Literatura guatemalteca – El espejo de Lida Sal: las otras leyendas

El espejo de Lida Sal:

las otras leyendas de Asturias

Por Sergio De León Sandoval

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Algunos dicen que la leyenda es el género literario favorito de Asturias. A mí no me gustan los juicios como ese, tampoco poner etiquetas, pero comprendo a quienes se aventuran a hacer esa afirmación debido a que cuando uno explora Leyendas de Guatemala y El Espejo de Lida Sal, termina maravillado con la capacidad de configurar en cada relato un universo en el que, en mi experiencia personal, siento como si me metiera dentro de un balde de agua en el que me remoja, luego me exprime y como un trapo en el tendedero me deja escurriendo. Perdonen si parezco exagerado pero es que toda la verosimilitud de los personajes, el relato coherente, la infinidad de detalles desde los más ínfimos hasta los que por obvios parecieran innecesarios, tienen el efecto de que inevitablemente uno termine preguntándose ¿esto habrá sido cierto? ¿Quién se lo contó o dónde lo vio?

La Petrangela no concilió el sueño esa noche. Asomaban a su conciencia aquellas noches en que en verdad durmió con el traje de “Perfectante” que el señor Felipe Alvizures vistió en la fiesta hará treinta años. Tuvo que contradecirlo ante su hijo, porque hay secretos que no se revelan ni a los hijos. No secretos, intimidades, pequeñas intimidades. No amanecía. Sintió frío. Trajo los pies al amor de la cobija. Apretó los párpados. Imposible volver a dormirse. El sueño andaba ausente de sus ojos, temía que a esa hora, en víspera de la fiesta de Nuestra Señora del Carmen, alguna estuviera durmiendo con el traje de “Perfectante” que luciría Felipito, para impregnarlo de su sudor mágico y que por este arte lo sedujera.

Este párrafo entraña la historia de Lida Sal, una mulata “más torneada que un trompo” que fregaba los platos en el comedor de un pueblo y que se enamoró de un joven hacendado. Dada su condición humilde, la única manera que encontró para lograr que el hombre de sus sueños cayera en sus brazos fue a través de un hechizo. Dormir con el disfraz de “perfectante”, que eran ciertos personajes que acompañaban la procesión en que el anhelado amante vestiría ese atuendo extravagante y chillón. Pero para lograr el encantamiento, existía la condición de que la mujer que vistiera el traje debía verse de cuerpo completo en un espejo. Lida Sal no tenía uno.

Al principio, el campo abierto la sobrecogió. Pero luego fue familiarizando los ojos con las arboledas, las piedras, las sombras. Veía tan claro por donde iba, que le parecía andar a la luz de un día sumergido. Nadie la encontró con aquel vestido raro sino hubiera echado a correr, como ante una visión diabólica. Tuvo miedo, miedo de ser una visión de fuego, una antorcha de lentejuelas en llamas, un reguero de abalorio, de chispas de agua que integrarían una sola piedra preciosa con forma humana, al llegar y asomarse al lago vestida con el traje que luciría Felipito Alvizures en la fiesta.

La desdichada suerte se hizo presente a último momento e impidió que Lida Sal cumpliera con su deseo, pero ese inesperado hecho la inmortalizó, la hizo trascender en boca de quienes recuerdan su trágico final y el Gran Moyas lo trajo hasta nosotros para hacernos dudar de la veracidad o no del cuento.

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La siguiente historia es la de un hombre que astutamente se libra de una maldición. Juanantes de antes y antes, cae en las fauces de la desgracia en una noche turbia cuando en medio de una borrachera escucha su nombre y sale en busca de quien lo llama solo para caer en el maleficio de luz mala, cuyas funestas flamas le dan la orden de matar a alguien a quien ni conoce. Pese a haber cumplido una condena en la prisión, perder a su mujer y padecer una serie de infortunios por la mala hora de su vida; Juanantes se siente atado a la maldición y la única manera en que puede deshacerse de ella definitivamente es ordenando la muerte de alguien haciendo que sea otro el que sufra.

