Reportaje – Radiografías literarias de la crisis de un imperio

Las uvas de la ira y Trópico de Capricornio:

radiografías literarias de la crisis de un imperio

 

Por Vania Vargas

 

1939. Apenas había dado sus primeros pasos el siglo XX y ya cargaba con el peso de la devastación de una guerra mundial y estaba a un paso de la segunda.

La muerte se alzó como la única certeza del ser humano, era imposible enfrentarse como antes a una realidad desmitificada por la destrucción.

Se desmoronó la fe en la vida, se quebraron los ideales, la economía tambaleó y frente a los escombros quedó el hombre: solo.

La historia da fiel testimonio de ese panorama, la filosofía nos muestra la devastación a través del existencialismo, y la literatura une ambos: hechos y pensamiento, y los acerca al ser humano a través de bastas recreaciones que hablan del hombre, sus creencias, sus anhelos y su lucha constante en un mundo cambiante, injusto y absurdo. Y se convierte, así, en una voz más que da testimonio de toda una época.

Este es el caso que se dio en Estados Unidos hace 70 años cuando dos libros salieron a luz: Las uvas de la ira, de John Steinbeck, en Estados Unidos; y Trópico de Capricornio, de Henry Miller, que se publicó en París, y tardó varias décadas en llegar a Norteamérica.

La sola mención de los dos títulos podría llevarnos a pensar en una oposición abismal. Sin embargo, a los dos libros no solo los une el año de publicación, sino además, el testimonio y la visión de un país que muestra al mundo su poderío, mientras la decadencia y la miseria le corroen las entrañas.

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Visiones de la periferia

 

En Las uvas de la ira, Steinbeck coloca las lentes de aumento sobre el área rural norteamericana: los campos de producción algodonera de Oklahoma: donde dará inicio la odisea de una familia campesina: los Joad, en busca de la tierra prometida: California, en donde se asientan sus sueños de un futuro promisorio, recientemente hecho añicos por los tentáculos del crack de la bolsa de Nueva York, que hizo quebrar a los bancos, a los pequeños productores, y dejó sin empleo a miles de personas.

Es de esta manera como la historia norteamericana reinicia su ciclo: la tierra que en un principio les había sido arrebatada por la fuerza a los indios, ahora le era arrebatada a sus nuevos propietarios por una fuerza a la que no se podían enfrentar: el banco.

El resultado de esto fue la emigración de miles de desterrados, la desintegración de las familias, la muerte de los más viejos y hasta la locura.

El movimiento que generó, según Steinbeck, era similar al que un día movió a los norteamericanos en busca de oro, pero esta vez era en busca de algo que había adquirido un valor incalculable y que, contrario a hacerlos ricos, les permitiría, por lo menos, sobrevivir: el trabajo.

Por la ruta 66 se deslizaban familias enteras que tenían que dejar atrás no sólo todo aquello material que les era imposible transportar, sino además, toda una historia, una vida que dejan atrás, que empeñan, para partir, marcadas por la miseria que, contrario a provocar la conmiseración del prójimo, lo convierte en protagonistas y víctimas de un acto de antropofagia, en el que el hombre más poderoso se come al más pequeño.

Y no hablamos del tercer mundo, sino de un país poderoso, grande, rico, dentro del cual se gestan enormes contradicciones. Un país en realidad pequeño o al menos no lo suficientemente grande para albergar a dos estratos sociales tan diferentes: los ricos y los pobres, es decir “al hambre y al hartazgo”. Así, el hombre se convierte en un extranjero dentro de su propia tierra, una tierra que huele a muerte y fracaso y que va haciendo que el que la habita, pierda poco a poco su dignidad, su humanidad.

A las familias, entonces, no les queda más que soportar la miseria con los ojos abiertos, así como su marca incandescente, que aparece cuando los cierran.

De esta manera, el corto camino que, de acuerdo con Steinbeck, hay entre la necesidad y la rabia, empezaba a estrecharse cada vez más. La miseria y la ira que se estaba sembrando en los corazones, un día habría de fructificar.

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Visiones urbanas

 

En la periferia quedan los Joad y los miles de estadounidenses flotantes en busca de la supervivencia en un paraíso inexistente; mientras que en la urbe, ese casco civilizado, el panorama tampoco es alentador.

Contrario a la lucha en el campo, en el que la familia intenta mantenerse unida para encontrar un beneficio colectivo; en la ciudad no hay familia: hay soledad. Y la miseria no está en gestación, la decadencia del imperio ya ha producido violencia, anarquía, rebelión, lucidez. Y el “yo acuso” se alza en Trópico de Capricornio como grito desgarrador para despabilar al mundo.

Miller descorre un pesado velo y nos deja la visión de una inmensa armazón de apariencias:

“…Desde mi pequeña alcándara en Sunset Place, podía observar a vista de pájaro toda la sociedad americana. Era como una página de la guía de teléfonos. Alfabética, numérica, estadísticamente, tenía sentido. Pero, cuando la mirabas de cerca, cuando examinabas las páginas por separado, o las partes por separado, cuando examinabas a un solo individuo y lo que constituía, el aire que respiraba, la vida que llevaba, los riesgos que corría, veías algo tan inmundo y degradante, tan bajo, tan miserable.”

Al hombre no le queda otro camino que el de aprender a moverse entre el fango de la miseria, debe dejar de aspirar a una vida más digna y conformarse con conseguir una muerte decente. Es el momento en que el futuro ya no se puede divisar entre tanta devastación.

Sin embargo, la pesadilla encuentra sus causas retrospectivamente, incluso más allá del crack de la bolsa del 29, en una historia manchada con sangre, cuyo olor fétido aún se siente en el presente y amenaza con perpetuarse.

Esto es América, sentencia Miller, “la rueda de esmeril de la esperanza y la desilusión”.

Y sobre todo, el hombre

 

En medio de un escenario de miseria y decadencia: el hombre es el personaje principal sobre quien recaen todas las acciones y los efectos, es el que se convierte en un elemento primordial, aquel que sólo podrá redimirse entre los escombros, gracias a su humanidad y su lucidez: dos elementos que, tanto Miller como Steinbeck se encargan de resaltar.

En Las uvas de la ira a través de la figura del predicador retirado, que entendió que no conocía a nadie llamado Jesús ni al pecado, sino a mucha gente con sus historias, y a una vida que hay que vivir con intensidad.

Y en el Trópico de Capricornio a través de un continuo discurso apologético del ser humano:

“Me perdono todos los delitos que he cometido. Lo hago en nombre de la Humanidad. Sé lo que significa ser humano, su debilidad y su fuerza. Sufro de saberlo y al tiempo me deleito. Si tuviera la oportunidad de ser Dios, la rechazaría. Si tuviera la oportunidad de ser una estrella, la rechazaría. La oportunidad más maravillosa que ofrece la vida es la de ser humano”.

Una convicción a la que bien valdría volver en estos momentos cíclicos que parecen devolvernos a la crisis.

Enlace:

Visiten el blog de Vania Vargas: El paracaídas

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