Literatura guatemalteca – Isabel de los Ángeles Ruano: biografía armada

Isabel de los Ángeles Ruano: biografía armada

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Fotos: Vania Vargas

Quien transita con frecuencia por las calles del Centro Histórico de Guatemala seguramente la ha observado parada en alguna esquina, vendiendo papeles y lapiceros, cruzando la plaza, sentada en las gradas del Palacio Nacional o simplemente caminando, vestida como hombre: nuestra George Sand.

Con suerte y con persistencia se logrará que más allá de negociar un poema, se le pueda dar la mano, mirarla a los ojos, escucharla cantar y repetir hasta el cansancio la misma historia de la enfermedad de sus ojos, el embargo internacional de su obra y los contratos culturales en París.

Con todo siempre sabe la fecha en la que está, conoce títulos de libros y autores, puede hablar de ellos y calificarlos con lucidez.

Ella es Isabel de los Ángeles Ruano, la más grande escritora viva que tiene Guatemala. Y estos, algunos testimonios que nos ayudan a armar un perfil de su vida y su obra.

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La loca al fondo del pasillo / Por Lucía Escobar

La recuerdo sentada, siempre esperando algo o a alguien, su imagen masculina al fondo del pasillo en aquella casona vieja en la décima calle y décima avenida de la zona uno, que usaba en ese entonces la Dirección de Arte y Cultura del MICUDE.

Seguramente la primera vez me acerqué a ella para preguntarle si ya la habían atendido, pensando que quizá esperaba algún trámite o cheque. Había escuchado hablar de ella pero hasta ese momento la leyenda obtuvo un rostro, un rostro enmarcado en una boina y en un tacuche de hombre.

Susurros, lo que salía de su boca eran apenas murmullos, jirones de conversaciones. Hablaba siempre como para a ella misma, segura de que al mundo exterior no le importaban sus voces, las voces que a ella la acompañan siempre. Isabel de los Ángeles Ruano llevándose a cuestas ella misma.

Cuando la miraba, me detenía a escucharla. Me sentaba junto a su silla a seguirle la corriente. O ella llegaba a mi oficina, al fondo del pasillo, y se sentaba esperando algo de atención. Un día me juraba que era la hija ilegítima de Ubico, el otro me aseguraba que era heredera de un imperio de medios de comunicación, a veces me contaba que la acababan de asaltar o que la perseguían, y otros simplemente me ofrecía en venta lapiceros o poemas de su autoría. Si notaba que no le ponía atención, me platicaba y me platicaba. Si por el contrario, me sentía curiosa o abierta a sus historias, entonces desconfiaba y entraba en un silencio vergonzoso.

Pero esos días, los días que llevaba fotocopias de artículos suyos, de poemas en prensa u hojas arrancadas de algún libro, esos días yo aprovechaba y le iba comprando todo lo que vendiera. Así conseguí un recorte del extinto El Gráfico, con una crónica que Isabel de los Ángeles Ruano realizó de su visita al estudio de Borges en Argentina, un texto alucinado donde el escritor la animaba a inventarse la entrevista completa y a poner en boca de él, lo que a ella se le antojará.

Nunca me reconoció, siempre era como si fuese la primera vez que nos veíamos. Y yo realmente la logré conocer sólo a través de sus versos, que iluminan y enriquecen más que su fantasma.

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Ella, la del viento / Por Delia Quiñónez

Fui su condiscípula en el Instituto Normal Centroamérica –INCA-, donde nos graduamos de maestras en 1964.

La recuerdo inmensamente inteligente, pero sobre todo, comunicativa, alegre y cordial, con un gran sentido del compañerismo. Apasionada, pero al mismo tiempo reflexiva.

Cuando llegó al INCA traía consigo muchísimas lecturas y el conocimiento a fondo de algunos grandes escritores de su predilección. Poseía un liderazgo natural que contagiaba a quienes, de una u otra manera nos interesábamos por la vida cultural de nuestro Instituto, la cual era muy intensa en los inicios de los años sesenta.

Su vocación poética era indiscutible, al igual que la decisión de dedicar su vida al ejercicio literario; de ahí su iniciativa para acercarse a los buenos escritores de Guatemala, muchos de ellos “concentrados” en el Diario El Imparcial: César Brañas, David Vela, León Aguilera, Aquiles Pinto Flores, Blanca Luz Molina y la aún muy joven Ana María Rodas, por citar a algunos de ellos. En ese entonces también mantenía relación con otros escritores como Mario Morales Monroy, Rubén Adolfo Pinto, José Humberto Hernández Cobos, José Mejía, José Félix López, Alfonso Enrique Barrientos, Julio Fausto Aguilera, entre otros.

