Literatura guatemalteca – Entrevista con Wingston González

Un megapoema y una coca-cola/ con Wingston Gonzalez en la USAC

Por Lester G. Oliveros Ramírez

 

Para la poesía, o se es accidentalmente bueno o se es intencionalmente malo.
Javier Payeras

“…qué simpática es usted
desgaja su nausea en el piso de MacDonalds
va gritando al oído de dios cosas impertinentes
echa abajo las palabras y al amanecer ya no está
se sabe advertida y las echa abajo…”
[Señorita simpatía [ Fax psychobilly)

W.G.

 

27-guatemalteca-winston

–Quedamos de encontrarnos en la Biblioteca Central. Lo vi a lo lejos como un jazzman, como un verdadero caribe, delgado y oscuro, con el pelo afro desordenado, con un libro de bolsillo en las manos. Era lunes por los concurridos chupaderos de la Universidad de San Carlos, que a esa hora no se ven por la marea de estudiantes caminando apresurados a la primera clase de la tarde. Entonces lo llamaron por teléfono.

–    Es de San Marcos –me dice, luego de responder –. Acabamos de presentar una obra de teatro allá.

–    Supe que fue con el grupo de los Ixtágeles.

–    Sí fue con ellos, pero ahora hay un colectivo –me responde.

–    ¿Cuánto tiempo llevas viviendo en San Marcos?

–    Llevo viviendo allá siete años –me dice, esquivando los automóviles que entran por los portones de la universidad –. Allá estudié.

Ya acomodados en las afueras del Café me dice que está algo agotado por el viaje y que le molestan las distancias al viajar por camioneta. Winston me responde en español con un leve acento garífuna, y, como si no le importara la entrevista sino estar allí, vivo y con un poco de voluntad para sentir la tarde. Sentía que estaba delante de un mago, por la lectura de sus poemas y además porque siempre he creído que la imaginación es dos veces más real. Con Wingston González habíamos entablado una conversación unos meses antes por messenger. Estaba decidido a irme a San Marcos para conversar y entrevistar a éste poeta que había nacido en Livingston Izabal, en 1986. Para mi buena suerte logramos sentarnos a platicar en el café Italian, el 3 de agosto, que para nuestro pesar, era el primer día de la semana y todo el mundo parecía agotado a las cinco de la tarde. No lo conocía en persona, no había encontrado mayor información sobre él, ni sobre su libro en Internet, tan sólo un comentario de Juan pablo Dardon, que hizo una semblanza justa, en su blog, a propósito del libro Aldeas mis Ojos, y decía sobre la poesía de Wingston: “misterios que nunca serán resueltos”, y también: “…hay buena música en sus letras”. El libro de Wingston era Los Magos del Crepúsculo [y blues otra vez], basado en dos textos preliminares, según me aclaró durante nuestra conversación, uno era Los Senderos espirituales del Crepúsculo, y el otro La ruta del Ángel.

– ¿Cómo fue la publicación de tu primer libro? –le pregunto.

–Bueno, yo había empezado a escribir mucho antes. Pero escribía una prosa absolutamente mala.

–… ¿y cómo sabes que era mala? –le pregunto, sorprendido que haya tomado el curso de la prosa antes que la poesía, que es lo común.

–No me gustaba; no funcionaba y ya –me responde –. Ya estando en San Marcos terminé dos textos que luego reelaboré como un sólo libro y un día vine acá a la ciudad, y de puro accidente conocí a Javier Payeras y a Julio Serrano en una feria del libro y les dejé una copia de mi texto. Poco después, me dijeron que la Editorial Cultura, dirigida por Paco Morales quería publicarme. Y eso fue el principio de todo.

No había, para él, más historia que esa. Así había surgido su libro y su imaginario y, no pensaba idealizarlo contándome una tediosa odisea romántica de editoriales que le golpearan la nariz con las puertas del imposible. Hablábamos desviándonos del tema de la entrevista y hubo algunos momentos en que el entrevistado era yo. Era normal, supongo, no nos habíamos visto nunca.

Me contó sobre su niñez. El pequeño Wingston, a la edad de ocho años, según me dijo, no buscó la felicidad en las chamuscas, ni en los campos de fútbol, sino en la biblioteca de Livingston. Niño iniciado en la soledad más poblada por los personajes de Julio Verne, en las enciclopedias y los libros míticos del Viejo y Nuevo Mundo, primordiales para que conquistara todo su pasado y luego contarlo a ritmos en sus primeros poemas. Pero es ante todo, un gran lector; de ahí que viendo la playa de los crepúsculos propios, sintiendo el oleaje vivo mientras la noche cubría de estrellas las estelares ráfagas oníricas, el pequeño Wingston imaginó una forma nueva de decir las cosas para sí mismo, se contentó con llenarse de fantasmas sensibles y espíritus que había publicado libros a su paso por la tierra. Ahí estaba Wingston González, según me enteré, desde La vuelta al mundo en Ochenta días, la TV, y la música, leyendo un libro de Alfonso Fajardo, motivado por primera vez a escribir algo con sus propias manos.

