Reportaje – Recomendaciones para las jóvenes escritoras latinoamericanas

Perfume de sintaxis sucia

Por Alma Karla Sandoval

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Yo también puedo escribir “bonito”, es decir, obedeciendo a una estructura canónica donde menos es más y las palabras se forman en el homenaje del lunes como alumnas de un colegio de religiosas que se masturban en lo oscuro y se lo dan al arzobispo ya borrachas con rompope o vino de consagrar, del más costoso. “Bonito” significa escribir como mujer soñadora, bien planchada, maquillada y dispuesta a agradar. Perfume de sintaxis pulcra, con notas florales y cítricas que dialogando con dos o diez autores, máximos exponentes de la tradición o del Boom, te garantizan el bautismo para que no dudes, para que te presenten ante el mundo como una escritora discreta, decente, elegante, pero nada original.

Entre la corrección y el carisma, me quedo con lo segundo. Entre las comas y las metáforas dulces, opto por los vértigos y la puntuación azarosa. Que me perdonen las amigas, las compañeras de blogs, las que ganan premios de cuento y también las que los pierden, las que siguen la forma limpísima de relatos con Sherezadas, las que tocan temas de amapolas y lloviznas tiernamente. Me disculpo porque aunque no tengo nada en contra de la suavidad, las muselinas de la descripción y la sugerencia de encajes ligerísimos, quiero cachetear a todas esas niñas imberbes que escriben cerrando las piernas (aún cuando se mueran de ganas de abrirlas) y no hablan de lo definitivo. Les diría, en primer lugar, que entiendo y casi apostaría por su poética constreñida porque conozco a alguien que de tanto apretar los muslos tuvo un orgasmo, pero le dio tanto miedo que nunca lo volvió a hacer.

En segunda (me disculparé de nuevo porque como ya noté que estoy molesta,  me voy a poner a dar cátedra  y si no la quieren, pueden dejar de leer. De lo contrario, les agradezco que se queden aquí y tal vez aprendan un poco) es necesario diferenciar  entre una escritura bonita y otra deslumbrante.

Silvina Ocampo escribe, a primera vista, muy bonito. Sus cuentos pasarían por piezas donde la musicalidad y la perfección de las imágenes son todo. Pero hay algo más, algo macabro y denunciatorio entre las líneas de esas descripciones con sombreros y listones de sedas. Ocampo se burla de la convención convencionalmente. Es de las pocas que lo consiguen. Como Charlotte Brontë o, sólo en sus mejores momentos, Jane Austen, la crítica de cara a un poder que controla a los individuos convirtiéndolos en marionetas incapaces de entender el escalofrío de sus pasiones, está presente.

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Lo mismo ocurre con Lispector o Cristina Peri Rossi. Pero ambas son menos tímidas. La segunda apela (sobre todo en sus cuentos) a imaginarios de la infancia. Clarice retoma la mitopeya infantil de Cesare Pavese y confecciona durísimos relatos donde el odio, la envidia, la crítica mortal hacia este mundo falócrata revelan la desesperanza y, otra vez, la burla que la autora le propina a todos y cada uno de los mecanismos poderosos que, negándole el deseo del deseo, destruyen al ser humano. Dos cuentos de la brasileña dan fe de esto que digo: “Felicidad clandestina” y “Una gallina”. Textos vertiginosos y por no por eso menos bellos, salpicados de párrafos “sublimes” como dirían los almidonados modernistas que por cierto, no fueron tan aburridos, pero ese es otro tema.

La uruguaya de la que hablé antes es otro caso de belleza casi estridente. De una prosa cuya inteligencia ilumina de manera salvaje todo lo que toca (no sé, pero aunque son tan extrañas la una para la otra, mi intuición me obliga a asociar a Peri Rossi con la Yourcenar) porque escribir “bonito” significa escribir sin garra. Y nada hiere más que una prosa contaminada de genio, de erudicción histórica como en Las memorias de Adriano o de fluidez alarmante, rizomática, libre en su pliegue que no es barroco, en su intensidad que revela la amarga belleza de un clítoris, sus eslabones de desesperación para los hombres. Me refiero a Solitario de amor, la novela de la uruguaya desde la que es posible ejemplificar la diferencia entre una escritura bonita a lo Isabel Allende, Ángeles Maestretta, Ángela Becerra (hasta sus nombres suenan igual), y otra deslumbrante como la de Elena Garro en Los recuerdos del porvenir o la de Marvel Moreno (ah, qué prosa, qué filo) en En diciembre llegaban las brisas o María Luisa Bombal en La amortajada.

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Por desgracia o por enorme fortuna, diría más bien que por justicia poética, con las mejores escritoras, las que deslumbran seduciendo de frente, acudiendo a las llamadas de la inteligencia, del tiempo y del juego, no hay premios ni reconocimientos de oro puro en vida. Hay culto como este que alimento y que es preciso no dejar que muera. Ellas son lo mejor de nuestro continente del siglo pasado para acá. Autoras que cuando escriben “bonito” le toman el pelo al lector porque sus mensajes subyacentes son espasmódicos. Pero bueno, sus vidas fueron complicadas: la Garro tuvo todo lo que quiso, pero ya de vieja y enferma y además no lo disfrutó porque Paz le hizo sombra hasta la muerte. La Bombal murió sola, alcohólica como bien acostumbraba, y Marvel Moreno incluso muerta tiene que soportar la estupidez de quien fuera su marido al mandarle a cortar a su novela partes nada “alegres”. A lo mejor estas biografías son los monstruos que asustan a nuestras jóvenes escritoras. No niego que todas deseen ser respetadas por su calidad y no por el número de libros que podrían vender ya que todo el mundo las entendería, porque harían llorar con historias de amores medianos, pero amores al fin y al cabo.

Sucede que anduve leyendo varios blogs de guatemaltecas, argentinas, colombianas, peruanas y mexicanas. Me entristecí. No encuentro a ninguna narradora que pinte para ser de culto. Al menos no en sus publicaciones que he “googleado” o en sus cuentitos que impúdicamente publican en blogs sin otro ánimo de decir, “miren acá, yo existo”. No, no apostaría por Wendy Guerra que tiene algo así como nuestra edad y cuyo referente, con un diario conmovedor como es Todos se van, nos representa. Qué horror. Son las cubanas y no las de tierra adentro las que llevan la batuta. Así que conmino a todas a una profunda reflexión antes de fabular decentemente. Nos hace falta más Bolaño, pero a cuentagotas, si no queremos que nos pase lo que a muchos que quieren ser como él y nunca podrán. Nos urge más Piglia, más Bombal si de plano queremos que nuestra prosa suene lindo.

En un continente donde a las mujeres se les golpea, se les mata y cuyas víctimas pesan en las frases de las que están respirando, se requiere una narrativa frontal. Hay que leer a Kafka una y otra vez. Necesitamos asomarnos a Lessing y a Jelinek, incluso al humor de Colette, al arrojo de Flora Tristán. Nos urgen viajes, no acomodarnos. Ir a La Habana, a Bogotá, a Buenos Aires, al DF e interpelar a la hecatombe. Riesgo y valor, chicas, riesgo y valor para abrir las entrañas y las piernas sólo cuando y con quien se nos pegue la gana, escribiendo, claro. Estudio, mucha disciplina e inteligencia también, toda de la que seamos capaces, para saber amar y escapar a tiempo y dejar de escribir sólo “bonito”. Latinoamérica se merece, hoy más que nunca, grandes y comprometidas escritoras.

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