Biblioteca X – Encierro y divagación / Maurice Echeverría

Encierro y divagación en tres espacios y un anexo

Maurice Echeverría

Editorial X, 2001

Libros Mínimos, 2007

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Por Luis Méndez Salinas

La X, no sólo esa editorial que se nos presenta con una incógnita, sino toda esa generación de “apáticos”, “desencantados” y “poco comprometidos” sujetos que deambulan entre uno y otro siglo, entre uno y otro milenio, son los que sacudieron (con enorme rabia, pero muertos de risa) las ruinas que quedaban de una tradición literaria que plácidamente dormía. Esa generación que pone en crisis y tensión extrema todo lo que se consideraba cierto en cuanto al arte y la literatura se refiere, es la que ve cómo se derrumban los paradigmas, la que siente en propia carne el bombardeo del consumo y del world wide web, la que empieza a experimentar al mundo como una realidad globalizada y con muy poco sentido. De ahí su angustia, su desasosiego y su terrible ¿inconformidad?

En Encierro y divagación en tres espacios y un anexo, Maurice Echeverría lanza uno de los gritos más potentes de la literatura guatemalteca contemporánea. Este grito, como cualquier otro, surge de la necesidad impostergable de nombrarse para adquirir conciencia de que se existe, de construir un espejo (por más deforme que sea la imagen) para reconocerse en las palabras y delinearse una identidad.

Éste es uno de esos libros que plantea un recorrido a través de su lectura, un itinerario por lugares que nada importan sino como meros escenarios, como posibilidades (o imposibilidades) para el desarrollo de una voz que bien puede ser mía, tuya, suya o nuestra: la del Niño Atrofiado. Este niño, el atrofiado, es uno de esos personajes recurrentes que entran y salen de las páginas (no sólo de este libro, sino también de Sala de espera y de Tres cuentos para una muerte), y que en ese salir y entrar deja su huella, su mancha, su lágrima y su desgarre. Me explico.

Tres son los espacios que se anuncian desde el inicio. Las tres primeras secciones del libro nos llevan, sistemáticamente, a la urbe, al cuarto y al bar: espacios por demás fallidos. La ciudad (o el primer cuete que se quema) se entiende como la enorme pista de baile donde por fuerza nos topamos con aquellas criaturas horribles que tanto nos duelen: nuestros semejantes. El Niño Atrofiado se zambulle en la ciudad para encontrar en el juego (de lo social) algo que le quite los calambres y los miedos y los odios. Primer intento fallido, ya que lo que se encuentra afuera, en ese ámbito público, nada dice de lo que se encuentra adentro, de lo que verdaderamente duele.

Sin embargo, el roadtrip por las calles no fue en vano: ahora el niño sabe que la realidad exterior es menos real que la interior. Entonces, en un segundo espacio, el niño decide volcarse hacia adentro, cerrar sus ojitos y mirarse las vísceras, y explicarse de un solo cuál es el malestar, en la más completa y obsesiva soledad. La sorpresa del niño es mayúscula cuando comprende que esa intimidad total que se logra en el cuarto tampoco es la salida. Segundo cartucho que se desperdicia.

Como última opción, puesto que no restan caminos que parezcan sensatos, nuestro niño decide superar esa dicotomía inmediata del adentro y el afuera, del cuarto y la ciudad, y decide experimentar con su cuerpo, alterar sus estados de conciencia, y ver si alguna droga dura derriba de una vez por todas la muralla que tanto le pesa. En el bar, el niño alucina eufóricamente, reconoce sus vicios y esas pequeñas muertes de toda intoxicación, pero cualquier intento de respuesta, de encontrarse en lo que tanto busca, es infructuoso. Tercer (y al parecer, último) cartucho que se quema.

Lejos de cualquier pronóstico, y pese a la irredimible sensación de fracaso que experimenta el niño al verse sin cartuchos, un abismo insospechado se abre frente a sus ojos y lo deja perplejo: el anexo. La única forma de acceder a él, el único requisito indispensable, es haber agotado las tres pantallas anteriores y comprender que la libertad total que tanto añora no se encuentra en el juego de máscaras de la sociedad, ni en el solipsismo radical del ego, ni mucho menos en la simple evasión que ofrecen las sustancias que tanto lo entretuvieron. El niño alcanza la absoluta libertad únicamente cuando crea. Ahí su valiosísimo descubrimiento: es en el hecho creativo (en este caso la escritura) donde nuestro Niño Atrofiado se construye tal cual es, donde logra configurar una identidad que verdaderamente le place. Una identidad cambiante, que muta y da miles de vueltas, pero que conserva algo esencial: se produce, siempre, a través de la palabra.

Así, Encierro y divagación… constituye una metáfora radicalmente hermosa de la experiencia creativa de toda una generación que se desarrolla en un ámbito hostil y muy poco tolerante con quienes encuentran en el arte (y más aún, en la poesía) la única salida. La estructura conceptual del libro y las soluciones formales de cada uno de sus textos (donde el poema mismo se retuerce hasta agotar sus propias posibilidades verbales), lo convierten en una de las manifestaciones más sólidas de una poética desconcertante que irrumpe con violencia y sacude un panorama que permanecía en lenta rotación.

Entre las páginas de su encierro, Maurice esconde una pequeña pero luminosa piedra que fundamenta parte de nuestra posmodernidad literaria. El Poema atrofiado es una de esas construcciones brutales y honestas, que denotan una confianza absoluta en el lenguaje y en sus cualidades evocativas. Aquí, la experiencia autorreferencial da un vueltegato semántico y se trasciende a sí misma. Las obsesiones y los recuerdos se subliman, se magnifican, se vuelven eso: poesía. Una poesía que nace del caos personal, del caos colectivo y del desequilibrio, una poesía angustiantemente hermosa que, en palabras de su autor, se transforma en la única herramienta posible para lidiar con el absurdo.

Quizá aún estemos demasiado cerca (temporal y afectivamente) de textos que, como éste, elaboran un testimonio de gran importancia para entender una época repleta de cambios sustanciales, no únicamente en lo literario sino en lo cultural. El Poema atrofiado, junto a otras piezas clave publicadas hace ya algunos años (como el Poema bizarro, de Simón Pedroza, y Soledadbrother, de Javier Payeras) son fundamentales (repito), literalmente fundamentales, ya que con ellos se inicia la exploración de nuevas rutas dentro de la poesía guatemalteca actual.

Enlaces:

Lean el texto de Jacinta Ecudos: Maurice Echeverría, ¿un niño atrofiado posmoderno y desencantado

Visiten la website del autor: buscandoasyd.blogspot.com
Descarguen el libro: Encierro y divagación en tres espacios y un anexo

Visiten el blog del proyecto Catafixia de Luis Méndez Salinas

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