Demiurgo de sueños rotos – Onetti: guía breve del usuario

Onetti: guía breve del usuario

Por Eduardo Villalobos

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Para muchos, el nombre no dice mayor cosa, para otros es una anécdota, un nombre perdido en un canon donde relucen otros nombres: Borges, Cortázar, Vargas Llosa, Carpentier… Poco leído, o más bien, mucho más mencionado que leído, Onetti celebraría este primero de julio sus primeros cien años en el mundo, o talvez sería más preciso decir el primer centenario de esa visión que nos ha legado una dulce, paciente y rabiosa escritura, sin concesiones con eso que ahora llamamos mercado o las modas literarias, políticamente incorrecta, intensamente provocadora, fatalmente luminosa, una Ítaca verbal sin odiseas, sin héroes, sin destino.

<!> Precaución

No debe confundirse a Juan Carlos Onetti o su obra con la de otro escritor uruguayo: Mario Benedetti. Por favor, lea bien las solapas o la contracubierta. La garantía del producto no cubre este tipo de confusiones.

Se han detectado reacciones secundarias, algunas particularmente radicales, a partir de la lectura de este autor. No se recomienda su lectura si:

·    Usted ha creado con mucho afán una burbuja que le permite ver lo positivo de las cosas.  Huye del dolor, de la melancolía o de la lucidez.  En este caso el mercado puede ofrecerle otras opciones que pueden significarle experiencias más satisfactorias. Consulte con su librería más cercana para una lista más completa de alternativas, como Paulo Coelho o Deepak Chopra.

·    Tiene un espíritu pragmático, acorde con los tiempos que corren. Cree en las bondades del éxito y desprecia a los perdedores. Le disgustan los soñadores, los locos y los suicidas.

·    Es una persona ligada a la tradición, ya sea religiosa, ideológica o moral. Puede ocurrir que algunos pasajes de esta obra le resulten escandalosamente ofensivos.

Si leyendo un libro de Onetti se descubre teniendo pensamientos divergentes, o con una carga de pesimismo, o cuestionando la dinámica del mundo, o mirando con cierta simpatía al indigente de la esquina, es posible revertir la situación descontinuando su uso y dedicándose a la lectura de un texto de autoayuda. Algunos estudios han demostrado que el proceso de reversión ocupa en promedio unos 14 minutos.

Parental advisory

Algunos pedagogos, psicólogos y guías espirituales desaconsejan la lectura por parte de adolescentes de la obra onettiana. Queda a discreción de los padres de familia el control y discusión de este tipo de lecturas. Se ha observado que en este grupo etario pueden surgir actitudes como: una postura cuestionadora e iconoclasta, cierta tendencia a la fabulación de empresas imposibles, un distanciamiento en relación con las instituciones y los mitos sociales, la creación de conceptos poco convencionales acerca del amor y de la muerte.

El autor

Afirmó que había tres cosas profundamente religiosas en la vida: escribir, hacer el amor y emborracharse lenta y pausadamente con los amigos. Y para el efecto dispuso de 84 años y meses, si contamos a partir de 1909. Afirmó también que era una de las pocas personas que creía en la mortalidad. Cuatro matrimonios no bastaron para que dejara de lado la fascinación por el amor, un amor sopesado en su justa dimensión, sin lirismos ni idealizaciones, de esas que abundan en las telenovelas o el cine norteamericano. Tampoco el Premio Cervantes fue suficiente para convertirlo en una estrella mediática, algo que seguramente no apreciarán algunos aprendices de pop-stars de la cultura. ¿A quién se le ocurre, dirán, gastar una vida en la escritura y cuando llega el reconocimiento pasar años metido en la cama fumando, tomando whisky y leyendo novelas policíacas? ¿En qué cabeza cabe despreciar a la prensa, no asistir a los homenajes, no codearse con gente bien e interesante? Además de escritor, tuvo otros oficios: periodista, perseguido político, solitario. Fue lector apasionado de Faulkner, de Cèline, de Arlt, de Dostoievsky y jamás se avergonzó de sus padres literarios. Decía, oh contrariedad para los defensores del ISO 9000, que su relación con la literatura era la de un amante y no la de un esposo, y que recurría a ella cuando se le antojaba y que podía pasar largas temporadas sin escribir y que no escribía con propósitos. Se le acusa de pesimista, de oscuro, de depresivo y de misógino. Vargas Llosa, tan orondo él, incluso llegó a afirmar que estuvo condenado a una vida más bien mediocre. Pero pocos como Onetti, en cualquier lengua, en cualquier medio artístico, para darnos luz sobre el mundo, sobre la condición humana, sobre nuestras contradicciones y sobre nuestra inútil y fatigada esperanza.

