Reportaje – Escrito con la máscara puesta

Escrito con la máscara puesta

Por Eddy Roma

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Uno

El documental se llama Beyond The Mat, se estrenó en 1999 y lo transmitieron por el cable hace unos cinco años. Quiso responder una pregunta hecha por su director, Barry Blaustein, seguidor desde que tenía 8 años del wrestling (la variante estadounidense del espectáculo que en México y países cercanos se llama lucha libre, catch en Argentina, puroreso en Japón y cachascán en Perú): “¿Qué clase de persona se gana la vida haciendo esto?”

Después de cuatro años de investigación, entrevistar a una docena de wrestlers, conversar con un promotor independiente, visitar las oficinas de la entonces World Wrestling Federation en Stamford, Connecticut, y compartir dramas, confidencias y recorridos al volante por las carreteras interestatales, Barry llegó a la conclusión que estas personas son hombres del espectáculo, cirqueros, padres, hijos, artistas, juguetes de colección: “personas con familias que comparten las mismas preocupaciones y temores que todos compartimos. Son como usted y yo… pero en realidad son muy diferentes”.

Sí, diferentes. No es fácil ganarse la vida recibiendo golpes en la cabeza, caídas en la espalda, cortes en la frente, sillazos en cualquier parte del cuerpo, puñetazos en los testículos como penúltimo recurso para doblegar al enemigo, dar de hombro contra las gradas que conducen al cuadrilátero, ser lanzado desde una altura de varios metros contra una torre de mesas plegables, recibir toques con la punta de una escalera y aterrizar desde lo alto de una jaula encima de los comentaristas cuando el espectáculo lo demanda porque así la atención nunca se reduce y uno acudirá puntual ante su televisor la semana entrante para enterarse qué vendrá después. Todos los días, porque aparte de los shows que se filman para la televisión luchan en tres o cuatro funciones semanales más, donde se ensayan los argumentos que se desarrollarán con mayor amplitud en el evento principal si tienen el suficiente gancho. Cada función en diferente lugar: El Paso, Laredo, San Antonio, Austin, Dallas, y siga contando.

Beyond The Mat reúne evidencia que demuestra la amistad bajo las cuerdas que distingue a los más enconados rivales. Mick Foley y Terry Funk, exponentes de la lucha violenta, conversan amigables cuando recién se proyectaron escenas de un combate en Japón donde, los rostros pegajosos de sangre, se tiran de espaldas contra alambre espigado que estalla al menor contacto. En otro cuadro The Rock ensaya con el guionista de turno el parlamento que pronunciará ante las cámaras cuando, investido como su personaje y con la ceja levantada, jure destruir a Mankind (una de las identidades de Foley) y prometa arrebatarle el campeonato mundial de la WWF. Minutos antes de subir al cuadrilátero Foley le explica a su hija que The Rock es amigo de papá y no le haría nada que lo lastime. Minutos después se comprueba una de las maldades que justifican críticas: la esposa e hijos de Foley asisten en primera fila al momento en que The Rock esposa las manos de Foley y lo bate a sillazos hasta obligarlo a decir, ante el micrófono, “I quit” (me rindo). Es demasiado para la esposa: pide a los niños que cierren los ojos y después se retiran a los camerinos. Foley consuela a su familia mientras le suturan una herida sufrida en la cabeza. En una escena incluida en la edición en devedé se encuentran con The Rock.

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Dos

 

 

 

Beyond The Mat también indaga en esas tragedias tan inherentes a los habitantes de los pueblos rurales estadounidenses. Jake “The Snake” Roberts, hombre dotado de una personalidad que bien encausada, decían quienes lo conocen, podría beneficiar a la industria luchística, es hijo de Aurelian “Grizzly” Smith, luchador de cierta relevancia, y una niña de trece años a quien el tipo se acercó aprovechando que se citaba con la madre. La hermanastra de Roberts, casada a los 18 años con un hombre de 50, fue asesinada por la ex esposa. “Estaba muerta porque en el carro había la suficiente cantidad de sangre para demostrarlo”, explica con voz que se arrastra encima de vidrios rotos. Cuando la mujer salió después de cumplir su condena, apenas diez años porque la declararon inestable mental, le preguntaron dónde dejó el cadáver para poder enterrarlo. Se negó a revelar el sitio.

