Literatura guatemalteca – Enrique Gómez Carrillo: el mago de las letras

El mago de las letras

 

Por Jaime Barrios Carrillo

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Cuando Alejandro Sawa escribió que Enrique Gómez Carrillo era “El Mago de las letras españolas”, estaba expresando una idea generalizada de la época. Sawa retrataba al Gómez Carrillo de antes de 1909, el que había conocido en París y había visto brillar en las conversaciones de los cafés parisienses y a quien se le asociaba a nombres como Oscar Wilde y Paul Verlaine.

La pregunta sería: ¿fue Enrique Gómez Carrillo un hombre sólo de su época? ¿Fue realmente el bohemio a “caballo entre dos siglos”? Habría que precisar un poco ese cabalgar entre centurias. Porque el Modernismo no fue una escuela sino un movimiento. Un acontecer literario hispanoamericano, que floreció en diferentes ciudades y momentos históricos. Comenzó balbuceante en La Habana, siguió en México, pasó por Guatemala (Martí, Darío, Chocano, Barba Jacob y todos los nacionales) y culminó apoteósico en Buenos Aires y en el mismo Madrid. En ese proceso, Rubén Darío y Gómez Carrillo fueron casi como decir “el Modernismo”.

Enrique Gómez Carrillo comenzó siendo un irreverente y lo siguió siendo toda la vida. En su tempranísima juventud puso a temblar de cólera a la burguesía cafetalera, que rendía un culto provinciano a Pepe Milla. Lo anterior le valió de todas maneras un espacio, negado por una sociedad gregaria y atrasada. Y no fue Estrada Cabrera el primer mecenas, sino primero estuvo Manuel Lisandro Barillas. Gómez Carrillo fue un príncipe no sólo de la crónica sino en el sentido maquiavélico. Justificó los medios para alcanzar sus fines, que fueron ante todo literarios. Y haciéndose de consulados pudo sobrevivir y escribir en Europa.

Muy pronto, a los 23 años, fue elegido miembro de la Academia Española de la Lengua, lo que aprovechó para sus cartas de presentación ante numerosísimos personajes del arte y las letras, a los cuales realizó entrevistas memorables, entre ellos Oscar Wilde, Augusto Strindberg, Daudet, Zola y muchos otros.

El periodismo en lengua española se hizo, con Gómez Carrillo, más literario, y la literatura se nutrió de la experiencia periodística. Profesionalizó la escritura, siendo un viajero incansable de agudas observaciones, que trabajaba sobre la reelaboración existencial (“sensaciones” las llamaba) de sus materiales. Clásicos son sus libros sobre Grecia, Japón, Egipto y Jerusalén. Gómez Carrillo llegó a ser director de periódicos españoles como El Liberal, que equivaldría hoy a serlo de El País u otro diario de primera línea en España. Y publicó miles de artículos en los principales periódicos del continente, sobre todo en La Nación de Buenos Aires, donde gozó de gran prestigio.

Donde Enrique Gómez Carrillo ponía la letra algo se consumaba. Sus crónicas eran leídas por millares de personas. Vivía en Paris, su “tierra prometida”, pero escribía para los hispanohablantes. Además se sabía meter en las editoriales francesas, que lo traducían y publicaban, y, desde muy joven, logró un puesto en la poderosa editoral Garnier, desde donde él decidía a qué escritor español se publicaba. Lo que le acarreó no pocas antipatías, al extremo que Pio Baroja lo llamó “rastacueros”. Mas tuvo, también, muchos amigos que ponderaron su obra, entre estos Blasco Ibañez, Jacinto Benavente, Leopoldo Alas “Clarín” y Benito Pérez Galdós. Fue un hombre que no podía pasar desapercibido, fuera por sus textos o por su vida de giros exacerbados, con duelos, amores múltiples y viajes para entonces impresionantes. Su obra ha sido traducida al francés, alemán, checo, inglés, sueco, italiano, japonés, portugués, rumano y griego.

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No debe pasarse por alto su labor de crítico literario. Desde sus primeras travesuras en Guatemala (criticando al ídolo Milla a la edad de sólo 16 años)  hasta sus obras maduras sobre literatura extranjera. Como modernista de pura cepa, fue un cultivador de la llamada “belleza”. Afirmaba: “El arte, que en poesía es tan anticuado cual el mundo, en prosa es una conquista reciente. Labrar la frase lo mismo que se labra el metal, darle ritmo como a una estrofa, retorcerla ni más ni menos que un encaje.” Resulta todavía sorprendente su conocimiento sobre literatura universal, japonesa, inglesa, sueca, italiana.

