Crónicas sanmarianas – Padre Onetti que estás en la nada…

Padre Onetti que estás en la nada…

 

Por Vania Vargas

 

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Juan Carlos Onetti. Demiurgo. Uruguayo. Periodista. Casado cuatro veces, entre ellas, con dos hermanas. Amante de la escritura, solo amante, y de la poeta que este abril fue a su encuentro: Idea Vilariño. Siempre quedó en el segundo lugar en los certámenes literarios. Primero le ganó Ceremonia secreta de Marcos Denevi, luego, La casa verde de Vargas Llosa hizo que descartaran a su Juntacadaveres porque, según asegura, el prostíbulo del primero tenía orquesta y el de él no.

Aficionado a las novelas policíacas, admirador de Proust, Faulkner y Céline, amigo de Roberto Arlt. Dos relatos eran capaces de arruinarle la vida, o al menos hacerle romper espejos con los puños: El perseguidor, de Julio Cortázar y Babilonia revisitada de F. Scott Fitzgerald.

Hombre parco, dueño de su tiempo, sus silencios y su espacio. Su última esposa, Dorotea Muhr, cuenta que colgaba un cartelito en la puerta del apartamento que decía “No estamos, no insistir”. Adentro se pasaba los días fumando, bebiendo, recostado sobre su codo derecho -como pudieron retratarlo en una breve entrevista que le hicieron a raíz de la película El dirigible-, leyendo y escribiendo cuando le venía la gana.

De ese estado de silencio, enclaustramiento y abandono nace una obra llena de personajes hechos a su imagen y semejanza.

Un hecho que se repite muchas veces en la literatura, basta recordar a Rulfo, leyendo los fragmentos de Pedro Páramo o El llano en llamas.

De esta similitud ya habló Eligio García Márquez, el periodista, hermano del Nobel, que fue uno de los que trató de acercarse al escritor a sabiendas de que sería uno de esos grandes intentos de toda criatura onettiana, que suelen terminar en “un impostergable y empecinado fracaso”.

Y eso sucede, mientras lo observa, borracho ya, con la cajetilla vacía, haciendo uso de un silencio indiferente ante la última pregunta: “Se abre la camisa… y en ese instante noto cuánto se parece a sus propios personajes: echado hacia atrás, perniabierto, abanicándose con la camisa, sudando, dejando al descubierto el pecho, blanco y con una profundidad ósea y la barriga voluminosa, pienso: esta escena ya la he visto antes, no recuerdo dónde, si en El astillero o en La vida breve”.

El mundo onettiano nace del caos, pero no de la palabra del creador. Más bien de su silencio. Un silencio interior en el que todo lo que viene de afuera resuena con más fuerza. Se multiplica. Allí, la línea divisoria entre la realidad y el sueño de los que están despiertos se difumina y nace otro lugar donde Dios se apellida Brausen y construye su paraíso a espaldas de su propio creador. Un paraíso llamado Santa María: del que salen y al que regresan un grupo de criaturas que cargan a cuestas su infierno personal.

Sí, el paraíso del creador es el infierno de sus criaturas. Hombres y mujeres hechos para dos mundos internos: la realidad y la ficción, que son a su vez, su infierno y salvación en un lugar en el que se mantienen en juego la vida y la muerte, la juventud y la vejez, la locura y la razón. Estados irremediables que se entretienen con farsas personales: ser un macró por las noches, guardián de una mina de diamantes durante la conversación vespertina, administrador de un astillero en ruinas, poner una agencia de publicidad clandestina, robarse una foto de los sobrinos ajenos y ponerlos en un marco sobre el escritorio, inventarse una ciudad y mudarse… La farsa y el fracaso, una antecediendo al otro, siempre.

Yo conocí la obra de Onetti hace muchos años, en una feria del libro que llegó al Parque Central de Xela. Yo no había salido del colegio, estaba armando mi propia biblioteca, y El astillero costaba cinco quetzales. Lo compré.

Años más tarde, intenté leerlo y tuve que dejarlo en dos oportunidades.  La tercera fue suficiente para quedarme hasta hoy, sentirme sanmariana, haber creído ver un día a Miriam (mami) en el bus; a Jorge Malavia sentado en la plaza de la constitución, el nombre de Larsen en los créditos de una película que, acertadamente, resultó ser pornográfica, y casi ver a Díaz Grey a través de una de las ventanas de los edificios decadentes que miran hacia la plaza del Museo del Ferrocarril, donde no he querido acercarme para ver si bajo la estatua ecuestre dice, realmente, “Brausen, fundador”.

El resto de libros, tan difíciles de encontrar, fue llegando a través de buenos amigos, buenos y malos amores, un cambalache de dos libros de Onetti a cambio de uno autografiado por José Saramago, una venta de libros en el mercado de La reformita y otra en Madrid.

Ahora, que el mundo literario celebra el centenario de su nacimiento, leerlo es mucho más fácil, Punto de lectura acaba de publicar una colección económica de sus novelas, aunque no es bueno guiarse por sus contraportadas, al menos la de Cuando entonces, la última que me faltaba conseguir, hace un enredo de personajes y termina contando otra historia, en fin.

Leerlo, recordarlo, releerlo, hablar de él, es mi homenaje y el de los que siempre tienen un as bajo la manga, un lugar hacia donde huir: la ficción.

Enlaces:

Vean la entrevista realizada a raíz de la película El dirigible

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