Roberts no consiguió obtener el cariño y el respeto de su padre. Falla en restablecer contacto con una de sus hijas. Aparece hablando bajo el dominio del crack que acaba de fumar. Más tarde dijo que sus declaraciones se tergiversaron, que lo retrataron con tintas muy negras y que le aseguraron que en realidad se rodaba un especial para la televisión acerca de los males del consumo de drogas y alcohol. Pero importa verlo trepado en la cumbre, ante 90 mil personas, en el Pontiac Silverdome, estado de Michigan, Wrestlemania III, o en su etapa semifinal, ante unos cuantos cientos de personas en pueblitos del estado de Nebraska, en pleno invierno, sin pirotecnia y música de entrada. Su magnetismo y convocatoria, los de siempre.

Barry sabe que el wrestling es puro cuento; su lealtad permanece intacta. Comprobar el montaje no le quita gracia al espectáculo. Me siento frente al televisor y acudo a las arenas sabiendo que por dos horas disfrutaré de un buen show, presenciaré un par de lances memorables, me reiré ahí donde el ensayo previo se manifieste, y con suerte contemple una lucha a ras de lona, como debió ser en las ciudades griegas, al aire libre, lo más cercano al ballet que pueda haber. Dos rivales empeñados en demostrar que el uno sabe más técnica que el otro, sin recurrir a piquetes en los ojos o golpes con el cinturón de campeón a escondidas del árbitro pero no del público. Dos o cuatro o seis personajes capaces de provocar la imaginación de la gente de cualquier edad con las figuran que trazan en el aire y en el suelo. Personas que de tan personajes llegan a fundirse en una sola o en varias. Nunca se sabe cuándo es el real y cuándo el imaginario porque el mito debe mantenerse.

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Tres

El wrestling es tan industria del espectáculo como Hollywood y el rock and roll. Unos pocos se hacen millonarios y saben administrar su fortuna. La mayoría debe trabajar hasta donde las fuerzas alcancen, más allá de los cincuenta años, a pesar de las rodillas soldadas por la artritis y los nudillos hechos talco. Existen los muertos por sobredosis de droga, fallos respiratorios y accidentes en el escenario. Sus suicidas, sus coqueteadores con el satanismo y sus conversos al cristianismo pentecostal. Sus comparecencias ante la justicia, sus diseñadores de ropa y sus guionistas. Sus personajes de mal gusto, historias truculentas con groupies, y sus divas.

Cuando se retransmitieron en televisión nacional las luchas de la World Wrestling Entertainment, mi hermano reparó en la trama telenovelesca que se sucedía semana a semana. Los duelos verbales acaparaban más de la mitad del programa. Los luchadores se retaban enfundados en trajes elegantes, bien lavados y peinados. Llegó a importar más que el próximo combate. El histrionismo generó un político, Jesse Ventura, ex gobernador del estado de Minesotta, y un actor, Dwayne Johnson, alias The Rock.

Falta una película de autor que retrate con dignidad al wrestling, la lucha libre o cualquier otra variante. Nacho libre, al mando de Jack Black, ofende como el mal aliento. Ni siquiera llega a caricatura. Es tan molesta como la piedrecita que se introduce en el ojo o el inquilino que, impune, comparte el volumen de sus cumbias con todo el vecindario.

