Reseñas – Fantasmas/ Chuck Palahniuk

Fantasmas

Chuck Palahniuk

Título original: Haunted (2005)

Editorial De Bolsillo, colección 21, primera edición (2007)

Ilustración de portada: Jeff Middleton

 

20-resenas-fantasmas

Lo importante es el encierro. Imprescindible hacinar al engendro, manifestarlo a través de suspiros: una que otra exhalación, alguno que otro subrepticio, imperceptible e incorpóreo quejido, uno que otro transmutado en psicofonía, en algo incluso imaginario, intangible. Digamos pues como fantasmas. Más puntualmente: representaciones ulteriores de los “yo” enfermos, de los “yo” diletantes, de los “yo” ultra-farsantes. Tal es la necesidad de encontrar y cuestionar el impulsivo desiderátum freudiano del inconsciente maligno. Palpita pues y cobra vida el miasma del espíritu. Todo aquello tan humano que vetamos y nos queda bien adentro, inmensamente oculto. Y todo es tan cinematográficamente atrayente, lo magnético y la razonable subsecuente envidia: ¿Por qué Palahniuk me roba mis historias, los suspiros (una dicha que no todos)? Entonces, por supuesto, algo de simpática blasfemia/elogio: maldito Chuck Palahniuk, decimos. Púdrete Palahniuk, repetimos. Y sin embargo nos queda claro que  su estilo es parco y simplista y algo convencional. Y el rencor, hasta este punto, decanta en tranquilidad… Palahniuk no es un genio después de todo, ha escrito más que uno nada más. Ha escrito sobre cómo escribir, que en realidad es narrar, y narrar es toparse con la inconveniente oralidad forzada que implica estar desesperado, recluido y enquistado a –por decirlo de alguna manera eufemista– la realidad, la misántropa realidad. Así, construye 19 personajes (locos personajes, enfermitos, extravagantes, conmovedores, inquietantes personajes), 23 cuentos, 21 poemas y una novela: Fantasmas.

Claro que acercarse a Palahniuk conviene estar en acuerdo con el entender y suponer lo chalado que previamente uno está individualmente.

Uno imagina a Palahniuk, sí, luego de quizá masturbarse, de estarse sentado en el baño harto tiempo en lo que le incumbe, y de repente: levantarse y fraguar el desencanto y el material de la sátira tan cómica que es la humanidad en una computadora. Asimismo los engendros protagonistas, los relatos prodigiosamente amargos, conmovedores y perturbadores. Las figuras humanoides como puntuales epítetos errantes de una historia individual, de una análoga realidad y desde luego la personalidad recíprocamente putrefacta. Cuánta alegría da ser testigo de cómo lo bonito se acaba, la invitación está presente. Resulta la convocatoria fascinante. Un tal Sr. Whittier ha publicado un anuncio en un periódico: “Retiro para escritores: Abandone su vida durante tres meses”. Por supuesto que hay mucha gente estúpida en este mundo que sigue creyendo en lo noble que es la enseñanza de escribir, en lo colectivo de compartir historias alrededor de una fogata, leer poesía en un pequeño café con un público más que hidratadamente etílico, en fin, un pequeño mainstream publicitario para saberse vender y ser mediocre y compartir con los cuates; desde luego caen los escritores en una entelequia-anuncio de esta índole. Y allí están, de madrugada, en un school-bus  directamente a su “Retiro para escritores: Abandone su vida durante tres meses”: los engendros. San Destripado, Madre Naturaleza, Miss América, la Dama Vagabunda, el Conde de la Calumnia, el Señor Whittier (por supuesto), el Duque de los Vándalos, la señora Clark, la Directora Denegación, Reverendo sin Dios, el Casamentero, la Hermana Justiciera, el Chef Asesino, la Camarada Sobrada, el Agente Chivatillo, el Eslabón Perdido, la Condesa Clarividencia, la Baronesa Congelación y la Señorita Estornudos. Cada cual con el apelativo introductorio de su psicopatía.

