Reportaje – Entrevista con Jacinta Escudos

Jacinta Escudos:

hay que olvidarse de ser mujer y simplemente escribir

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Texto: Vania Vargas / Foto: Sandro Stivella

 

Entre Guatemala y la escritora salvadoreña Jacinta Escudos existe una relación fundamentada a través de los años y los libros.

En 2003 su novela AB-Sudario ganó el Premio Centroamericano, Mario Monteforte Toledo, y luego, su libro Felicidad doméstica y otras cosas aterradoras fue parte de la colección Después del fin del mundo, de Editorial X.

Desde entonces, sus visitas al país han sido regulares. Aquí ha impartido talleres de escritura creativa, y ha presentado sus libros de cuentos: El diablo sabe mi nombre y Crónica para sentimentales, este último recientemente publicado por F&G Editores.

De allí que para ella este lugar sea algo así como su amuleto de la buena suerte.

Un oficio que nunca se termina de aprender

Amante de los gatos, las plantas, la pintura, el cine, la danza y las culturas orientales, Jacinta Escudos es una narradora que prefiere no hablar de sus inicios en la escritura. Sin embargo, se puede intuir que es una historia larga y satisfactoria que la ha llevado a participar en un par de residencias para escritores, una en Alemania y la otra en Francia, así como a publicar siete libros y tener en espera varios más. Entanto mantiene una columna regular en La prensa gráfica de El Salvador y en su bitácora Jacintario.

Sus maestros literarios: montones, asegura. “Los principales: James Joyce, Marguerite Duras y Albert Camus. Luego muchos otros que me han enseñado varias cosas: Ray Bradbury, Felisberto Hernández, Edgan Allan Poe, Charles Bukowski, todo el movimiento surrealista francés, Jorge Luis Borges. Aunque la literatura es un oficio que nunca se termina de aprender, que siempre se está “estudiando” y a medida que voy leyendo y escribiendo siempre sigo aprendiendo cosas nuevas que me enseñan nuevos maestros”.

Su rutina: “No tengo una rutina concreta. Cada proyecto nuevo ha impuesto su rutina: su horario de trabajo, su proceso de escritura y el proceso de pensamiento en que la creación del tono y la construcción de la historia te van involucrando. En ese sentido, nunca es rutina, porque siempre cambia, te sorprende. Es parte de los motivos por los cuales la escritura jamás me aburre”.

Sus ceremonias: “Ninguna. Sólo manías: tiene que haber silencio absoluto y tengo que estar sola en la casa. La única presencia tolerable es la de mi gata, Luz de los Ángeles Escudos, conocida socialmente como La Loli. No puedo escuchar música pero puedo escuchar el televisor encendido, aunque debe estar en otra habitación para que las imágenes no me distraigan. Cuando me trabo en la escritura, me pongo a caminar por el estudio. Voy diciendo en voz alta lo que voy escribiendo. A veces escribo con los ojos cerrados, para concentrarme mejor. Como menos porque no me gusta “perder el tiempo” que puedo dedicarle a la escritura cocinando o lavando platos, así es que bajo de peso. Casi no salgo, socializo mucho menos. Y también duermo menos”.

“Queremos verte, saber cómo estás… / – Estoy escribiendo”…

El aprendizaje constante y el oficio ponen frente al lector a una narradora que logra llevarlo tras de sí por lugares exóticos, urbanos, interiores, y atmósferas oníricas donde las metamorfosis y las fantasías apocalípticas son recurrentes.

Sus temas, la experimentación y el juego superan el cliché de que la mujer centroamericana que escribe no pasa de retratar lo regional, el lirismo erótico y el discurso feminista, y presentan una literatura sin género, una literatura a secas.

Entonces surgen las preguntas:

La metamorfosis es una constante en algunos de tus cuentos. ¿Es la literatura capaz de darle al escritor más vidas que un gato?

Yo creo que el que escribe es, de alguna manera, un actor, un director de cine. Yo cuento una película que veo en mi cabeza. Y cuando escribo, debo tener la capacidad de “ser” cada uno de mis personajes, de darles vida, de convertirme en ellos plenamente para hacerlos creíbles.

El cine está presente en muchas partes de tu obra; allí encontramos no sólo referencias directas en el contenido sino en la técnica narrativa. ¿Te gusta que te cuenten historias?

Me gusta. Pero ahora que me lo preguntás y me puse a pensar, caigo en la cuenta que nunca tuve quién me contara o me leyera historias. Tampoco lo tengo ahora. El caso es que por eso, en gran medida, comencé a escribir, para contarme las historias que nadie me contaba. Y siempre busco una buena historia en el cine, en un libro, en la letra de una canción o en un video, en la vida real misma.

Aparte de la escritura y el cine también pintás. Te pregunto por el detalle de la portada en el libro “El Diablo sabe mi nombre”. ¿Cómo se da ese proceso de convivencia entre estas artes?

A la pintura recurro en momentos de bloqueo de palabras. La pintura te pone en otro estado de pensamiento, se forman historias a partir de imágenes, texturas y colores, pero todo es mucho… no sé bien cómo explicarlo… siento que no hay un proceso estructurado con palabras cuando se pinta. Y creo que esa especie de “silencio interior” es la que me lleva a reencontrar las palabras y volver a escribir. Además, como no me tomo en serio en cuanto a la pintura, lo hago como un juego, como algo que disfruto mucho hacer.

Tomando en cuenta tu experiencia como tallerista, ¿se puede enseñar a escribir?

No. Lo que se puede es compartir con quien participa en un taller tu propia experiencia y esperar que a través de ello se le pueda brindar alguna clave al escritor en ciernes para que desentrañe su proceso individual de escritura, para que lo comprenda mejor y sobre todo, para que se atreva a vivir su propio proceso, porque siento que muchas veces la gente llega buscando recetas o queriendo ser como x o y escritor pero no se atreven a ser ellos mismos y a hacer válida frente al mundo su propuesta de escritura.

¿Qué necesita una mujer para salir del discurso erótico y feminista y empezar a hacer literatura?

Olvidarse de que es mujer y simplemente escribir. Ser escritor (ojo, así en neutro) por sobre todas las demás categorías y roles personales.

¿En qué momento una escritora salvadoreña deja de dar testimonio de la guerra, cuando ésta parece ser todavía una constante en la literatura en ese país?

No sé… en lo personal no he dado testimonio todavía sobre la guerra. Creo que la guerra todavía tiene que digerirse, sobre todo de parte de quienes la vivimos. El tiempo es el mejor consejero para enfriar las emociones y ver en retrospectiva un acontecimiento que se vivió en carne propia. Con la guerra (y escribir sobre ella) es muy complejo, porque tiene muchos aspectos desde los cuales abordarse y creo que esa distancia permitirá una mejor perspectiva para enfrentarse a escribir una historia sobre ese período. Yo espero el momento propicio, aunque no sé si vendrá.

Enlaces:

Visiten el blog de Jacinta Escudos: Jacintario

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