Pero el personaje encuentra el dilema de no tener enemigos ni a nadie a quien desearle la muerte, así que pone en juego su destino y encuentra una manera de despedazar a alguien sin consecuencias fatales.

Cumplir. Juanantes tenía que cumplir. Se sentía funesto. Hay la peste de los funestos. Los funestos es gente que atrae las desgracias. Y él, mientras no cumpliera, mientras no pagara, era funesto.

Juan Hormiguero es el nombre de otra de las leyendas incluida en El espejo de Lida Sal. Y es críptico. Difícil de digerir como una cucharada de tierra. Y háganme el favor y figúrense sujetando una cuchara con la mano derecha (o la izquierda si son zurdos), caminando desde la cocina o el lugar de donde consiguieron su instrumento hasta la maceta o el jardín que les quede más cerca e incrústenla en la tierra y saquen el bocado. Puede estar seco, grumoso o húmedo. Llévenla a su boca, e imaginen como la saliva forma una mezcla lodosa y a continuación intenten deglutirla. Algo así es la experiencia al leer el relato.

Juan Hormiguero es un hombre que caza un mono porque quiere regar con la sangre de su presa a su mujer, que se está convirtiendo en tierra por comer sueños. “Comer sueños” ¿es una figura literaria? ¿Una analogía? ¿Una ecuación matemática? Difícil decirlo. El asunto está en que Juan Hormiguero llega tarde con la sangre del mono así que encuentra a su mujer convertida en pequeños bultos de tierra sobre el suelo que las hormigas se encargaron de convertir en su hogar.

A mí esto me suena a místico. Asocio la tierra con la necesidad del hombre de apegarse a las cosas, de identificarse y sentir que le pertenecen. Igual un perro marca territorio y lo defiende, que una persona siente la necesidad de tener una casa para sentirse seguro, cobijado. Además alguien “aterrizado” puede ser quien desarrolla todos sus conceptos solo basándose en las evidencias que encuentra en el entorno, si no es algo concreto y palpable se siente confundido. En cambio los sueños parecen ser una facultad más elevada, la de fantasear, la de proyectarse en situaciones futuras que pueden ser irreales también reales. Una motivación que empuje nuestros actos para consumar un fin último. Es común que a alguien dado a la fantasía se le recomiende poner los pies en la tierra. Así que puede ser un juego entre estas dos posiciones contradictorias. ¿Quién sabe? Bah.

No hubo manera de arrancarlo de aquel lugar, temía por ella, y sólo después de mucho rogarle, me confesó que, para salvar a su mujer, tenía que cambiar de forma, dejar de ser hombre y convertirse en oso hormiguero de larguísimo hocico y escasa vista.
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Otro Juan protagoniza la leyenda del Girador. Es una historia misteriosa que al leerla parece que empezara a escucharse de fondo una melodía de tun y chirimía que acompañan a un grupo de hombres atados de los pies girando alrededor del Palo Volador en la feria de algún pueblo indígena del altiplano.

Y es que Juan Girador heredó de su padre el don de hechizar y apoderarse de lo que fuera con solo darle un par de vueltas alrededor. Así se apodera primero de un caballo, después saquea tiendas y se apropia de ciertas cosas, aunque lo hace con el objeto de repartir el producto de sus actos entre los necesitados. Y aquí parece ineludible y cajonero compararlo con un Robin Hood autóctono.

Al final la reputación del Girador llega a oídos de “la cruel y famosa” Xiu, “una mujer todopoderosa y estéril”, que pide que lleven ante su presencia al hechicero pues cree que es el único capaz de hacerla engendrar un hijo.

Una… dos… tres vueltas dio el jinete en torno a las fortalezas, torres, edificaciones de la ciudad de Chitutul que el sol iluminaba, y seguro ya de que todo cuanto había en ella era suyo, invitó a los que le acompañaban a seguir adelante. La majestuosa Xiu estaría desesperada.

