Reseñas – Torres y tatuajes / Isabel de los Ángeles Ruano

Torres y tatuajes

Isabel de los Ángeles Ruano

Editorial Rin-78

1988

28-resenas-torres

Por Eddy Roma

Isabel de los Ángeles Ruano entiende la poesía como una liturgia. A ella ofrenda sus versos y su canto. Acepta que la palabra duele de mucho que la incendia, pero nació con ella y a su servicio se consagra. Si su ritmo es desigual, si su música acusa la ruptura de una cuerda, obedece a que no puede tomar reposo y corregir las notas que recibe. Las copia como las recibió: el fuego permite encenderse, no controlarse. Así se dirigió a César Vallejo, el peruano que fracturó las sílabas y las cosió en distinto lugar:

Viejo César,
hoy oro a ti con mis palabras
de ritmo salvaje y torpe
sin las complejidades ni los retorcimientos
de los eunucos
con esta llana y natural y humana
voz desgarrada
y todas las plenitudes
que me heredaste.

Las fuerzas en permanente tensión que conviven en Isabel se trasladan a los poemas con auténtico sello personal —los poemas isabelinos— que se espigan al recorrer las 376 páginas de Torres y tatuajes, libro publicado en 1986 a iniciativa del grupo literario Rin-78 y su entonces secretario general, Juan Fernando Cifuentes Herrera. La poeta ya se dedicaba al oficio de vendedora ambulante que la añadió al sistema circulatorio del centro de la capital. Sus dos obras publicadas, Cariátides y Canto de amor a la ciudad de Guatemala, fueron empaquetadas junto con nueve libros inéditos, un prólogo autobiográfico y el arte poético que ella definió como percepcionismo lírico. “He tratado de trasladar a la lírica los elementos del cine”, escribió Isabel, “relacionando las imágenes acústicas, con las visuales, a la vez organizando y dándole coherencia a las ideas desarrolladas que pueden ser existencialistas y filosóficas”.

Los poemas isabelinos emergen cual acomodamiento de placas terrestres. Toda quietud no revela el tumulto que opera aguas abajo. Los habitan oleajes y remansos; son diáfanos y también bravíos. La violencia y la ternura no aceptan mediadores, como apunta en “Mis manos”:

Estas manos mías conocen la ascensión suprema
y la más burda ignominia.

Son como dos relámpagos audaces
o como dos humildes golondrinas cautivas.

Se entrecruzan en una plegaria o aman
con santidad o con delirio
y se asustan del fuego
y chocan contra un rostro.

A ratos duda de la misión que le confirieron. Insiste, no es fácil acarrear con la palabra. Es un dios que exige mucho a sus creyentes. No le basta con la renuncia al mundo y sus privilegios. Demanda la entrega total, sin prometer recompensa. La poeta se siente abrumada y se dirige contra sus increpadores:

No me acusen de llevarla,
si a veces
no la quiero,
si me duele,
si quiebra mis anhelos,
si me rige
.

El poeta nicaragüense Pablo Antonio Cuadra, católico practicante, advirtió que “una de las razones por las cuales las naciones de habla inglesa han producido tan espléndidos novelistas, superando mucho en técnica, en número y en cantidad a los de lenguas latinas, es por la costumbre protestante de leer constantemente la Biblia”. Lo mismo puede aventurarse en el caso de Isabel. En la poesía, según la profesa, no hay sitio para el timo y la impostura. Se opondrá a los falsos poetas con la misma entereza que el solitario opositor Elías tuvo ante la reina Jezabel y los cuatrocientos cincuenta sacerdotes de Baal. Éstos se agotarán dando vueltas y saltos alrededor del lujoso altar que edificaron para invocar a su dios. No conseguirán respuesta. Al dolerse ante las ruinas que contempla, y asegurar que “Ya no hay poetas”, Isabel los encara:

Muchos querían falsificar a la poesía
pero no pudieron
porque el verbo no es obra del retorcimiento
ni del devaneo
ni la construcción artificial de los albañiles
de la palabra que erigen catedrales de retórica
y olvidan que el verbo es una antorcha encendida,
flameante, inextinguible.

Cual Elías, ella misma podría ser la última de su estirpe: “Nosotros, los del viento,/ los que llevamos versos incrustados/ al centro del timón de nuestra sangre”. Irá reuniendo las doce piedras para construir su altar, colocar los pedazos del buey a sacrificar, regarlo tres veces con agua y rezar porque el fuego vuelva a manifestarse. Sin aspavientos, concentrada en su fe, segura de que la palabra se abrirá paso entre el barullo. Dijo que ya no hay poetas, pero se permite dar un aviso:

Estén atentos, el canto va a venir
y les traerá nuevas revelaciones
y hablará a través de las gargantas
de todos aquellos que atravesaron las tinieblas
con los ojos cerrados y llegaron un día a las
riberas
de la luz con los tatuajes del dolor redimido.

