlan o engañan al lector o estafan para vender, quedar bien, o simplemente son una cortina de humo.  El problema es que se notan las costuras. La literatura (incluyendo diarios publicados como una obra literaria) es una mentira que parece verdad; no una mentira que parece mentira.  Incluso si esto se nota, que sea intencional, literariamente hablando.  Es la autenticidad de la obra de arte, de la obra literaria para consigo misma y sus lectores.

Según señala Becciu, Pizarnik tenía pensado publicar extractos de sus diarios.  Y la misma Pizarnik se lo manifestó la tarde del 24 de septiembre de 1972.  No sé, no leo entre líneas en esta afirmación, si dicha publicación sería póstuma o no. Y en gran parte cumpliendo una de las últimas voluntades de Pizarnik –si es que las hubo más- Becciu preparó así esta edición.  Eso sí, sin dejar de dar pinceladas de Alejandra, su mundo inmediato, algunos incidentes personales, etcétera.

No sé tampoco si Ana Becciu hubiera deseado que tanto los primeros manuscritos de los Diarios de Pizarnik, como los posteriores extractos, hubiesen tenido más referencias al mundo exterior.  Al menos señala esta característica que la diferencia de otros diaristas.  Tal parece que Alejandra Pizarnik sí estaba decidida a llevar un “diario de escritora”, era su deseo genuino desde el principio.  Como más, mencionar incidentes con personas cercanas, sin describir mucho, y mencionar personas por sus iniciales –recuerda esto último a Kafka, y la influencia permanente de éste  y sus diarios en Pizarnik-.  Porque su diario, más que íntimo, es de escritora, desde los textos previos.  Por ello Becciu declara que de haber podido Pizarnik completar los extractos y publicarlos como un todo tendrían nada de “diario” propiamente dicho.  Esto porque, para Alejandra Pizarnik, el diario es una obra más de literatura, y también campo de aprendizaje literario. Y tiene razón Becciu, pues esto se nota en la lectura de los Diarios en esencia.  Pero más bien si para ella es un campo de aprendizaje, y pese a las pocas referencias al mundo externo, es un diario más que nada literario, y personal íntimo porque es un diario de su mundo interior.  Y aunque lo poco de “diario” que poseen los manuscritos, según la definición de “diario” que prefiere Becciu, son un diario de su mundo interior, de sus ángeles, y sobre todo de sus demonios; todos ellos son la materia prima para hacer literatura y buscar al lenguaje, su lenguaje.  Aunque todo esto “muy alejandrino”, pero “diario de escritora” es de todos modos un “diario” del que no desaparece la búsqueda de un “santo grial” del lenguaje, el goce/tormento del demonio-ángel del erotismo y las relaciones familiares, y la sombra, la silueta y aleteo del ángel de la muerte.  Así que refuto a Becciu: al ser esta edición “alejandrina”, pero diario de verdad –al añadirle referencias al mundo exterior-, de haberlo publicado su autora seguiría siendo diario, pero de escritora en lo más estricto de la palabra: una radiografía, una tomografía o una imagen de resonancia magnética. No obstante, al ser edición póstuma, adolece del rigor mortis.

Porque simplemente Alejandra no sobrevivió al siglo, al 2000 o hasta el 2003, como se lee en los Diarios, como para seguir escribiendo un diario mucho más extenso, y quizá “alejandrino”, aunque de un modo totalmente distinto, seguramente.  Las necropsias de los diarios de Pizarnik quizás caerían en desorden si no existiera una versión publicada por la autora al final de sus días.

Pero en fin, hasta nuevo aviso –si es que lo hay-, tendremos que seguir obligándonos y entrar a esa biblioteca fría a modo de morgue, y extraer de sus gavetas congeladas, un ejemplar de los Diarios de Alejandra Pizarnik de edición post mortem, y  acostumbrarnos a pasar sus páginas, frías y rígidas de rigor mortis, entre nuestros dedos.

Gabriel Rodríguez Díaz

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