Pero Juan Girador no logró preñar a Xiu, quien se desesperó ante la presencia del hombre que llegó a apoderarse de todo y entonces lo desolló y pudo “con su pellejo cortado en tiras, envolver el girasol en que estaba oculto, bajo sedas de colores, el ombligo de su padre”. Esa especie de amuleto que contenía los vestigios del Girador y su ancestro, la mujer se lo colocó sobre el ombligo y así fue fecundada. “Nació un varón que expuesto al sol se vio que venía acompañado de un hermano mellizo, la sombra de su cuerpo”.

Pero el muerto Juan Girador tendrá un tercer hijo con la muerte que, aquí me resulta imposible no hacer otra analogía con “El Curioso Caso de Benjamín Button” que recientemente llevo David Fincher al cine con Brad Pitt, pues el tercer progenitor es “engendrado por sus huesos de esqueleto de plata, y no de su pellejo cortado en tiras” e igual que el protagonista de la película también “nace adulto, pero luego será joven, adolescente, niño y sólo entonces, convertido en ser vivo reempezará su existencia”. Al final los tres hermanos giran hasta desaparecer, ahí se los dejo para que averigüen cómo pasó.

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Quincajú es el personaje que le da nombre a un nuevo relato, un hombre azul que había desaparecido primero por viejo, “pues los muy viejos, todos los que superan su tiempo, van siendo como desaparecidos entre los vivos” y cuya función era llevar a los que desaparecían a la Puerta de los Calendarios. Pero aspiraba estar al servicio de la Diosa de las Palomas de la Ausencia, la sagrada Ixmucané. En la leyenda, Quincajú se salva primero de morir devorado por un tigre que lo acorrala en una cueva sostenida por el canto de un grillo. Cuando el felino se abalanza sobre el viejo, el grillo deja de cantar y todo se derrumba. Quincajú queda entonces cubierto por una costra de tierra y expuesto a una nueva amenza. Un jaguar espera a que llueva para que el agua diluya el barro que envuelve a Quincajú y entonces se lo comerá. Esta vez se libra de la muerte por la impaciencia del predador que, de un zarpazo, lo hace rodar por una ladera, y el viejo cae en un río que lo revuelca y arrastra hasta sacarlo en una orilla, desde la cual, tendido, observa a un gavilán y le pide guía para llegar al país de las palomas de la ausencia.

¡Tiuh…! ¡Tiuh…! Dame las cuatro memorias del sueño del hombre despierto. Necesito seguir adelante, pero no puedo sin antes colocar las lluvias en sus estruendos de plata, en su silencio a los árboles secos y en su congoja a los animales en brama.

Del siguiente relato tengo poco qué decir. Es mágico, onírico. Discurre entre la lírica y la narración. Leyenda de las Tablillas que Cantan.

Ahora bajaba Utuquel por última vez a desafiar a los murciélagos. Era su séptima lunación. Pececillos íntimos le bebían los pies en los regatos. Iba acercándose a los templos, a las fortalezas, a las casas, oculta la faz en su máscara luctuosa de esponja de luciérnagas, sus hombros llovidos de cabellos verdes, las manos entregadas a la sal de llanto, desolado, presintiendo su derrota definitiva y la befa del sacrificio fingido.

Utuquel es un poeta que reflexiona sobre el origen de su obra. Considera que crear es robar porque ya todo existe y ha sido creado. Esto lo cotejo con lo que las antiguas civilizaciones indias llaman los “registros akashicos” en los cuales está almacenado todo el conocimiento, todas las palabras, acciones y pensamientos de la humanidad.

La otra situación que encara el personaje en este relato es que la gloria que vive después de presentar su obra al público, se termina cuando llega el Caudillo y, de un soplo, borra la creación de Utuquel. Me parece que Asturias nos invita a reflexionar sobre algunas cuestiones filosóficas fundamentales como la censura, a quién sirve el arte y de cómo el poder puede elevar o acabar a un artista.

