Plástica – Isabel Ruiz: los muchos rostros del arte

Isabel Ruiz: los muchos rostros del arte

 

Por Jaime Moreno y Carmen Lucía Alvarado

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Isabel Ruiz y su obra es cerrar los ojos y encontrar esas luces intensas que marcan la existencia en la oscuridad. Sí, la conciencia sobre negro es igual que la conciencia haciendo veces de equilibrista sobre la nada, entonces previo a la caída de la conciencia es posible lanzar escupitajos de subconsciente y lucidez paralelos.

Los ojos cerrados con la presión que da el vértigo del vacío. Mientras más se aprietan los ojos, más fuertes son las manchas sobre negro, se convierten en luces, en fuego, en sangre que se derrama sobre esta sustancia que declara inmensidad y desconocimiento. El conocimiento es lo que vamos dejando de rastro tras nuestros pasos, así, esas luces son el conocimiento de la realidad, ese fuego es la temperatura de la conciencia, esa sangre es la realidad que se destila a pesar de la oscuridad.

Ahora los ojos que se abren son los del espectador que no puede descubrirse más que indefenso ante la fuerza y el determinismo, ante los objetos rasgados de una lucidez misteriosa que utiliza el espacio como materia prima, la pintura y los objetos como herramientas del interior, de la declaración de un alma que pelea, en la oscuridad, contra el silencio de una conciencia que se desangra.

El arte es como una especie en desarrollo: crece, se reproduce, evoluciona. Es por ello que las maneras de plasmar conceptos cambian constantemente. De esa cuenta que la única regla perdurable en este medio sea la experimentación. ¿Para qué? Para innovar. En el ámbito guatemalteco son comunes los artistas dedicados a presentar ideas novedosas, pero pocos son los que han trabajado las distintas manifestaciones artísticas antes de sumergirse en el polifacético mar de corrientes actual. Entre este grupo se encuentra Isabel Ruiz, compañera de vida del escritor Francisco Morales Santos, y quien con su obra ha llegado a convertirse en una de las máximas representantes del arte contemporáneo en Guatemala.

La trayectoria de Ruiz es larga y llena de éxitos. Desde sus inicios, hacia 1965 en la Universidad Popular y la Escuela Nacional de Artes Plásticas, siempre tuvo la vocación hacia las nuevas tendencias del arte. Ello la llevó a continuar con sus estudios de arte en Costa Rica y, más tarde, obtuvo una beca para residir durante un tiempo en Nueva York. Este recorrido le brindó la posibilidad de ampliar sus horizontes en cuanto a formas de arte se refiere. Es por ello que la mayoría de su obra se presenta fresca y que siempre se renueva.

Las etapas de Isabel son variadas. Desde la pintura hasta la instalación, pasando por el grabado y la xilografía, las corrientes de creación que esta artista utiliza la mantienen siempre a la vanguardia de la escena mundial del arte. Sin embargo, lo que más la caracteriza es su deseo de estar en constante aprendizaje y su capacidad para absorber y recrear las nuevas ideas. Esto explica el por qué ya no pinta. Como ella misma comenta, “¿para qué hacer algo que se ha venido haciendo por siglos?, mejor algo nuevo”. La búsqueda como constante la ha llevado a concebir nuevos espacios y a experimentar con lenguajes poco tradicionales. Como muestra, dos propuestas de su producción reciente. horror vacui, una exposición realizada el año pasado, fue el marco perfecto para que Ruiz, a través de un performance, consistente en la intervención de una pared pública, explorara temáticas difíciles como la muerte, el sufrimiento y las desapariciones. Además, en Crescendo, obra ganadora del tercer lugar de la Bienal de Arte Paiz recién pasada, la artista conceptualiza temas tan agudos como la violencia contra las comunidades indígenas y los horrores del conflicto armado a través de una instalación. Ésta, dicho sea de paso, provocó polémica y opiniones encontradas al utilizar sangre humana (del tipo más común dentro de los pueblos indígenas) para su realización.

Tal es el impacto del trabajo de Isabel Ruiz, que su obra ha producido más de diez exposiciones internacionales en países como Costa Rica, Dinamarca, España, Estados Unidos, Venezuela y Honduras. Sus propuestas, además, son una prueba de perseverancia y de cómo el aprendizaje, la experimentación y la creatividad son la mejor manera de avanzar en un mundo amorfo y voluble. “Me quiero morir aprendiendo”, pregona; y es esa necesidad de conocimiento lo que le ha borrado la faz para dotarla de los muchos rostros que el arte posee.

Esta reseña es, entonces, un homenaje a una artista que decidió dejar sus ataduras y abrió sus alas para que el viento la llevara a esos lugares tan insospechados que solo el arte conoce, o crea…

Agradecimiento:

A Fátima Anzueto por ayudar en la documentación.

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