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Cuatro

Me gusta que el wrestling se mexicanice (ahora prima la agilidad y son frecuentes los lances entre segunda y tercera cuerda) y me enoja que la lucha libre se contagie de la verborrea y el mal entremés estadounidense. Porque la lucha es asunto aparte. Ahí están sus máscaras, sus disfraces coloridos, sus películas que resultan pergaminos que conservan paisajes que ya no existen, como el guatemalteco anterior al terremoto de 1976, por ejemplo. Ahí están esos piques que duran meses y convocan a miles de espectadores a presenciar el duelo final a doce pasos cuando el pueblo resulta insuficiente para contener al rudo y el técnico en el mismo lugar. Ahí están su templo mayor, la Arena Coliseo, y su basílica, la Arena México. Todo seguidor de la lucha que se precie de serlo debe visitarlas aunque sea una vez en la vida. No es lo mismo verlas por la televisión a estar ahí, contemplando a los luchadores y los réferis (personajes por derecho propio, como el Gran Davis, el Güero Rangel, el Gato Montini, Rafael el Maya y el Tigre Hispano) en ángulos que no ofrece la cámara y se pierden por culpa de los comerciales.

La máscara y su misterio. Conocer el rostro e identidad custodiada por años. La revelación del nombre y lugar de procedencia implica la caída en el olvido o el ascenso a una nueva identidad. Ese maniqueísmo primario que divide a los espectadores y los hace intervenir con golpes de sombrilla, vasos de gaseosa con hielo derramados encima de los rufianes e insultos gritados a todo aire como si allá, en la distancia, los fueran a escuchar sus destinatarios. El espectáculo sobrevive a pesar del límite de tiempo que impone la televisión y los muchos juniors o hijos del Santo, de Aníbal, de Cien Caras, del Rayo de Jalisco, etcétera, que causan la ilusión de ver a los originales. Los juniors, gracias al nombre que heredan, ocupan sin mérito el sitio donde otros luchadores llegan con mucha dificultad. En pocas ocasiones superan a los verdaderos, los que fueron retratados en historietas y películas, generaron un nuevo panteón y brindaron combates retenidos en la memoria de millares. Me siento afortunado que mediante Youtube pueda recuperar esas imágenes. En algunos casos, como las captadas durante los pay-per-views, esperé veinte años para verlas. En otras, los de máscara contra máscara, adivino los rasgos del perdedor. En todos me invade el bienestar que traen consigo las pasiones bien cimentadas.

Acá el espectáculo tuvo sus períodos de esplendor, con Máscara Roja, Máscara Negra, José Azzari, el Cirujano, los Corsarios I y II, la Hija de Madame Xandú, Edgar Echeverría y el Hombre Araña. Estaban los Eslabones Perdidos (tres luchadores disfrazados de mono) y las Momias del Pantano (envueltas en vendas verdes.) Pertenecían al reparto de Ring 2000. Más tarde fue el elenco de Promociones Reyes Alonzo: el Arriero de San Juan, el Verdugo, Texas Boy, el Alacrán, Rayo Láser, Doctor Misterio, el Temerario, Silverman, el Halcón Negro, los Pescadores de Palopó I y II (inolvidables con su traje sololateco; rabié cuando perdieron la máscara), Jorge Mendoza, Leonel Rivas, el Zorro Cameros, Frank Zombie, Skeletor y el Astro de Oro, el último de los grandes, retirado por culpa de sus compromisos laborales al frente de la Confederación Deportiva Autónoma de Guatemala.

La lucha libre pertenece al imaginario cultural de México y Estados Unidos. Aquí se insiste en minorizarla y negarle credibilidad, como al rock y sus alrededores. Dudo que la Hemeroteca Nacional conserve los ejemplares de revista Lucha y revista Ring 2000. Si así fuera, me preguntaría a qué se debe el milagro.

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Coda gratuita

Mi simpatía por Armenia, su causa y su historia, surgió al enterarme que Martín Karadagián, el patrón de los Titanes en el Ring, era hijo de padre armenio. Martín Karadagián, nombre muy eufónico, propio de guerrero y caudillo.

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