–    ¿Cómo fue qué empezaste a leer tanto?

–    Pues en primer lugar porque Livingston me parece un lugar muy aburrido, y no había para mí nada más que hacer que leer. Luego que a mi abuela y a mi mamá no les gustaba la biblioteca del pueblo (que queda junto a la parroquia) y se vivían diciendo que en ese lugar había espíritus malignos, fantasmas, abuelos muertos, ya sabes, qué sé yo. Creo que en parte lo hice, o lo empecé a hacer, por rebeldía. Fue el primer enfrentamiento con mis padres de varios después.

Bebió un poco más de su Coca-Cola. Vio pasar a cientos de estudiantes en un segundo con sus caras fatigadas, y luego me preguntó que si estudiaba Letras, conversación que se desvió a la política, a lo cual yo respondí como un estudiante que llevará la playera del Che sentado en la plaza de los Mártires. Reaccionamos los dos, riendo y recordando a Leopoldo Maria Panero y sus citas sobre E.E. Cummings, y a tantos escritores de esa línea como Francisco Nájera o Perdomo que les gusta citar grandes autores de memoria.

– ¿Cómo ves a Guatemala hoy? –le preguntó finalmente.

– ¿Cómo Guatemala? ¿Desde la literatura, o desde dónde? Este país es tan complejo que…

–…sí, esa; no la literaria, sino la de los crímenes, corrupción, hambre y, todas esas imágenes que se gestan en las calles y terminan impresas en los periódicos.

–Ah… me parece horrenda –me respondió Wingston.

Tiró los brazos y la cabeza contra el respaldo de la silla, como para ver el cielo.

–    Si, uno pertenece a esa historia –me dijo –pero creo que Guatemala es como un Megapoema /un momento extraño/ y en el fondo una metáfora de la incomunicación. Como el libro de Virgilio Pineda La isla en Peso, y cuando leo a Payeras, Serrano, Mills, Woltke, o algún otro escritor joven, se ven hermosas heridas que no han cicatrizado. Y toda esta publicidad tan positiva dictada por quién sabe quién de comercios como Campero, Guateámala, Prorreforma. Y tantas iglesias kitsch. Y éste bombardeo de pancartas y vallas con mensajes del Canal 27. Son un cobertor, una máscara, una solución de superficie, una simulación. Todo eso es una trampa peligrosa que pretende alejarnos a todos de la posibilidad de un ejercicio crítico verdadero. Y esa forma de llamar terroristas a las maras y pandilleros que, aunque no es que nos parezca idílico lo que ahí pasa, son formas de resistencia en contra del sistema. Lo de moda es decir que el problema número uno es la violencia; ¿y qué haces con el hambre, la pobreza, la acriticidad de nuestra realidad? No es tan así de fácil.

–    Y cómo se puede lograr esto, llevar a la masa colectiva, a toda una Nación a pensar de esa forma progresiva, futurista y liberadora.

–    Ah, eso si esta difícil. Pensaría que el escritor tiene una responsabilidad con su oficio, y que de éste oficio, de la imaginación, del trabajo, pretendería elevar las expectativas del hombre. Los partidos políticos dejan mucho que desear y hay que pelear la lucha desde nuestras propias trincheras. El escritor se debe dedicar a imaginar las sociedades del futuro, como Verne, el Dick de “¿Sueñan los android… los androides con ovejas eléctricas?”; como la ciencia ficción. Autores así me sorprenden con sus visiones. Mira, ahora mismo yo no iría a la montaña, ni tendría fantasías por morir por algo o por alguien, creo en otra clase de emoción, no en la martiriología. Eso de que se le llamé a esa plaza, De los Mártires, es anacrónico.

–    No fumé ni un solo cigarrillo mientras caminábamos a la avenida Petapa. Hablamos, en ese corto pasaje de Lezama Lima y su Paradiso (que para González es tan complejo o más complejo que el Ulysses de Joyce), Francisco Nájera, Zoe Valdez, Manuel Tzoc, el exilio, y de los pobres afortunados de la Génération perdue, y de cómo Gertrude Stein había logrado, con una sola frase indiferente, hacer que un grupo de escritores jóvenes demostrara que no iban a desperdiciar su tiempo en el mundo, sino devolver a la existencia un poco más de los misterios del amor y del arte para perpetuarlo. Wingston corrió hacía la camioneta 201. Según mi recomendación debía tomar la 101 en la zona 10, que lo llevaría a su hotel en el Centro Histórico. Me regaló, uno de sus últimos trabajos Fax Psychobilly, un librito fotocopiado con pasta negra, que había terminado apenas en julio. Lo demás fueron recuerdos de cuando conocí, hace unos años, Los Siete Altares, y la playa de Livingston; en la que se puede caminar en la arena hasta el fondo sin apenas hundirse. –

Enlaces:

Reportaje de Alan Mills

Reportaje de Prensa Libre

Visiten el blog de Lester Oliveros: latinoamericanos unidos

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