Literatura guatemalteca – El boxeador polaco: esa voz que nos habla

El boxeador polaco:

Esa luz que nos habla

 


A finales de este mes, el escritor guatemalteco Eduardo Halfon recibirá el galardón de la XV edición del premio Bodegas Olarra & Café Bretón por su libro Clases de dibujo. La noticia le llegó poco tiempo después de que la Editorial Pre-textos publicara su libro de cuentos Clases de hebreo, una reunión de ocho cuentos independientes entre sí que pueden leerse como una unidad, como una novela construida a retazos.
Un libro en el que hay poesía, dolor, estupefacción y unas grandes dosis de realidad.
A continuación reproducimos el texto que su editor, Manuel Borrás, leyó como parte de la presentación del libro en Ginebra y Madrid, el pasado octubre.
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Permítanme iniciar mi intervención, que no quiero que sea larga, pues el verdadero protagonista esta tarde debe ser Eduardo Halfon, con la cita de unos versos de un poeta polaco judío de nombre desconocido. Esos versos rezan así:

“A todos nos acompaña una sombra, pero sólo unos pocos conocen esa luz que nos habla”.

En el libro que presentamos esta tarde, no les quepa la menor duda, hay una luz que nos habla. Y nos habla a media voz, pero también con la firmeza de saber que lo que nos está contando es reflejo de una revelación más antigua que la muerte.

Me costaría mucho destacar uno entre el conjunto de cuentos, dado que para el que se les dirige todos constituyen una unidad con clara independencia de sus partes. Con todo, voy a fijar mi mirada en el que lleva por título ‘El boxeador polaco’, porque fue un cuento que desde que lo leí me estremeció y mantuvo mi ánimo en suspenso merced a una habilidad fuera de lo común para yuxtaponer los tiempos en un presente cuya carga de trascendencia oprime al personaje narrativo. Es un relato que podría usarse –creo que ya se lo indiqué al autor en una carta– para enseñar a un aspirante cómo escribir cuentos. En él se nos narra de manera muy sucinta una historia emocionante, la de la peripecia de supervivencia del abuelo polaco del narrador en el malhadado campo de exterminio nazi de Auschwitz. La intensidad emocional de este relato comienza cuando el personaje se pregunta a sí mismo cómo plantear la pregunta que nunca debe hacerse, la pregunta de cómo pudo sobrevivir alguien al horror, además de con el hecho de subrayar el efecto salvador que tiene la palabra. Una palabra o un conjunto de ellas que una vez enunciadas frente a una situación de peligro ya no se recordaban porque habían dejado de ser importantes o simplemente porque habían cumplido ya con su propósito como tales, y entonces habían desaparecido para siempre junto con el boxeador polaco, el salvador del abuelo del narrador, que alguna noche oscura las había pronunciado.

En el relato con que se abre el libro, ‘Lejano’, ya puede leerse, a modo de aviso para navegantes, que un cuento siempre cuenta dos historias y que un relato visible esconde otro invisible. Ambas verdades, créanme, van a ir desovillándose cuento a cuento en ‘El boxeador’. Libro en el que hay más, mucho más de lo que podemos ver, y que estando sólo sugerido, como dice el propio alter ego de Halfon, tanto monta, se encuentra igualmente presente entre líneas. Nos hace fijar la mirada en cosas que en realidad nos están diciendo otras sólo con señalarnos simplemente el lugar donde acontecieron unos hechos. En el cuento al que vengo refiriéndome, se nos desvela que una ilusión solamente funciona si confiamos en ella, y confiaremos en ella en la medida en que en ningún momento a lo largo del libro nos abandone a nosotros, los lectores.

Alguna vez cualquiera de nosotros, aunque sólo sea por unos instantes, no sabemos quiénes somos. Ese es, a mi juicio, el leitmotiv del tercer cuento de este volumen, ‘Twaineando’, y quizás también del segundo, ‘Fumata blanca’, donde la peripecia narrada se diluye con naturalidad en perplejidad hacia los otros, hacia el propio yo, hacia la esencia inaprensible que habita en lo real. Un congreso en Durham sobre Mark Twain; una historia de amor fugaz –mejor dicho, de amago de amor fugaz– con una mochilera europea de turismo por Centroamérica en ‘Fumata blanca’; la intensidad de la relación profesor-alumno que lleva –volviendo a ‘Lejano’– al maestro a perseguir el porqué de la renuncia de su brillante pupilo de origen indígena a continuar sus estudios becados en la universidad.