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Santa María

Una buena parte de las novelas y los cuentos de Onetti transcurren en este lugar.  Santa María es una ciudad provinciana, sitiada por un río, con una avenida que corre paralela al río y una plaza central, y un astillero, y un periódico, El liberal, y muy cerca una colonia de suizos, y en alguna parte de los años un burdel fundado por Larsen. Pero Santa María no parece un lugar sino un estado de ánimo. La ciudad cambia, es inestable, voluble, alcanza matices y luego los pierde. Su génesis, que abreva del tedio y la desesperación, es una hermosa metáfora.

Vayamos a La vida breve: Juan María Brausen, imaginado por Onetti, piensa en cómo no sentir lástima o asco cuando vea desnuda a su esposa, a quien se le ha extirpado un pecho, y al mismo tiempo escucha la vida de una mujer al otro lado de la pared, es la Queca. Brausen batalla con un guion largamente aplazado y un día: “Gertrudis y el trabajo inmundo y el miedo de perderlo –iba pensando, del brazo de Stein−; las cuentas por pagar y la seguridad inolvidable de que no hay en ninguna parte una mujer, un amigo, una casa, un libro, ni siquiera un vicio, que puedan hacerme feliz”. Entonces, Brausen se desdobla, primero imagina a Arce, que visita a la Queca, y poco a poco comienza a darse cuenta de que su posibilidad de redención radica en imaginar otras vidas, breves como la suya, pero de las cuales él pueda decidir su suerte e incluso su desgracia. Santa María surge en un día gris y, como en todo relato de fundación, hay un primer hombre: el doctor Díaz Grey, alter ego de Onetti, que observa la plaza de la ciudad en cuyo centro se yergue la estatua de un personaje, dios omnipotente a quien se le pide que llueva en las sequías, con una leyenda: Juan María Brausen, fundador.  Un día, Brausen emprende junto con Arce un periplo por una geografía difuminada, toman autobuses y trenes, atraviesan un río y llegan a Santa María.

Esta ciudad es muchas y ninguna, toma la forma que querramos darle, es deliberadamente ambigua. Un lugar resguardado de los felices y los optimistas. Un espacio mítico que nos recuerda aquella concepción sartreana de que el infierno son los demás. En cuanto a sus detalles, en cuanto a la posibilidad de reconstruirla o de diseccionarla por medio de la razón: “Está escrito, nada más. Pruebas no hay. Así que le repito: haga lo mismo. Tírese en la cama, invente usted también. Fabríquese la Santa María que más le guste, mienta, sueñe personas y cosas, sucesos”.

Mundo en un mundo.  Espacio de los posible y lo imposible, Santa María está en nosotros y nosotros en ella. Alguna vez se le preguntó a Onetti qué haría si pudiera vivir en ese lugar de sus novelas, y este respondió: imaginar Montevideo.

El lenguaje

Si usted es un lector eficiente, titulado, de esos que leen 200 palabras por minuto, aléjese inmediatamente de esta obra. Aquí hay que regresar una y otra vez para que las frases alcancen su brillantez exacta, su peso preciso en una arquitectura construida con esmero y paciencia. Las palabras de Onetti no son para nada prosaicas, están dotas de poesía, de sugerencias más que de certezas, no esgrimen verdades sino dudas, hermosas y sonoras, nacidas de las vísceras para mostrarnos nuestra insensatez, nuestras máscaras, pero sobre todo, nuestra inútil y secreta esperanza en medio de la muerte.

