Letras guatemaltecas – El hombre que lo tenía todo, todo, todo / Miguel Ángel Asturias

El hombre que lo tenía TODO, TODO, TODO

Miguel Ángel Asturias

Siruela, 2da. Edición, 2002

 

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Dicen que los montañistas cada vez que conquistan una nueva cumbre gozan de una especie de éxtasis por su logro. El sacrificio de escalar hasta la cima, el logro de haber sobrevivido a quién sabe qué cantidad de amenazas, la gloria de hallarse en un lugar que sido pisado por un pequeño número de hombres con las agallas y la voluntad de desafiar las condiciones más extremas y adversas es algo que los inunda de un estado de gozo. Pero, igual que todos los placeres exógenos, es decir que no son resultado de un progreso en el nivel de conciencia, unos minutos o días después la satisfacción se disipa. Quizás sea solo la naturaleza del ego o la codicia que una vez se ha conquistado algo, luego surge la necesidad de un nuevo reto y casi seguramente el que ha llegado a una de esas altas cumbres buscará la siguiente más alta para sumar una nueva hazaña a su vida.

Menciono esto porque es lo que se me ocurre cuando trato de imaginar a Miguel Ángel Asturias cuando se decidió a escribir El Hombre que lo tenía TODO, TODO, TODO. Y no es que quiera demeritar la literatura infantil, al contrario, merece todos los elogios, pero siendo una de sus obras tardías, después de haber obtenido el Nobel y de haber escrito sus trabajos más exitosos e importantes, solo me puedo explicar que haya decidido incursionar en esa rama literaria para tener un nuevo desafío, un hito que lo llevara más allá, que le permitiera abarcar todo lo posible.

El hombre que lo tenía TODO, TODO, TODO es un libro lleno de fantasía, con un personaje que se debate entre la gloria y la maldición de tener, en lugar de pulmones, imanes que atraen los metales y riquezas del mundo. Ese don, aparte de causarle fastidios, pues si no duerme sobre un colchón de sal gruesa amanece sepultado bajo toneladas de fierros de toda variedad que atrae durante el sueño, también es la causa de sus riquezas.

La casa editora recomienda que los lectores del cuento tengan al menos 12 años, seguramente por el vocabulario que Asturias utiliza en el relato, a lo largo del cual se plantea el dilema de si la felicidad consiste en tener riqueza. El don del atraer los metales lo llenaba de joyas y ornamentos valiosos, pero igual arriesgaba la vida al atraer chatarra y fierros que se encontraran cerca suyo. También cayó víctima de un cirquero que se aprovechaba de él y explotaba su facultad magnética para despojar de sus posesiones al público en el espectáculo.

Imagino a Asturias, después de escribir cientos o quizás miles de artículos periodísticos en su vida; después de estar al borde del delirio tecleando cada palabra de Hombres de maíz; casi puedo verlo haciendo anotaciones con ideas para escribir Mulata de Tal o con las características de algún personaje en una obra de teatro. Y después de eso, de haberse encumbrado con esos trabajos, pudo empezarse a llenar de un sentido de insatisfacción, un desasosiego que sentía en las entrañas y empezar a devanar un pensamiento en busca de un nuevo tema, del argumento que le permitiera desarrollar una nueva novela… volvía a su mente el personaje del dictador Manuel Estrada Cabrera u otro, alucinaba, mientras pensaba en qué más, alucinaba como solo podría alucinarse dentro de un caleidoscopio gigante, en donde fragmentos de cristales de colores reflejaran luces y quisiera encontrar la llave para salir de ahí y… y sí tan solo plasmara esos delirios suyos, a lo mejor en ese momento se sentó frente a la maquina de escribir y empezó a mecanografiar las emociones que lo arrastraban y si con tan solo eso, con esa sensación de que era capaz de atraer hacia sí la inspiración necesaria para escribir lo que quisiera y si se cumplieran todos sus deseos como por obra de magia y si el mismo pudiera ser el mago, el hombre que lo escribiera todo y que no dejara ninguna historia inconclusa y si eso y si eso… ¡eureka! Y si eso que estaba escribiendo fuera un cuento. Una historia infantil y en lugar de poder escribirlo todo pudiera tenerlo todo.

Ofrezco una disculpa porque definitivamente me aventuro en una conclusión personal al pensar que Asturias se inspiró de esa manera para escribir el cuento. Pero, y lo siento para aquellos académicos que necesitan evidencias para sustentar todo lo que escriben, pero al leer el cuento lo he intuido. Claro, tenemos una distante relación con nuestra intuición, pero no descartemos que Asturias llegó al momento en el que, como un adicto a la heroína empieza a sentir un deseo irrefrenable de administrarse una nueva dosis de su droga, tuvo que innovar y lanzarse en una acción casi improvisada para vaciar su ímpetu creador y gozar un breve período del placer por haber culminado un nuevo proyecto.

Sin embargo, Asturias decidió darse a sí mismo una lección final con el desenlace del personaje del cuento. Quizás haya podido escribirlo todo, pero siempre queda una cosa que no se puede conseguir, una obra que apenas es una idea que yace o flota o lo que sea que pasa con el conocimiento universal almacenado en los éteres y cuya existencia se presiente pero no nos pertenece o no evolucionamos lo suficiente para lograr alcanzarlo. Esa noción sigue ahí.

Sergio de León Sandoval

Enlace:

Comuníquense con Sergio de León Sandoval a través del correo sergiodls@hotmail.com

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