En ‘Epístrofe’ ya se nos advierte desde la primera frase que ese cuento, como todo otro cuento, quedará inconcluso o al menos parecerá quedar inconcluso. Y también cómo se gestiona el genio, cómo se reconoce el estilo y lo complicado que resulta saber cuál es éste cuando en ese relato se nos habla de dos heterodoxos del piano, uno por el lado jazzístico, Thelonius Monk, y otro por el clásico, el gran pianista judío Lazar Berman, que por cierto, y sin ánimo de enmendarle la plana a nuestro autor, no estaba tan reñido con Chopin como se asegura, y como prueba de lo que afirmo sólo hay que escuchar sus magistrales interpretaciones de los ‘Estudios’ del compositor romántico.

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‘El boxeador polaco’ reúne una serie de relatos de diversa índole que, sin embargo, tienen puntos en común. Sobre todo, la literatura y sus mecanismos, la vida y sus durezas y, por qué no señalarlo, sus extrañezas, el mal. Estos cuentos son, a mi juicio, tan buenos que aun al lector menos avisado le revelan una voz narrativa madura, con gran conocimiento del género y con gran habilidad para desplegarlo en forma de imágenes, pausas, extraídas, no les quepa la menor duda, del lenguaje poético. Es un libro, pues, en el que hay poesía, dolor, estupefacción y unas grandes dosis, como la preceptiva narrativa exige, unas grandes dosis, repito, de realidad.

Desde ‘Twaineando’, cuyo pretexto temático, repito, es un congreso de escritores alrededor de la figura de Mark Twain, hasta el relato que da título al libro, en el que se nos narra la historia del número tatuado en el campo de concentración de Auschwitz en el brazo del abuelo del narrador (y por cierto, detalle mencionado en otros de los cuentos del volumen y que se resuelve prodigiosamente en forma de historia al final del libro), Halfon mantiene una regularidad y un dominio de los recursos propios de un escritor muy dotado y de una voz propia muy consolidada.

Son innúmeros, y lo recalco, los recursos que nuestro autor despliega en cada uno de sus relatos para lograr que funcionen. Y lo consigue en todos y cada uno de ellos. Desde apuntes del desenlace al principio hasta la ocultación sutil de datos para crear pequeñas catarsis de extrañeza y, ante todo, y lo más personal, una especie de talento para las sinestesias que irrumpe en los cuentos cambiando su dirección o estableciendo puntos de contacto con todos los niveles de realidad, desde el lingüístico hasta el de las cosas, los animales, el hombre común, los nazis imaginarios y reales a un mismo tiempo, etcétera.

Para terminar me gustaría simplemente hacer hincapié en algo en lo que se reflexiona en el relato que cierra el libro de Eduardo Halfon, ‘El discurso de Póvoa’. En qué es la realidad. El autor reconoce que no sabe la respuesta y aún menos cómo puede concebirla. Aunque de pronto rectifica y se le ocurre que lo único posible para lograr entender algo de eso que creemos lo real es volcarse sobre la propia experiencia. La literatura no es más que un buen truco, como el de un mago o un brujo, que hace a la realidad parecer entera, que crea la ilusión de que la realidad es una o que tal vez la literatura necesite construir una realidad destruyendo otra, es decir, destruyéndose a sí misma y luego construyéndose de nuevo a partir de sus propios escombros. Y al final concluye en algo que suscribo plenamente: que al escribir sabemos que hay algo muy importante que decir respecto a la realidad, y que lo tenemos al alcance, muy cerca, en la punta de la lengua, y que no debemos olvidarlo. Pero siempre, sin duda, lo olvidamos. Nunca se puede estar seguro de lo que se escribe, uno muere, como dice más o menos W.S. Merwin en uno de sus poemas, sin saber si algo de lo que se escribió era bueno, y si le hace falta saberlo, mejor que no escriba. De ahí que dijese al principio de mi intervención que lo que se nos cuenta en este libro es reflejo de una revelación mucho más antigua que la muerte.

Enlaces:

Para conocer más acerca de escritor guatemalteco pueden leer el primer capítulo de su novela “Esta no es una pipa, Saturno” en el siguiente link: El ojo de Adrián

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