El regocijo no le es ajeno a Isabel. No todo debe ser pesar, oscuridad, lamento. Al meditar acerca de “Los misterios de mi canto”, queriéndose explicar su procedencia, la poeta se encuentra diciendo que:


Desde esta montaña contemplo un valle
y me resuena una sed por palabras y por música.
A lo lejos el mar.
Mi sonrisa está alegre
y estalla. Es una mandolina
alborozada al redoble de los tambores.

Es común denostar a la ciudad de Guatemala como imán que atrae toda clase de fealdades, sucia e inhabitable. Pero supo inspirarle amor a Isabel. En “Cantares. ¿Quién dijo cantares?”, poema incluido en Cariátides, anticipó el libro que le dedicaría entero a la ciudad donde nació el 3 de junio de 1945:


Yo soy tu hija, ciudad, aquí en tu vientre
fuiste gestando mis hazañas en piedra
y yo siempre evoco tu perfil
y construyo tu monumento en las plazoletas
del recuerdo

La reconstrucción une el ideal con sitios familiares. A ellos apela, solicitando su readmisión en la ciudad que dejó hace once años. Acampa en los alrededores y envía sus mensajeros a preguntarle al parque Concordia, al parque Morazán, a los espejos del Cerrito del Carmen, a la plaza Berlín, al Trébol, la Calle San Juan (así la nombra), el Cementerio General, la Parroquia Vieja y la avenida Petapa. Sitios que aún existen a pesar de las modificaciones y los cambios de nombre (Gómez Carrillo por Concordia, Jocotenango por Morazán) que suprimen las viejas referencias:


Y le decía con toda mi ternura
ciudad, mírame, soy tu hija
yo crecí entre tus murallas amadas
ciudad, ábreme tus puertas,
mira ciudad, que todos aquí saben
que yo solo soy Isabel la Cantadora.

La vuelta a la ciudad adquiere un tono helénico que la acerca a otro nicaragüense, Salomón de la Selva. El poeta que nació en León, se crió en Nueva York y falleció en París escribió: “No niego al arquitecto. Celebro al ingeniero./ Pero al poeta lo coloco el primero/ que junto al gobernante de a la ciudad espíritu”. Isabel se inviste con esa autoridad, llama a un escribano y pide que asiente en el acta que tituló “Prosiguen mis ritmos extraños”:

Avisen que regresé
digan que aquí estoy ya
le hacen ver al alcalde que estoy avecindada en la ciudad
que los trámites de ley fueron llenados en el registro
municipal para asentar mi partida de nacimiento
y que tiene las firmas de rigor.
Al cardenal le recuerdan que fui bautizada en el sagrario
de Catedral. Me llevó mi madre
y un día de dolor dejé mis lágrimas prendidas
en el altar mayor ante Dios mismo.
Le dicen al presidente que hoy suspenda la
guardia en el Palacio
por estrictas razones de poesía
digan que digo yo
le dicen que he retornado
que estoy aquí.

 

Que los dirigentes de la ciudad correspondan o no a esa petición, es historia aparte. Y todavía no concluye. La obra posterior a Torres y tatuajes comprende los poemarios Café express (2001), Versos dorados (2005) y Poemas grises (2009). Libros que intentan obtener calor de un fuego que hace tiempo agotó su combustible. Su lectura empalidece ante la estatura de “Alas de mi nombre”, primera lectura de Cariátides cuya apoteosis conduce a ese trozo azul entrevisto por místicos y poetas.

Alas, tengo alas en la lengua,
mi cuerpo está cubierto de alas,
son miles de alas que me crecen,
una multitud de pequeñas alas sonoras.

Mis palabras son alas blancas,
alas, alas de espuma o nube,
alas tremendas que me cubren, que me laceran.

Y sin embargo no vuelo con mis alas.

A pesar del desaliento que manifiesta en el último verso, aunque el fuego pueda apagarse, las palabras de Isabel se las arreglan para perdurar y proseguir su canto entre los hombres y los astros.

Amatitlán, 28 de septiembre de 2010

Bibliografía

CUADRA, Pablo Antonio, Torres de Dios. Ensayos literarios y Memorias del Movimiento de Vanguardia, Ediciones El Pez y la Serpiente, Managua, 1985, 184 pp.

DE LA SELVA, Salomón, Antología mayor. Acroasis y selección de Julio Valle-Castillo, Editorial Nueva Nicaragua, Managua, 1993, 460 pp.

RUANO, Isabel de los Ángeles, Torres y tatuajes, Editorial Rin-78, Guatemala, 1986, 376 pp.

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