Música y Cine – Ciudad de Dios, un descenso al infierno

Ciudad de Dios, un descenso al infierno

 

Por Bill Barreto

 

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Entre los filmes latinoamericanos de la última década sobresale Ciudad de Dios (Cidade de Deus, 2002), película brasileña dirigida por Fernando Meirelles, basada en la novela del mismo nombre escrita por Paulo Lins. El asunto de esta obra lo podemos encontrar en las calles de nuestras ciudades en Latinoamérica: el crecimiento del crimen organizado propiciado por el narcotráfico y la exclusión social.

La historia es ambientada en una favela (asentamiento, Guatemala; villa miseria, Argentina; pueblo joven, Perú…) llamada Ciudad de Dios y se desarrolla durante las décadas del sesenta y setenta.

Paulo Lins, el  autor de la novela, vivió durante más de veinte años en Ciudad de Dios y su obra da cuenta de la marginación y la espiral de violencia que arrastra a varias generaciones de niños y jóvenes hacia el crimen, así como de la corrupción policial.

Por su parte, la co-directora del filme, Katia Lund, es una cineasta que, en documentales como Noticias de una guerra privada, ha expuesto las luchas entre narcotraficantes y policías, con los civiles en medio del conflicto.

Fernando Meirelles, el director, se sirve de la larga tradición de las películas de gángsteres para desarrollar esta historia del ascenso y reemplazo de un grupo criminal por otro, con técnicas cercanas al documental, como el uso de la cámara en mano,  y la acción discontinua, nos acerca a la historia y nos envuelve en la acción.

Otra notable práctica empleada por Meirelles (desarrollada por Fellini y otros directores) es el uso de actores no profesionales. Para esta película se realizaron talleres de actuación durante seis meses en una favela de Río de Janeiro, la mayoría de actores fueron elegidos de entre los participantes en estos talleres.

Mientras que la novela, con sus 400 páginas y cientos de personajes, constituye un retrato total de la ahora mundialmente conocida favela, la película se centra en unos pocos personajes, el Trío Ternura (Velludo, Pato y Cortador), Daditos (rebautizado Zé Pequeño), Bené y Buscapé (Cohete); acompañados por Manuel “El mujeriego”, Zanahoria y Angélica entre otros.

Esta reducción es resultado del trabajo de Bráulio Mantovani, quien fue nominado al Oscar por la adaptación de este guión, y cuyo principal mérito, junto al director, es el haber encontrado el eje que les permitiera contar esta historia.

Para lograrlo, convirtieron a Buscapé en el narrador (en la novela esta presente sólo en unas treinta páginas), para esto recurrieron al uso de la voz en off  y las tomas a través del lente de su cámara. Como fotógrafo Buscapé resulta, además, el testigo ideal, pues tiene una mirada cercana a los hechos; y como relator, que comenta la historia en retrospectiva, puede permitirse confidencias y ligeras ironías.

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¿Una película brasileña de gángsteres?

Los géneros cinematográficos son meras divisiones temáticas, así pues hablamos de películas policíacas, de ciencia ficción, históricas, y como no,  películas de gángsteres (del inglés gangster). Estos filmes se caracterizan por seguir el ascenso en la carrera criminal de uno o varios miembros de una pandilla, desde una visión al interior del grupo y con gran predominio de violencia física y verbal; como vemos, Ciudad de Dios entra en esta categoría.

A menudo este género es acusado de glorificar la violencia o al menos de explotarla con fines comerciales, sin embargo, las mejores obras de este tipo no se sirven de la violencia como mero atractivo, sino como veraz característica de sus personajes.

Ciudad de Dios puede contarse entre las mejores películas de gángsteres, a la altura de Scarface (Howard Hawks, 1932; Brian de Palma, 1983), la trilogía de El Padrino de Francis Ford Coppola (1972, 1974 y 1990) o Casino (1995) de Martin Scorsese; sin embargo, su estilo es genuinamente distinto. Acondicionada a la realidad Latinoamérica de exclusión social y tráfico de drogas, esta película no resulta una magna parodia del “sueño americano” al estilo de Scarface; ni es una saga en donde violencia y refinamiento van de la mano, como en la obra de Coppola; por último tampoco es una representación de la evolución del crimen organizado hacia las corporaciones de entretenimiento, como es el caso de Casino.

El sello distintivo de Ciudad de Dios es poner en evidencia el microcosmos de la propia Ciudad de Dios, título por demás paradójico si pensamos en la obra de San Agustín; el protagonista, más allá de los perfectamente delineados personajes, es la comunidad.

Al empezar el filme nos encontramos con un pequeño poblado marginal, visto a través de una fotografía de colores cálidos; la luz es mayoritariamente diurna y los espacios abiertos; incluso sus asaltantes, el Trío Tierno, están rodeados por una atmósfera optimista, son delincuentes hasta cierto punto ingenuos, pequeños ladrones que ante la represión policial llegan a ser protegidos por los habitantes. El final de este trío abre paso al inicio de la siguiente década, los setenta, llena de mayor colorido y marihuana, la comunidad se vuelve más urbana y comienza a ser asimilada por la “gran ciudad” (Río de Janeiro), las tomas son más cortas y se usan recursos como la pantalla dividida y la aceleración de la acción, la violencia crece y observamos la evolución del negocio de la droga en la secuencia titulada “La historia del apartamento”.

La última parte es la más sombría de todas, abundan los colores fríos, los espacios reducidos, la cocaína y la mayoría de las acciones transcurren por la noche, Ciudad de Dios se encuentra replegada sobre sí misma, la comunidad está divida en facciones que luchan por el control del negocio de la droga, el resto de los habitantes viven en medio de la guerra, los niños ya no juegan fútbol, prefieren jugar a matarse.

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Una fragmentación enmarcada

 

Sin duda alguna la secuencia inicial, por sí sola, sería suficiente para destacar este filme; la persecución de un pollo, por una banda de niños y jóvenes armados con pistolas (inicialmente al ritmo de zamba), es una de las mejores muestras del uso de la cámara en mano y del  montaje discontinuo; estos primeros cuatro minutos son la hipérbole que resume la película: violencia desbocada,  lucha por la supervivencia.

A su vez este segmento se enlaza con el último fragmento, titulado “El comienzo del final”, formando el marco que contiene veinte años de luchas, cada  vez más cruentas y despiadadas, por el dominio de la favela. Esta fragmentación expositiva, que recuerda en alguna medida a Casino, de Martin Scorsese, permite una serie de retrospecciones y secuencias explicativas como: La historia del Trío Tierno, La historia del departamento, La historia de Ze Pequeño, Filtreando con el crimen y La despedida de Bene, entre otras.  La fragmentación en unidades posibilita observar la evolución de los personajes, en ocasiones de una forma resumida y acelerada, como en La historia de Ze Pequeño; también sirve como una especie de gradación, ya que cada secuencia implica cambios en la música, escenarios y vestuario de los actores que representan la cada vez más caótica y violenta vida dentro de la favela.

La yuxtaposición de estas secuencias nos coloca en el centro del huracán de destrucción y muerte que rodea a los habitantes de Ciudad de Dios, lo más asombroso de esta obra, como es el caso de muchas otras, es que la realidad supera a la ficción y la obliga a recrudecer su misma elaboración; Meirelles relata que uno de los niños actores (quien había trabajado para los traficantes)  le preguntó antes de una escena de tiroteos “¿No vamos a rezar antes?”, el niño le explicó que cada vez que su grupo iba a atacar a alguien, rezaban para pedir protección; el director añadió este detalle en la película, en el arte (en el cine) todo se vale.

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