Otra vez el arte y su creación se repiten en La Máscara de Cristal, la historia de un escultor ciego y desterrado que se había impuesto el límite, con un juramento, de tallar únicamente en piedra. Pero confinado y angustiado por esa atadura vive como si“todo su mundo de dioses, sacerdotes esculpidos en piedras duras, casi de joyería, le hacía sentir su cueva como sepultura de momia”. Decide romper su promesa y esculpir en cristal de roca una Máscara de Nana la Lluvia, lo cual lo conduce a la locura o un estado de alucinación o, si no es eso, activa una especie de maldición con la que sus creaciones cobran vida y finalmente muere atacado por ellas –o a causa de sus delirantes visiones–.

La recopilación continúa con La Leyenda de la Campana Difunta. A diferencia de las anteriores que parecen inspiradas en el misticismo de la cosmovisión indígena, los ingredientes de esta historia son totalmente mestizos, empezando por el entorno, un convento de monjas de una ciudad colonial. Y como señal rotunda del mestizaje mestizo, es un relato apasionado, en el límite de lo lascivo y la moral.

Las monjas quieren mandar a forjar la campana más sonora de la ciudad y se lanzan a la tarea de recaudar todo el oro posible para utilizarlo en la fundición de la campana, porque el valioso metal le daría un sonido único al bendito instrumento. Quieren aprovechar la presencia en la ciudad de un grupo de fundidores enviados por un noble español para su cometido. La mayoría de religiosas tienen familias adineradas que donan candelabros, joyas, relicarios, cruces, para la fundición pero también habita en el claustro una mestiza llamada Clara de Indias, de origen humilde y quien se ve presionada a aportar algo al crisol. Ella sabe que su única posesión parecida y valiosa como el oro son sus ojos dorados, los cuales, en medio de un trance entre erótico y espiritual, decide sacarse para depositarlos en la mezcla. Su motivación termina siendo la ambición de que la campaña se llame como ella: Clara de Indias.

El hecho desencadena una confusa situación en la que los fundidores terminan en el patíbulo, tras ser acusados de ser piratas. El inquisidor, quien es retratado como “una mezcla de español y de indio que ni él mismo se la aguantaba”, de carácter sádico  y ansioso de hacer valer la justicia divina contra los que acusa de ser herejes, ordena el ahorcamiento, sin esperar la validación de las identidades de los condenados requerida al Conde de Nava y Noroña, Don Sancho Álvarez de las Asturias.

Si Deus Zibac, el inquisidor, el terrible Idomeneo Chindulza, no muere de apoplejía la noche en que llegaron a su poder los pliegos de ultramar ratificando la condición de cristianos sin tacha de los ahorcados, don Sancho Álvarez de las Asturias habría tenido que pedir que se desenterrara, pues aquél había exigido que se cumpliera su orden de enterrarla bajo muchos codos de tierra con el nombre de ‘la campana difunta’.

Finalmente, Miguel Ángel Asturias nos presenta la Leyenda de Matachines, dos guerreros-danzantes destinados a batirse en duelo si no encuentran a su amada perdida que tiene “el mañana en los ojos, el hoy en los labios y el ayer en los oídos”, cuyo cadáver encuentran en un prostíbulo en donde la dueña del lugar asegura que “aún muerta sirve para que se den cuerda perversos y degenerados”.

Ante la implacabilidad de la muerte de la mujer,  Tamachín y Chitanám deben encaminarse a su fatal desenlace.

“Los Matachines ocuparon los lugares que los machetes arrojados al aire les señalaron, al caer de punta y clavarse en la tierra y sin más esperar se alzó la voz de Chitanam. Pedía que le diera por ataúd el árbol hueco que ahora sonaba con cien lenguas de madera. Dormir su último sueño en un tun. Que un tun fuera su tumba, su tumba retumbante.

Luego habló Tamachín. Pedía que lo enterraran en una piedra cavada a su tamaño y, sin decir más, empezó su última danza de pies y pies y pies…”

Enlace:

Comuníquense con Sergio De León a través de sergiodls@hotmail.com

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