¿Quién les ha dicho que eran escritores? Lo malo es creer en el talento propio, valerse de él y empezar a despotricar historias. La cosa en el retirillo ese va mal de todas formas. Los cuentos, los poemas van mal en tres sentidos. Uno: Fantasmas se cae en una simple trayectoria, en la directriz forzada por establecer un hilo conductor. Bien se hubiese agradecido la independencia de los cuentos y no intentar la manera de novela, en fin. Dos: el tedio, el impertinente estorbo de la dinámica, la tan pausada narrativa. Casi un estilo periodístico. Tres: sucede que lo que en verdad va mal, pues, acontece en la novela. Un lugar apartado, de submundo, sirve para amplificar la precariedad de la existencia humana: los engendros hacinados, incomunicados con el mundo exterior en detestables condiciones. Una crónica, en sí, catalizada en la síntesis de un dietario concreto de un reallity show venido a menos. La esperanza que mantiene vivos a los engendros es la fama; vender su historia; el minúsculo campo de concentración voluntario deviene de resistir, de esperar las cámaras de los massmedia, de ver quién es el más inhabilitado físicamente para convertirse en la comidilla de los tabloides y los blogs de celebridades. Subastar la experiencia al mejor postor y prostituir la intención del sufrimiento. En el proceso, lo inevitable es empezar a morir o padecer gravemente de la salud; pero con el hecho causal de estar consciente de ello siempre. Mueren los engendros poco a poco o se vuelven, a su vez, un poco más torcidos. Alguien pierde el pene para tener algo que contar; otros se automutilan y pierden los deditos de los pies o los deditos de las manos o la oreja o todo al mismo tiempo; quizá uno de ellos ha comido y cocinado su propia carne y la degusta; duermen (o eso intentan) y la sangre coagulada, seca, los adhiere a las superficies inmediatas; otros rondan con cuchillos afilados, algunos buscan la manera de matar a un gato, lo cocinan, se lo comen, se comen a alguien también; las tuberías no dejan de sonar, siempre algo se descompone y una fuerza incomprensible lo termina reparando todo de nuevo; su historia será, piensan, lo que dará la vuelta al mundo en cuanto consigan que alguien los rescate, en cuanto logren salir de allí, y entonces la fama. Mientras eso ocurre todos fingen estar estupendamente muertos. Como efecto colateral surgen las narraciones precisamente en Fantasmas. No obstante, de los 21 poemas ni uno solo es rescatable, son sólo muletillas, un chapuz literario. De los 23 cuentos quizá un puñado se salva. Allí está la Reflexoputa –el orgasmo a través de la planta de los pies– también Cráteres Hirvientes –el creyente cristiano hervido en el fondo de un géiser– , los Espíritus Malignos –niños enfermos contaminantes en aislamiento gubernamental–, Al Ritmo de los Perros –la lástima como el propósito de un acercamiento humano, aprovechable–, Posprodución –la realidad de fornicar y ver el deterioro de la carne en una cámara de video, y luego: un bebé–, Plubicidad Encubierta –el chantaje de un asesino en serie a una trasnacional–, Exodo – la tierna historia de Cora Reynolds rescatando a su familia artificial de ser violada constantemente–, Decir Cosas Amargas –La crueldad de un arribismo feminista, en contra de un travesti, claro–, Lisiado – trabajar de impedido no es una tarea tan fácil–, Tripas – la primera experiencia, el primer síndrome sexual, masturbarse con la doble moral– y Obsoleto –Una bella historia sobre el fin de la humanidad, llena de guerras nucleares y suicidios masivos y obligados.

Fantasmas, si bien una novela que no destaca en grado gramatical, no se arriesga con el lenguaje ni explora de forma ninguna la sintaxis, plantea espectacularidad e inquietud sin escándalo, un morbo fascinante y una invitación a ver el género humano como algo descompuesto y putrefacto, tan patético que divierte incluso hasta el cansancio. Y lo mejor de todo es que sin fabular entorno a lo ético ni a lo políticamente correcto, ni a tanta convencional moralidad de tantas, tantísimas obras literarias. Palahniuk es de una pretensión inconcreta, que no engaña y que no se las anda de intelectualoide por el mundo. Sencillo como a-moral y hartamente humano: egocéntrico, sin futuro y sin más posibilidad para este mundo. Como un instante equivalente en que, sin darte cuenta, los fantasmas –nuestra inexistencia contingente– respiran pesadamente sobre los cartílagos de las orejas…; suspiran.

Oswaldo J. Hernández

Enlaces:
Visita el blog de Oswaldo J. Hernández: La virtual alteridad

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