Obras como esta nos devuelven el deleite por el lenguaje, nos recuerdan que hay matices en una frase, que la palabra puede llegar a ser un instrumento poderoso, y que estamos hechos de palabras, que estas alguna vez pueden juntarse de cierta manera, con cierto ritmo, y producir el temblor, el vértigo o la epifanía. Pocas cosas tan reconfortantes como citar a Onetti.

El punto de vista

Los relatos de Onetti están construidos a partir de visiones contrapuestas, múltiples, fragmentadas. El escritor decididamente nos muestra que algunas pueden ser incluso falsas. La realidad no es única, nos recuerda, sino que depende del ser que la esté mirando, de su rabia, de sus prejuicios, de sus ambiciones o de sus sueños. Así, la muchacha que acompaña al hombre moribundo de Los adioses es vista como su amante pero resulta ser su hija. Hay dos descripciones contradictorias de Angélica Inés en El astillero. Y hay quienes miran a Larsen derrotado antes de tiempo, un poco más viejo y envenenado, pero páginas adelante se le ve orgulloso, lleno todavía de sueños y proyectos. Larsen muere y luego revive. Santa María arde bajo las llamas y después reaparece sin ningún rasguño. Qué ilógico, dirán los fanáticos de la razón.  Qué estupidez, argumentarán los aliados de la precisión matemática. Qué disparate, expondrán los defensores de la unidad aristotélica. No obstante, imagen imperfecta de la ficción, la obra onettiana nos reinventa reinventándose a sí misma.

Los personajes

Hombres que mienten con una pasión absoluta. Mujeres abatidas por el amor o la venganza. Personajes grises, de vuelta de la vida, con cicatrices siniestras. Muchachos que devienen adultos a pesar de sí mismos y comienzan a aceptar y se pierden.  Enamorados embebidos, anclados en la dulce reminiscencia de una tarde o una noche. Amantes despreciados y rencorosos. Empleados enfermos por la rabia y la desolación. Suicidas conversos que se matan a golpes de vida y de abandono. Empresarios en ruinas. Prostitutas feas o viejas. Díaz Grey reflexionando ácidamente sobre el mundo. Eladio Linacero oliéndose los sobacos mientras recuerda un amor derrotado. Y Larsen, ninguno como él en la literatura de todos los tiempos, nadie que sueñe tanto con empresas destinadas de antemano al fracaso, el chulo que recibe por nombre Juntacadáveres debido a la “calidad” de sus meretrices, que anhela un burdel perfecto en donde cada cliente encuentre la puta que anda buscando, el que regenta un astillero en ruinas sin recibir un sueldo y vive de la venta de chatarra, el que intenta seducir a la hija idiota de Petrus y subir a una casa imposible para él, a un cielo cerrado para siempre desde el inicio de su anhelo. Y los lugares: el Berna, el Chamamé, el Noname, plenos de humo y de ruido, de conversaciones plenas de memoria y de cinismo, de magia devastadora, de fastidio. Una fauna digna de escandalizar a un club rotario. Y encima de todos Brausen, y encima Onetti. Demiurgo de un demiurgo de demiurgos de sueños rotos.

Garantía limitada

Si usted no se apasiona por esta obra en las primeras treinta páginas, cosa increíble pero probable, puede utilizar el papel en una campaña de reciclaje, y contribuir así a la conservación del planeta. También es posible donarlo a una biblioteca comunitaria. Aunque puede ser que provoque en algunos grupos de personas cierta toxicidad existencial. Esté atento a cualquier signo de insurrección o de ironía. Queda también la posibilidad de un reembolso parcial. Diríjase a una librería de viejo y cambie el libro en cuestión por uno que se adapte a sus expectativas. Obviamente, pagando la diferencia.

Enlaces:

Textos, fotos, foro, entrevistas. Visiten la página Onetti.net

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