Sentadas bajo la sombra de la frondosa ceiba del patio central del Instituto leíamos poesía y solíamos hablar del futuro, del cual nuestro país ocupaba un primer lugar, porque soñábamos con estudiar y aportar nuestra experiencia para compensar lo que éste nos había dado, particularmente en cuanto a la educación que tuvimos el privilegio de recibir en nuestro amado INCA.

Para Isabel, el periodismo era una de sus grandes metas; y, en efecto, recién graduada se convirtió en periodista, pero aún más, en una excelente escritora, lo cual era fruto de su temprana formación literaria. Fuimos parte de la dirección y redacción de Vanguardia Estudiantil, el periódico impreso del INCA, donde nuestro principal asesor fue el periodista Víctor Hugo de León.

Compartí con Isabel tertulias literarias de jóvenes, lecturas de poesía y cuanta actividad literaria surgía al influjo de maestros como Miguel Ángel Mazariegos y José Luis Palma; asistencia a conciertos, representaciones teatrales e incluso las protestas estudiantiles de marzo y abril de 1962. Pero sobre todo, compartimos momentos de discusión, de reflexión y de alegrías; esas que forman parte hermosa de mi vida.

Disfrutamos nuestra etapa de maestras practicantes, los ensayos de cátedra en lenguaje y estudios sociales que formaban parte del programa; nos unió, además, el trabajo de seminario y las divertidas horas de estudio de los exámenes privados. El día de nuestra graduación, Isabel fue designada para pronunciar en nombre de nuestra promoción, el tradicional mensaje de despedida, honor por cierto, muy merecido por su calidad de estudiante.

Isabel de los Ángeles ha recibido muchos y justificados homenajes, pero creo que el mejor tributo que se le puede rendir es divulgar y estudiar su obra literaria, dejando al margen otras circunstancias de su vida.

Estudiar la poesía de Isabel de los Ángeles significa comprender el gran significado que ésta ha tenido en su vida, porque para ella, la palabra es designio que le llega desde su nombre mismo:

“Mis palabras son alas blancas,
alas, alas de espuma o nube,
alas tremendas que me cubren, que me laceran.

Designio que en algunos estadios de su vida –como ella misma dice- se torna doloroso:

“Si no se ni por qué me han endosado
la palabra, no la pedí yo,
ya me la dieron
al nacer,
y eso basta.

No me acusen de llevarla,
si a veces
no la quiero,
si me duele,
si quiebra mis anhelos,
si me rige.

¡Ah…si supieran lo que cuesta tenerla!”

 

La palabra de Isabel de los Ángeles Ruano trascendió más allá de los sueños de adolescente, más allá de la vida literaria del INCA: se colocó en un hermoso espacio donde sólo tienen cabina los herederos de la belleza espiritual y como ella misma dijo un día:


“los del viento,
los que llevamos nuestra vida
más atada a los cielos que a la tierra
y que vamos cantando, desde siempre, cantando”.

 

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Isabel … / Por Violeta de León Benítez

Fue como en el mes de febrero del 77. Fuimos a su casa, en la zona 21, porque no se aparecía desde hacía semanas en la Universidad y teníamos que entregar una tarea de grupo. Estuvimos llamando a la puerta largo rato sin obtener respuesta. Sabíamos que ahí se encontraba pues se escuchaba el tecleo de la máquina y el llanto del niño. Ante la insistencia, abrió y con un gesto nos invitó a entrar. Me sorprendió el “estilo” de vida: el colchón de la camita plegadiza, en el suelo. Allí se encontraba el pequeñito tratando de tomar algo como Incaparina en una taza plástica. La vieja máquina de escribir, colocada sobre los bamboleantes resortes de la cama. A la par, platos con restos de comida y un desorden de hojas donde se veían versos escritos a mano; borradores de poemas, quizá.

Obviamente la visita no sólo le sorprendió sino que no pareció agradarle. Empezaba, por aquellos días, a manifestarse más ensimismada y bastante extraña. En cuestión de quince minutos nos entregó una cuartilla casi ilegible por la escasa tinta de la máquina. Sonrió apenas cuando le hicimos cariños al niño y nos despidió sin más.

Después de esa ocasión, no volvimos a verla regularmente por la Facultad. Rara vez se le vio de nuevo en las aulas, hasta que, finalmente, no llegó más.

