Letras guatemaltecas – El dulce recorrido de mi fin/ Gabriela Navassi

El dulce recorrido de mi fin

Gabriela Navassi

Editorial Cultura, 2009

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A castle of lamps: Relectura de Gabriela Navassi

Estudiante de Letras, promotora cultural, poeta amiga del mundo celta, Gabriela Navassi aporta 142 poemas con historia propia e interrogantes en El dulce recorrido de mi fin. Desde este espacio, voy buscando generar tentativas de respuesta.

El libro es un discurso poético forjado a partir de imágenes, escenas y pequeños diálogos. En algunos casos, agrupaciones de textos y en otros, poemas totalmente individuales, tipo conversación. ¿Surrealismo, o un discurso creativo innovador? Se plantea que el motor de lo escrito por Gabriela supera el ejercicio surrealista al dejarse llevar por una fluidez de símbolos: la sal, el mar, la sangre, el cuerpo mutilado y la interioridad corpórea.

El dulce recorrido de mi fin, al ser una obra póstuma, permite la utilización de llaves de entrada y salida. En realidad, a pesar del esfuerzo de edición, debe hablarse de un poemario contenido en otro. (Todo un mar con sus algas, sus olas, sus peces y su arena, donde de vez en cuando emerge el diálogo pesimista del amor escéptico.) El libro, como muestra de sus múltiples posibilidades, llega a ser un gran juego arquitectónico: “una pared que yo he sido, ventanas cubiertas de algas, casas con ojos”. En los primeros poemas se encuentra el toque sutil de elegancia artificial: “Textura eriza / que derrite el rostro, / y de la hez, / aún forma párpados”. Es poesía de alta calidad y al mismo tiempo resulta un tanto oscura. Dicha oscuridad se va disipando ya que progresivamente aparecen voces múltiples: fluctuaciones entre primera, segunda y tercera persona: “Recitas casi; ese párrafo exacto encierra la llave, / Es sólo una niña —piensa— La edad de mi hija. / Y te oigo blandir la espada del hambre. / Me da miedo…”. Al hablar de imágenes singulares, no tenemos que dar grandes saltos en el texto. Están a pedir de boca, en citas como la siguiente: “Mas el oído goza, / El oído salta, / Pues lo arrulla el tintineo de las formas”.  La riqueza de las figuras va tomando el control de la página, declarando que el mundo común y corriente en realidad es, y puede ser, un mundo aparte.

Existen figuras recurrentes. Puede hablarse de ejemplos como aspa, ácido, esferas, hez, máscara y disfraz. Van haciendo de las suyas al singularizarse en los distintos territorios. ¿Música en el texto? Existen poemas completos, pero una muestra evidente de esto se da en cuatro palabras: “Un castillo de lámparas”. Ello podría ser el título de un buen disco de música irlandesa, y en inglés suena mucho mejor: A castle of lamps. El cuerpo humano, a lo largo de las páginas, aparecerá siempre, o casi siempre, despedazado: “partes de mis dedos”, “tu cabeza”, “tu espalda”, “mis partes mutiladas”. Ello se precisa en este verso: “lapido alas”. Gabriela ni siquiera está lapidando a un ser completo: únicamente, unas alas.

Tenemos, hasta este punto, un ritmo y un estilo. Y en la página 24 nos confronta un rompimiento: “Me asfixia la caja gris, / el ropero blanco, / el pichón de la ventana / y tus cuatro días de ausencia”. La enumeración de objetos, casi sin juego verbal ni argumento, deja un sabor extraño, insípido, y lamentablemente se le volverá a ver más adelante: “Los ojos, /La danza ritual de las pupilas. / Brujería. / Los ojos, / El beso del espíritu del agua. /Conjuro”. A partir del último poema de la página 27 se retoma la fuerza argumental, enriqueciéndose el imaginario: “los pedazos vírgenes de esta estancia blanca / se me riegan líquidos / dibujando heridas en mi piel”. En la página 34, con una naturalidad panteísta, se le dan las cualidades del mar a una persona. En las páginas 36 y 37, al hablar de una situación, el yo y el vos pasan a segundo plano: “Nadez, / actividad insana bajo sábanas ajenas, / traidoras, / como las cuatro piernas corrompidas / que allí habitan”.

Libro póstumo al fin, la autora no puede defenderse. Los lugares comunes son mínimos, apareciendo casi siempre en los poemas intimistas: “La desgracia sigue ensañándose conmigo”. El poco trabajo interno del poema que empieza con los versos “ahogada en la arena, / ahogada en la sal, /ahogada en la ola, /ahogada”, rebasa el problema del lugar común. A mi criterio no es indispensable, e incluso daña la obra en su totalidad. Lo anterior indica una probable falta de edición. Se pudieron haber agrupado por secciones los poemas relacionados con el mar, aquellos dedicados al amor escéptico, y los correspondientes a la lucha vital. Al no haberse hecho, entonces el sabor extraño invade nuestro paladar, y la sal, la sangre, el tabaco, o el café amargo, quedan atenuados.

Hadas, Eva, sirenas —iconos de la cultura occidental— han ido y venido como ayudantes, personajes secundarios, sostenedoras del mundo, pero mejor aún: de un canto de versos que es una lucha con la propia sangre que se pisa en el suelo. Invitación precisa a algo desconocido, ignorándose el paso del presente hacia el futuro; sin embargo, se intuye más escritura, un cauce de más vida.

German Albornoz Pellecer

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