Reportaje – El daño Onetti

El daño Onetti

 

Por Juan Pablo Dardón P.

 

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Si disponemos las estructuras narrativas de Juan Carlos Onetti al azar se construirían en una nueva novela donde Santa María giraría de nuevo, algo, que de verse desde el espacio, todas esas palabras se conformarían en el rostro de ese gran desdentado, mi elefante literario.

Tan bellos esos animales. Se les puede ver caminar de un lado a otro por desiertos y selvas, horadando el suelo para encontrar el manantial que refresque a la manada, es decir, palabras. Porque manantial es una palabra. Diosbrausen creador.

El primer libro de este señor que cayó en mis manos fue La Novia Robada y otros cuentos, y el primer cuento que leí, fue Avenida Central / Avenida Central. No he terminado de leerlo a pesar que ya llegué al final varias veces.

La literatura era una amante para él. Le frecuentaba cuando así lo necesitaba. Vaya lección para tener amoríos. Y paciencia. La tarde que fue su vida, la dispuso en un cuarto para acceder al sexo-vocabulario, que fue su obra. Las tardes con mi amigo deconstruyéndolo.

García Márquez me cae mal. Leerlo es ver una telenovela criollista de fincas y loros gritones. Del boom me quedo con JC Onetti, que es ver la vida en una película triste blanquinegra. Me cuesta pensar en Latinoamérica de otra forma. Será por lo daltónico.

Yo creo que se babeaba en secreto. Cualquier persona sin dientes tiende a botar saliva. Feo. Eso es feo realmente, se le perdona a los bebés por razones en los genes de las madres; pero a un adulto, ah cosa.

Si podría elejir mi apodo sería Juntacadáveres, negro espíritu que pregona tal unión de muerte y palabras, amigo Larsen, y mire señor que este tipo pasó su vida recreando la suya desde una máquina de escribir, tomando whisky y fumando cigarrillos sin que el gobierno le recordara el cáncer en cada cajetilla.

Me gusta su desparpajo para atender a los periodistas, esas moscas, que le jodían las tardes calurosas y porteñas. Es que en Uruguay había tan poca gente que el sol se dividía en todos al mismo tiempo. Su cabeza recibía más iluminación que otros, eso no lo dudo.

Juan Carlos O cortaba escenas en su literatura, partía novelas y personajes para colocarlos luego en otros cuentos y novelas posteriores. Los dividís se lo copiaron a él, ahora traen escenas borradas, comentarios del director, entrevistas con los productores, y así, hasta Santa María. Cineasta.

Y sus casas de putas no tenían banda. Algo imposible estos días. Allí está la gran pata del paquidermo escarbando para la cría, la música de J Carlos O  estaba escrita. Las putas de sus novelas lo sabían, por eso no pedían acordes, porque sus cuerpos eran voces que las leían y siguen leyendo. Ojos maravillados.

Leer a JCO es ver pornografía en lenguaje binario que construye escenas de cruel erotismo para los que gustamos de la asepsia. Deconstruyan en bits una fotografía de un desnudo les quedan ceros y unos, algo así sucede con Juan CO. El mundo es un lenguaje sencillo que se complica y expande conforme se avanza en él. Hablo de Onetti, claro.

La epifanía de su escritura, propia de los místicos que escribieron el libro del Éxodo, es asistir a la creación de un nuevo orden social, el de Santa María. Un pueblo que tiene lo gris de todos los pueblos de este continente. Es el personaje mejor logrado de su obra.

Hizo algo único en el mundo y esto fue escribir. Por eso Brausen es él. La vida breve, titula a esa novela donde un perdedor crea un viaje en su mente no mejor al mundo que le rodea, igual, con la diferencia que él comanda esa nave de hastío.

Cuando ya no importe, fue su última novela. Pero ya nada le había importado antes de eso, cuando asistió y dobló la testuz frente a la espada literaria. Fue un toro de lidia, una raza mantenida para la muerte en la letra. Qué mejor plaza que una cama.

Cuando pienso en Juancito me asiste la confusión y el cine negro. Gran golpe. Su gran premio fue traspasar los límites y hacer de letras la isla de su pueblo. Rema por el gran río acordonado del óxido del metal y de la gente.

La vida escondida de este hijo de Honoria Borges, la de un solitario, no uno cualquiera. Diaz Grey le encendía los cigarros y Medina, de estoy seguro y creo tener pruebas, le fue extrayendo los dientes hasta dejarlo ese mastodonte al escrutinio de otros. En el zoológico de una cama.

“Hay sólo un camino. El que hubo siempre. Que el creador de verdad tenga la fuerza de vivir solitario y mire dentro suyo. Que comprenda que no tenemos huellas para seguir, que el camino habrá de hacérselo cada uno, tenaz y alegremente, cortando la sombra del monte y los arbustos enanos.” Juan Carlos Onetti.

Dios. La gente que nos das y quitas estos tiempos.

Enlace:

Visiten el blog de Juan Pablo Dardón: Fe de rata

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