Una tarde la encontramos en la esquina de la quinta avenida y once calle de la zona 1. Recordó muy bien nuestros nombres y nos preguntó por los cursos y por la U. Nos extrañó la vestimenta masculina, el saco y la corbata, con la boina oscura que escondía los cortos cabellos rizados. Con el paso de los años, la hemos visto dedicada a las más extrañas ventas, que van, desde perfumes hasta ejemplares del Código de Trabajo.

La última vez que la vimos fue en el año 2000. En el lobby del Teatro Nacional, mientras el Embajador del Japón entregaba al Ministro de Cultura un moderno equipo de audio, Isabel, plácidamente sentada al revés en las sillas de la primera fila, veía hacia el público con sonrisa entre ingenua e impertinente, ajena a todo protocolo. Niña traviesa perdida en quién sabe qué mundos, esta vez ni nos reconoció. Su figura me hizo recordar al señor-muchacha de La joven casadera de Ionesco; sólo que, en este caso, al revés, vestido de hombre y con voz de mujer.

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“Nosotros los de entonces” / Por Francisco Morales Santos

Mi amistad con Isabel viene desde los ahora lejanos días en que veíamos la poesía como la aliada y a la vez esquiva de nuestra vida. Bebimos de las mismas fuentes: la generación española de la Guerra Civil; coincidimos en nuestros gustos por la poesía de Federico García Lorca, Luis Cernuda y León Felipe. Ella tenía una preferencia más: Ángela Figuera Aimerich, y esto queda registrado en su primer libro Cariátides que, como ya sabemos, recibió el saludo del autor de Versos y oraciones del caminante. Desde entonces se la veía no como una promesa sino como una realización, como alguien fuera de serie en la poesía femenina de Guatemala. Creo que con o sin el espaldarazo de León Felipe, el primer libro de Isabel estaba llamado a dejar una marca. Nosotros los de entonces, usando el verso de Neruda, andábamos por los 20 años, cuando tuvimos nuestros primeros encuentros alrededor de una tasa de café y un sandwich en el Café París, un lugar muy grato que estaba en la esquina opuesta al Cine Variedades. Allí nos encontrábamos, Isabel, Delia y yo. Eran minutos por las tardes en que hablábamos de nuestras inquietudes, nuestras lecturas. Se va a México, nace el libro en los talleres del celebrado impresor español Alejandro Finisterre. Más tarde Isabel comienza a publicar en un valioso suplemento del Diario de Centro América, que entre sus impulsores tuvo a Humberto Hernández Cobos. En determinado momento, razones laborales nos dispersan, dejo de ver a Isabel, y un día coincido con ella en un autobús urbano, pero el encuentro me deja preocupaciones: Isabel no me reconoce y por lo mismo no desea hablar conmigo: ha entrado en una etapa en que su personalidad registra alteraciones de tiempo y espacio. Pasan los años, por Delia me entero de que Isabel pasa por una crisis mental. Al cabo de unos años volvemos a encontrarnos y ahora es ella quien desea hablarme. De entonces a esta parte, nuestros encuentros son afables y en mí hay mucha admiración porque, por encima de todo, tiene poemas, muchos, que manifiestan una gran lucidez y lo más relevante es que Isabel nunca persiguió la fama, como lo hacen muchos “cuerdos”.

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enumeraciones: i, a, r / Por Luis Méndez Salinas

isabel: presencia esquiva, mirada ausente, camino pendulante entre la razón y el otro lado, zapatos que se gastan, definiciones truncas, búsqueda, confusión y pasos (siempre pasos) que se alejan.

he de hablar de la isabel que me construyo, de esa isabel que no se intuye en sus poemas sino de la que transita por las calles, la de infaltable corbata. esa isabel que, al principio, saluda con el brazo. la que veo desde lejos, desparramada y musitando palabras que giran hacia su interior. todo viaje es interior, todo verdadero viaje. ella lo sabe, yo de ella lo aprendo.

la isabel de ojos cariñosos, la que oculta cicatrices en el alma, la que cuenta sus secretos y revisa sus poemas con amor. la que intenta conversar consigo y con el otro, la que conversa conmigo, la que firma doblemente un libro que se fue.

isabel: el niño ése que se tatúa con signos de fuego, la vacía torre del presente, el ángel anunciado con destino y voz y canto, la palabra exacta, el titubeo más genuino del planeta, la canción sonora, el margen transitando en pleno centro, la vida que apenas cuelga.

Enlaces:

Su poesía:

Poemas grises
Torres y tatuajes
Versos dorados
Café express

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