Reseñas – Tierra baldía/ T.S Eliot

Tierra baldía

T. S Eliot

Editorial Cátedra, España

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Dentro de muchos círculos literarios, 1922 es asociado automáticamente con la publicación de Ulises de James Joyce, uno de los libros con más resonancia en el siglo XX y que marcó, en varios sentidos, la orientación que la narrativa tomó durante el siglo XX. Pero Ulises no es el único fruto memorable de este año; Thomas Stearns Eliot publica también un libro de magnitudes muy similares al Ulises en cuanto a influencia y calidad literaria, aunque sin provocar el mismo revuelo: The Waste Land (La tierra yerma o La tierra baldía, según el traductor).

Escribir sobre Eliot, sobre La tierra baldía, no es tarea fácil, pero una de las primeras cosas que deben decirse es que no es una lectura fácil. Los constantes cambios de ambiente, de hablante y de tema dificultan considerablemente la comprensión del texto (sin mencionar las abundantes alusiones a fuentes que van desde la Biblia hasta los Vedas de la tradición hindú). Al enfrentarse a La tierra baldía, una lectura no será suficiente, no es un libro que se lee como se lee a un Benedetti, tan amigable con el lector. Eliot, todo un Dédalo de la palabra, ha dejado un laberinto en el que es por demás fácil extraviarse o darse por vencido. No hay, sin embargo, que confundirlo con un autor vanguardista que hilvana palabras al azar, intentando eludir el flujo racional del lenguaje. En La tierra baldía, debajo de cada pasaje se encuentra un fragmento de una visión pesimista y dolorosa de la realidad, mucho más cercana a un Existencialismo incipiente que a una creación de cualquier ismo.

En La tierra baldía, así como en su posterior poema Los hombres huecos, Eliot plasma el desencanto de la generación de Post-guerra, la trivialidad de la existencia, la negación del amor, la soledad y la inminente amenaza de la muerte. La vida es eso, un terreno baldío sin esperanza, sin refugio y sin alivio. En El sermón del fuego, Eliot, transfigurado en un viejo, decadente y andrógino Tiresias, presencia un fortuito encuentro sexual frustrante e intrascendente, que refleja la realidad que tantos autores de la primera etapa del Modernismo europeo (nótese la diferencia entre el Modernismo europeo y el hispanoamericano) tuvieron ante sí. La tierra baldía, el mundo que Eliot pinta en este libro, es el resultado de la colisión entre la creciente expectativa surgida de los pasos agigantados de la humanidad de finales de siglo XIX y de la ilusión del progreso con los horrores de la Primera Guerra Mundial y la desolación subsiguiente, que poco a poco se fue arraigando en el espíritu europeo hasta quedar grabada después de la Segunda Guerra Mundial.

Ya se ha dicho que la lectura de Eliot no es tarea fácil. En efecto, el nivel de intertextualidad y la complejidad de los símbolos hablan por sí mismos. Sin embargo, y tal como sucede con muchos otros libros, las lecturas más arduas son las que resultan más satisfactorias y enriquecedoras. Ciertamente, La tierra baldía es uno de estos casos.

Víctor Cojulún

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