Reportaje – Cuando de leyendas se trata…

Cuando de leyendas se trata…

Por Sergio de León Sandoval

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“Se iba apagando el día entre las piedras húmedas de la ciudad, a sorbos, como se consume el fuego en la cenizas. Cielo de cáscara de naranja, la sangre de las pitahayas goteaba entre las nubes, a veces coloreadas de rojo y a veces rubias como el pelo del maíz o el cuero de los pumas”.

Leyenda del Tesoro del Lugar Florido

La última vez que oí de La Llorona habrá sido seguramente en alguna ocasión cuando alguien estaba cantando –quizás yo mismo—desafinadamente, sin ton ni son y entonces en tono de burla quizás alguien haya dicho –otra vez, quizás yo mismo—que saliera “La Llorona” a tocarle la campana, en referencia al personaje que en un concurso de talentos que hacía parte del programa Campiña que se transmitía hace chorrocientos años en el canal 11.

Recuerdo este asunto ahora porque después de leer Leyendas de Guatemala, la primera obra que publicó Miguel Ángel Asturias en 1930, me quedé maravillado por la riqueza de los relatos, los personajes y lugares fantásticos que aluden y el lenguaje me resulta tan cálido y familiar, con lo cual Asturias me recuerda que está próximo a mí, que existe un vínculo, aunque resulte remoto, entre él y nosotros. Pero es también en eso en lo que radica mi otra sorpresa, en darme cuenta de que si no fuera por el citado programa sabatino en que La Llorona repicaba tozudamente una campana que sostenía con una mano para hacer callar al destemplado interprete, en pocas otras oportunidades existió una referencia en la vida cotidiana que evocara a los protagonistas de las leyendas que Asturias recopiló y redactó para que conserváramos como legado.

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El Maestro Almendro tiene la barba rosada, fue uno de los sacerdotes que los hombres blancos tocaron creyéndoles de oro, tanta riqueza vestían, y sabe el secreto de las plantas que lo curan todo, el vocabulario de la obsidiana –piedra de habla—y leer los jeroglíficos de las constelaciones.

La Tatuana

Lo digo así porque dentro de los géneros literarios, la leyenda y el mito tienen una estrecha relación con las costumbres y creencias de los pueblos. En el caso particular de la leyenda, se trata de una narración ficticia y que puede incluir aspectos sobrenaturales, pero que está ligada siempre a un elemento preciso, que puede ser un lugar, objeto o personaje histórico en torno al cual se desarrolla la historia y el cual integra el relato a la comunidad a la cual pertenece.

Siendo así, entonces El Sombrerón, El Cadejo, La Tatuana, La Leyenda del Tesoro del Lugar Florido, deberían ser nombres que inmediatamente trasladen nuestra imaginación a un sitio conocido o un evento histórico, pero salvo quizás algún bar o café que pudo haber sido bautizado con alguno de esos nombres, dudo que signifiquen mucho para nuestros tiempos. Recuerdo cuando siendo muy chico algunas veces nos reuníamos una cantidad de niños y después de pasar el día retozando y alborotando el caserón familiar, al llegar la noche, para sosegarnos, algún adulto nos incitaba a sentarnos en círculo en el kiosco del centro del patio para contar historias de miedo. Y en eso…

“Lívida y elástica, la novicia se puso en píe para ganarle la puerta al verle entrar, mas calzada de caridad con los zapatos que en vida usaba una monja paralítica, al oírle gritar sentía que le ponía los píes la monja que pasó la vida inmóvil, y no pudo dar un paso… “

El Cadejo

Así nos entreteníamos los últimos ratos de la noche. No era raro que de pronto la sesión de narraciones fuera interrumpida por los sollozos de uno de nosotros que, asustado por lo que oía, no podía hacer otra cosa para callarnos que ponerse a llorar; tampoco que de pronto, en el momento cúspide en que todos teníamos los nervios al borde del colapso y cualquier sombra que se moviera se veía como la de un espanto o el sonido de una rama pareciera un crujido emitido por las fauces del infierno, pues del rincón más oscuro del jardín se escuchara la voz grave y estruendosa de alguien que viendo nuestra exaltación no podía contenerse de asustarnos con un “BUUUUUUAAAAAHHHHHH” y entonces de un salto todos nos pusiéramos de pie y saliéramos corriendo dando gritos cada quien por su lado buscando ponernos a salvo de la amenaza que creíamos sentir respirar a nuestras espaldas.

