Biblioteca X – Crónicas suburbanas / Francisco A. Méndez

Crónicas suburbanas

Francisco Alejandro Méndez

Colección Después del fin del mundo

Editorial X

2002

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Por Jessie Álvarez

En el 2002, la Editorial X le dio su último capítulo a la Colección Después del fin del mundo, con un texto que presentaba una fotografía de una ciudad que se resquebrajaba en miles de fragmentos. Esta fotografía, tomada desde adentro, presentaba esas múltiples posibilidades en tan solo cinco imágenes; cada una independiente de las demás, pero unidas por el hilo narrativo de Francisco Alejandro Méndez (1964), quien con Crónicas Suburbanas se convertía en el cronista posmoderno de la Muy Notable Ciudad de Guatemala.

Este texto, que formó el título 8, y último, de la colección referida es un buen cierre para una serie que marcó una etapa fundamental para la editorial más importante, en términos de la proyección que hizo de los jóvenes narradores de finales del siglo XX e inicios del XXI. Crónicas suburbanas es también un libro que contribuyó en la delimitación del sentido, tanto en la forma como en el fondo, que las letras nacionales estaban tomando en esa época de incertidumbre. Por un lado, había una tendencia cuentística tradicionalista, que suponía una continuidad del siglo pasado; por otro, estaban los escritores que se agrupaban alrededor de la Editorial X, quienes llevaban a la literatura muchos elementos de la vida cotidiana que querían ser invisibilizados por los grupos editoriales que controlaban los espacios culturales establecidos.

Francisco Alejandro Méndez, entonces, presentó esta propuesta enmarcada en los ambientes más sórdidos de la ciudad: moteles, cárceles y pensiones casi destruidas. “Morgan”, el primer cuento del libro, narra acerca de un gato que establece una relación de dependencia mutua con un escritor drogadicto. Las acciones de este cuento suceden en un apartamento del centro, donde el escritor vive confinado “bebiendo cerveza, consumiendo coca y fumando crack”. Morgan, el gato, llega a instalarse al apartamento, por lo que el escritor empieza con sus deseos de asesinarlo; sin embargo, al final de la narración, ya son amigos de parranda, que se emborrachan juntos “hasta que ambos [están] con una goma de once mil demonios”. El desenlace plantea el problema del ciudadano como víctima que el consumismo recoge a través de los medios de comunicación, lo cual lleva a la paradoja de la posmodernidad de los problemas de comunicación en una sociedad absorbida por el aparato comunicativo.

El siguiente cuento, titulado “El gran fascinador”, traslada al lector al infierno de los centros carcelarios. Ambientado en el centro preventivo, este cuento debe leerse mientras se escucha música de Molotov, El Cártel de Santa o Control Machete [“¿Me comprendes, Méndez?”]. Sus personajes son los delincuentes que antes deambularon por la ciudad, pero que ahora cohabitan un espacio mínimo donde sobrevivirá el más fuerte. La corrupción, la santería, la manipulación y la violencia por sí misma son los grandes protagonistas de la narración. De hecho, este cuento es una muestra de intertextualidad restringida, es decir consigo mismo, de Méndez: sus personajes participan también en Saga de libélulas, una novela de pronta publicación. “Morgan” y “El gran fascinador” son, en definitiva, dos de los cuentos más representativos de la obra de Méndez.

Crónicas suburbanas continúa con “Yo, Jaime”, una narración breve que recuerda el tono desenfrenado y frenético de Los demonios salvajes (1977) de Mario Roberto Morales. Acá los personajes son estudiantes de un colegio, que, igual que en Los demonios salvajes, unos están en la clase de Inglés y otros, en el baño, drogándose. Uno de los elementos mejor trabajados en el cuento es el cambio en las voces narrativas: el delirio, por medio de su compañera, la inconsciencia, van de la mano presentando a los adolescentes de una nueva generación que nuevamente está perdida entre el hastío de sus clases y el dolor-alivio de las drogas. “Yo, Jaime” es el retrato del drogadicto adolescente que sueña con dirigir el destino del país desde el centro mismo del poder: “El Guacamolón”.

Sin salir del centro, en “Un cuento para noches frías” el lector viaja al Callejón del Fino, a una pensión donde “el cuartucho era sumamente pequeño. Solo cabía la cama semimatrimonial, una mesa de noche de madera, donde descansaba una vieja lámpara de neón, una coja silla de plástico, una ridícula mesa de sala en la que resplandecía el cenicero lleno de chencas y un asqueroso baño sin puertas”. A través la voz del narrador, se enfoca un cuadro de la vida citadina: las noches de pasión en un motel del centro. Aunque, al final, el protagonista se pregunta desde la cárcel si el tamaño de su pene fue el que mató a su amante ocasional, la única certeza que queda es que muy pronto tendrá que visitar al gran fascinador. Es un cuento narrado desde una celda, un viaje al recuerdo de una ciudad que cada vez es menos familiar.

El último cuento de este catálogo visual de la ciudad, “Antonieta, mi amor”, es, probablemente, uno de los cuentos más perversos de toda la Colección Después del fin del mundo. Esto se hace evidente al hacer una visión paratextual y notar la dedicatoria: “A Estuardo Prado”, el gran fascinador de la Editorial X. El mundo cotidiano de un padre de familia se ve alterado por sus fantasías zoofílicas. El desenlace es crudo, cruel, avasallador: una dosis más de la narrativa de la X.

Crónicas suburbanas es el recuento de la violencia que conquistó y fundó a la nueva ciudad de Guatemala. Cada uno de sus cuentos es parte de una composición fotográfica que presenta el panorama de la realidad actual de nuestra sociedad: la violencia, las drogas, el alcohol, el consumismo y los medios se han adueñado de cada habitante de la ciudad.

Los gatos, los indigentes, los escritores, los narcotraficantes, los presos, los policías, las prostitutas, los adolescentes, los maestros, los políticos… todos son [¿somos?] parte de las nuevas crónicas de la ciudad. Francisco Alejandro Méndez nos recuerda que el mundo real está a la vuelta de cualquier esquina y que él está ahí, al acecho, para capturarlo y llevarlo al papel, como lo hizo en Crónicas suburbanas.

 

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