Cine – Trainspotting

Trainspotting

Por Diego Santizo

 

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Choose life. Choose a job. Choose a career. Choose a family. Choose a fucking big television. Choose washing machines, cars, compact disc players and electrical tin openers. Así comienza el discurso de Mark Renton en el clásico británico de 1996 Trainspotting (Lo que, penosamente, podríamos traducir como: escoge una vida. Escoge un trabajo. Escoge una familia. Escoge un jodido gran televisor. Escoge lavadoras, carros, reproductores de discos compactos y abrelatas eléctricos). Es sabido que el castellano no puede recoger lo junkie, la cadencia eléctrica y despreocupada del ininteligible inglés de acento escocés. La cosa se había puesto tan oscura para los cinéfilos y drogadictos norteamericanos que el director Danny Boyle grabó de nuevo líneas enteras para el público estadounidense. A este lo impresionaba que, pese a que compartían la lengua con los escoceses de Edimburgo, no entendía un comino lo que éstos decían.) A Danny Boyle se le conoce ahora mejor por Slumdog Millionaire. Sin embargo, en su haber hay más y mejores filmes. Este es uno. Cosa interesante: Boyle se pone a sí mismo en la cinta, ¿proyección drogadicta?

El acento escocés es como una mala mañana de resaca. Y Trainspotting, la historia en Edimburgo de cuatro drogadictos, un psicópata y una niña escolar que no conoce a Iggy Pop. Renton, Spud, Sick Boy, Tommy, Begbie y Diane viven en el pálido frío de Escocia. Se inyectan heroína en una vieja casa de cigarrillos o, como Begbie, se golpean por el puro placer de pelear, lo que recuerda al héroe de la música pospunk Johnny Rotten o su réplica brit-pop, Liam Gallagher. Siempre se vuelve a que los hermanos Gallagher de Oasis decían con no poca razón que el mejor público es el escocés.

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The clockwork orange es el mito de la violencia en ese Olimpo del siglo XX que es el cine. La película de Kubrick es el punto de partida para Trainspotting y casi todo el cine indie de la década de 1980. Entre las múltiples referencias a la obra de Burgess, está una plática entre Tommy y Spud en el bar que frecuentaban Alex y su pandilla, menos hipnótico, menos surrealista, más vacío, más real. Spud, el más inocente del grupo, recibe una cuchillada en la mano como la que Georgie en la Naranja. Menos visual, menos bizarra, que su antecesora, Trainspotting desarrolla dos temas: la parásita y hermosa vida de jóvenes desempleados y el peso de escoger. El adicto Renton, como el delicioso delincuente Alex DeLarge, de la Naranja, es el narrador del filme; este justifica verbalmente la falta de razones para no escoger una vida con la heroína. Oh, Morrison, ¿a dónde te llevó esa mujer, tu heroína? Visualmente, la película contiene símbolos británicos: cerveza, pub, Lou Reed, fútbol (hay un bonita pelota de goma presente a lo largo de toda la película), cigarrillos, gatos, Chips & Fish. Todo junto crea una suerte de contrapunto enfermizo, hilarante, lo que estimula el sistema nervioso del espectador, lo que a su vez recuerda a la cocaína.

A Renton, como a DeLarge, lo tiene sin cuidado el heráldico paso del tiempo. Paradójicamente, una niña escolar que desconoce a Iggy Pop (mal) le recuerda que no se está haciendo más joven. “Las drogas cambian, la música cambia”, le dice recostada en una cama. Poco después, ya en Londres, Renton escucha, en una discoteca, Temptation, del Substance de New Order, de 1987, lo que viene siendo como la anáfora visual de las palabras de Diane: el agridulce puente de Joy Division a New Order después de la muerte de Ian Curtis.

One more hit

 

Instalados en Londres, parasitariamente siguiendo a Renton, sin drogas,  comiendo papas, fumando tabaco y hartando litros de cerveza, en un edificio con alfombra, y Jarvis Cocker cantando. La grandeza indie de sir Jarvis se remonta a los ochentas, con el It (1983) y el Freaks (1986), época de la cual proviene Perfect day, el aporte a la banda sonora de Trainspotting.

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Además de ser película de culto entre drogadictos, cinéfilos y demás grupos incomprendidos, Trainspotting tiene una banda sonora infernal. Desde Iggy Pop, el abuelo del buen punk con los inmortales Stooges, la aristocracia esquizofrénica de Ian Curtis y Joy Division, hasta el mejor brit-pop de las chicas de Elástica y el estilizado Jarvis Cocker, de Pulp. Hay en el disco una suerte de enfermiza adicción por la música pospunk y todo eso que creó lo indie (alternativo no es sinónimo de indie, por cierto). Hay la angelical voz de la heroína, Lou Reed, de quien se sostiene una teoría peculiar en la película; el ángel de ojos de distinto color, David Bowie, y el ya mencionado Iggy Pop, verdadero corazón del filme. El Idiot y el Lust for Life (hermanos de una familia que completan Hill City y TV Eye –1977–), lo mejor que hizo Pop, sin duda, son los discos que más canciones aportan a la banda sonora. La eléctrica Lust for life (escrita con Bowie, por cierto), la relajada Nightclubbing y la indie The Passenger.

La lista la completan evoluciones del indie, como el enfermo Goldie y el hip-hop británico, quien aún le corta la cabeza a Noel Gallagher con una sierra eléctrica; las electrónicas Underworld y Letfield; además de la siempre genial Primal Scream. Del brit-pop (ah, la nostalgia, el brit-pop), se debe decir que Damon Albarn, niño preppy inglés, siempre mejoró musical y estructuralmente fuera de Blur (Gorillaz). El minimalismo de tipos como Brian Eno o Sleeper son cosas dignas de escucharse.

Renton tenía razón: ¿quién necesita de razones cuando se tiene heroína?

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