No sé si aún se repiten episodios como esos en estos días. Tengo la impresión de que no, de que las familias limitan o ven limitada la convivencia que propiciaba espacios para este tipo de interacciones. Pero más allá de eso, tampoco siento que haya existido mucho interés en conservar estos rasgos y estos elementos que nos le dan una profundidad a nuestro pueblo, que le dan el contexto y los antecedentes para compartir. Si nuestra identidad está constituida, al menos en parte, por el entorno social, cultural y económico, pues que rico sería tener esos lugares comunes en los que todos nos sintiéramos cómodos y con la confianza de recurrir a ellos porque damos por cierto que están ahí.

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“Monte en un Ave era el recuerdo de su madre y su padre, bestia color de agua llovida que mataron en el mar para ganar la tierra, de pupilas doradas que guardaban al fondo dos crucecitas negras, olorosa a pescado, femenina como dedo meñique.

A su muerte ganaron la costa húmeda, surgiendo en el paisaje de la playa, que tenía cierta tonalidad de ensalmo: los chopos dispersos y lejanos, los bosques, las montañas, el río que en el panorama del valle se iba quedando inmóvil… ‘La Tierra de los Arboles’”.

Leyenda del Volcán

Para conseguir eso se requiere antes que nada, que nos interese fomentar su conocimiento y su difusión. Estoy convencido de que “Jack el Destripador”, Rambo, Terminator, son personajes que todos conocemos y cuyas historias podríamos contar en el momento que nos lo pidan. En cambio, la mitad de nosotros seríamos incapaces de resumir de qué se trata la historia de El Sombrerón… ¿ese es el que cuida a los bolos?, nos preguntaríamos. De las razones por las que eso no ha ocurrido tengo poco qué decir. Supongo que, como una cantidad de conductas que como guatemaltecos nos limitan, hay algo de racismo involucrado, pues algunas de las leyendas que Asturias nos legó exaltan y evidencian la riqueza y sabiduría de los antiguos pobladores de esta tierra y a quienes históricamente nos hemos dedicado a relegar y menospreciar, eso sí bajo patrocinio del Estado.

Los aviesos publicistas, siempre dispuestos a exaltar o glorificar elementos que nos identifiquen con algún artículo, prefirieron utilizar elementos foráneos e inventarnos una realidad lejana y inalcanzable en vez de aprovechar eso que muchos dan por llamar “nuestras raíces” para movernos al consumo. Los medios de comunicación también vieron más fácil y barato importar todo tipo de historias y programas que nos trasladaron las ideales y aspiraciones a otras latitudes en lugar de crear contenidos que nos reflejaran y nos hicieran sentirnos que pertenecemos al lugar y la cultura en la que nacimos.

“Chorro de Horizontes se desnudó de sus atavíos de guerra para vestir su sexo y por nueve días, antes de abultar la luna, estuvo tomando caldo de nueve gallinas blancas día a día, hasta sentirse perfecto. Luego, una luna creciente, tuvo respiración de mujer bajo su pecho y después se quedó un día sin hablar, con la cabeza cubierta de hojas verdes y la espalda de flores de girasol. Y sólo podía ver al suelo, como mendigo, hasta que la mujer que había preñado vino a botarle una flor de maíz sobre los pies. Nunca en luna menguante tuvo respiración de mujer bajo su pecho, por más que todo el cuerpo le comiera como remolino”.

Los brujos de la tormenta primaveral

Termino aquí, invitando a quienes me hicieron el favor de leer hasta este punto para que exploren las leyendas maravillosas que Asturias escribió –entre las que por cierto les aclaro que no está La Llorona, a quien se le escucha llorar por sus hijos perdidos cerca de los ríos—y ojalá le encuentren el sabor y la riqueza que tienen.

Una idea loca, qué tal si después de leerlas y valiéndome del postulado antropológico que dice que la cultura es como un organismo vivo que se desarrolla y evoluciona, tomamos las leyendas y las rescribimos, adaptamos los personajes a nuestros días y les damos un giro de actualidad… ¿se animan? Les ofrezco publicar aquí las mejores versiones…

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