Su novelística superó la mitomanía para dar el paso a la ficción, más allá de lo meramente confesional. Sus novelas son también aventuras que permiten la exploración de su ser interior, y a la vez la captación de París finisecular y de Madrid, ambas ciudades vividas por un eufórico jovencito que apenas tenía 20 años y que estaba obsesionado por la literatura.

Imposible, en una semblanza, atrapar la vida y la obra del escritor probablemente más prolijo de la lengua castellana. Los famosos 87 volúmenes, contabilizados por su biógrafo Juan Mendoza, constituyen miles de páginas, de niveles muy diversos y temas innumerables; tratados en crónicas, reportajes, novelas, crítica.

Su biógrafo, Alfonso Enrique Barrientos, sostiene que fue uno de los primeros feministas, en el sentido de que dio un lugar la mujer en la literatura. La mujer fatal de sus novelas sobre la bohemia. La mujer ideal de su novela “El Evangelio del Amor”. Escribió decenas de reseñas sobre mujeres artistas. Pergeñó sobre la psicología de la mujer y sobre el sentido de la moda femenina.

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En la vida fue, sin embargo, un auténtico Casanova. Tuvo relaciones amorosas con mujeres estelares de su tiempo, incluso algo con Isadora Duncan. Pero el gran amor de su vida fue Raquel Meller, la gran diva de España y una de las admiradas en todas partes; incluso Chaplin pretendió que trabajara con él. Raquel no fue simplemente una cupletista sino una artista universal y la primera gran estrella del cine español. El matrimonio fue su segundo, había estado casado antes, muy brevemente, con la escritora peruana Aurora Cáceres. Con Raquel adoptaron una hija llamada Elena Gómez Carrillo. Tuvo también una hija biológica con la cantante de ópera Anny Pérey, la que también se llamó Elena. Después del divorcio de Raquel Meller, en 1922, pareció caer en depresión. Y se refugiaba más y más en el ajenjo y el coñac, lo que le fue minando su salud, pues seguía trabajando como siempre. No obstante alcanzó a escribir cinco o seis libros en los últimos años, entre los que sobresalen sus crónicas sobre la ciudad de Fez en África. Su labor de periodista lo acompañó hasta el final. Publicó su última crónica el 3 de noviembre de 1927, el mismo día que enfermó.  Dejó obra inédita, la cual, lamentablemente, no se sabe con certeza dónde pueda estar.

Casó en terceras nupcias con la salvadoreña Consuelo Suncín, a quien llevaba más de 30 años. La Suncín contrajo matrimonio, poco después, con el Conde de Saint Exupéry, creador de “El Principito”. Se refugió psicológicamente en Consuelo a quien llamaba “la luz de mis últimos días”. Gómez Carrillo falleció once meses después del casamiento, el 29 de noviembre en París de 1927. Con él parecía terminar una época. Manuel Ugarte, escritor argentino expresó: “Fue maestro de la frase corta. Llevó a la perfección el arte difícil de mantener el interés del lector. Nadie le podrá negar un puesto entre los grandes escritores iberoamericanos de su tiempo”. Murió el mismo año que surgía la Generación del 27, jóvenes que se reunieron en torno al tricentenario del poeta Góngora. Gómez Carrillo no alcanzó a compenetrarse de lo que traía este movimiento ni tampoco pudo captar plenamente lo que significaron las vanguardias. A los 54 años era de alguna manera un viejo arruinado y melancólico, sentado todavía en el trono de una gloria literaria que pronto dejaría de ocupar.

Al final de su vida le entró a Enrique un “chapinismo sincero”, como él mismo expresa. El escritor belga y premio Nobel Mauricio Maeterlinck, impresionado por sus descripciones de Guatemala le dijo: “¡vamos a morir allá!”. Gómez Carrillo le contestó: “No es tierra para morir sino para vivir”.

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No pudo, sin embargo, realizar el viaje. El “glorioso retorno” sigue esperando. Porque Guatemala no parece darse por aludida de la importancia de Gómez Carrillo. Juan Mendoza en su biografía del cronista, se quejaba de la ingratitud nacional. Pocos comprendieron que fue el escritor que puso por primera vez a Guatemala en el mapa de la literatura universal. Además de Mendoza y Alfonso Enrique Barrientos tenemos la extraordinaria biografía de Edelberto Torres Espinoza (reeditada recientemente por la editorial guatemalteca F y G). Enrique Gómez Carrillo está enterrado en el Père Lachaise, cementerio de los hombres ilustres de París, y en su tumba el epitafio dice: “Siempre alerta en medio de tantas cosas adormecidas”.

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