Onetti en el espejo – Santa María: otro descenso al infierno

Santa María: otro descenso al infierno

 

Por Diego Santizo

 

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En búsqueda del tiempo perdido: hacia Santa María

 

El primer Onetti leía con avidez a Dos Passos, a Céline, a Proust y, sobre todo, a Faulkner. Onetti encontró en el Sur profundo de este último un mundo de desposeídos, una alegoría del fracaso humano, el impulso que lo llevaría a crear Santa María: el uruguayo se había instalado en una habitación de soledad imperturbable. En una ocasión le preguntaron sobre el papel del lector en su obra, y contestó con una frase magistral de Joyce: “Escribo para el hombre del espejo”.

De ese primer Onetti quedan las lecturas de los relatos mal llamados experimentales y las novelas policíacas. Onetti escribía una prosa lenta y oscura, con paciencia narrativa. Leyó ese mosaico, ese panóptico Gaudí, que se llama Manhattan Transfer (1925) y creó Tierra de nadie (1941). Quien lea las páginas de Los siete locos y Los lanzallamas, de Roberto Arlt, encontrará al Rufián Melancólico, el mellizo del Larsen de Onetti. De Céline escribió alguna vez que era una de las mejores cosas del siglo XX.

El paso del tiempo es tal vez la esencia de la obra de Onetti. Sin el tiempo no hay ausencia, dolor ni renuncia. Estaba solo y lo hastiaba el paso del tiempo y la ulterior degradación moral y física que eso conlleva. Onetti entendía que crear era mudarse a la intemporalidad de la ficción, un lugar en que Díaz Grey siempre tiene la misma edad y recuesta su frente en la ventana empañada, un lugar en el que el viejo Petrus aún hace cuentas y Larsen observa cómo el viento hace susurrar a las hojas amarillentas.

Santa María

 

Está también esa imagen poderosa de Onetti, con el cabello revuelto, recostado sobre una cama sin hacer, entre una pared y una mesa de noche con cigarrillos, coñac y páginas sueltas de quién sabe cuál diálogo memorable. Desde La vida breve (1950) y la creación de Juan María Brausen, Onetti ­–como Ulises­– comenzará el descenso a su infierno personal, peregrinaje que terminará 44 años después, el día de su muerte. Ese largo camino es Santa María, y El astillero (1961), su pasaje más bello.

Las novelas que tuvieron como escenario Santa María albergaron fragmentos metódicos de la historia total de una ciudad calurosa habitada por suizos y otros europeos, con su mitología, sus controversias metafísicas y un río que la protege. Una ciudad que nació de la fuga y el hastío. Un mundo articulado por la desgracia y la renuncia. Pero Onetti escribía para el hombre del espejo. Es cierto. Su egoísmo literario llegó a extremos desconcertantes cuando detuvo la redacción de la gran novela sobre el prostíbulo y el cafishio (proxeneta, en lunfardo), Juntacadáveres, para escribir El astillero, una larga alegoría de la realidad en un sitio a media hora en lancha de Santa María, el Puerto Astillero.  Recuerdo a este propósito que a Onetti le intentaban constreñir la obra al ámbito de la decadencia económica del Uruguay y que replicó: “Yo quiero expresar nada más que la aventura del hombre”.

En la vida pública a Onetti lo persiguió el fantasma de los segundos lugares en los concursos literarios y los varios matrimonios –se casó en cuatro ocasiones. En 1965, su Juntacadáveres quedó detrás de otra novela con el tema del prostíbulo, La casa verde, de Mario Vargas Llosa. Al uruguayo lo divertía (o fingía divertirle) el primer premio del peruano.

En La vida breve, Juan María Brausen nos regala una imagen de Proust, que resume su obra: “El médico vive en Santa María, junto al río. Solo una vez estuve allí, un día apenas, en verano; pero recuerdo el aire, los árboles frente al hotel, la placidez con que llegaba la balsa por el río”. La creación de Santa María fue la búsqueda del tiempo perdido, la búsqueda de ese lugar en el que el tiempo parece estar detenido. Como don Quijote, los personajes de Onetti se resisten a una realidad que los anula, e imaginan para salvarse.

Onetti murió el 30 de mayo de 1994 en Madrid, viejo y enfermo. El demiurgo de Santa María recuperó el tiempo perdido.

Enlaces:

Visiten la página de Juan Carlos Onetti en: Clubcultura

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