Tiempo de escuchar – JC: en el estudio, en todas partes

JC: en el estudio, en todas partes

Por Eddy Roma

 

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«Onetti es el jefe y los demás son peones».
Leído en una cantina de México

«Me gustan mucho grandes músicos de blues como Elmore James», dijo Angus Young, guitarrista de AC/DC. «Pero no hay nada grabado ni nada filmado de sus actuaciones en directo. Sólo podés conocer a alguien que haya sido testigo, que haya estado allí».

No se estuvo allí, tampoco se fue testigo, pero a cambio se tiene el disco que el uruguayo mayor Juan Carlos Onetti registró en 1967 para la colección Voz Viva de América Latina, producida por la Dirección General de Difusión Cultural de la Universidad Nacional Autónoma de México. JC se alejaría más seguido del Río de la Plata a partir de ese año: finalista del premio Rómulo Gallegos con Juntacadáveres, reedición de Tierra de nadie por la Universidad Veracruzana, y puesto de honor como antecedente de la moderna narrativa hispanoamericana. Su alta figura, cercana al metro noventa según el testimonio de su compatriota Álvaro Castillo, se tornó frecuente en congresos y coloquios.

Me pregunto si JC grabó sus escritos en una sola toma o debió repetir la lectura hasta conseguir la aprobación del ingeniero de sonido. Falta saber si acudió sobrio al estudio o, como Slash, acompañó la faena con un paquete de cigarrillos y una botella de whisky. Las piezas a voz sola que incluyó fueron el cuento «Bienvenido, Bob» (cara A) y el fragmento de El astillero, que relata la visita de Larsen al viejo millonario Jeremías Petrus en su refugio del hotel Plaza de Santa María (lado B). El álbum se reeditó en La Habana como el número 7 de la serie Palabra de esta América, publicada sin mencionar la fecha por Casa de las Américas, y el sello madrileño Visor Libros lo transfirió a disco compacto en 2005, situándolo en el puesto 11 del catálogo De Viva Voz. La grabación copia el acetato tal cual, sin remasterizarlo: se oye el movimiento de los surcos y los chasquidos que arranca al scratch.

Conseguí mi copia de la versión cubana con la ayuda de mi amigo Youre Merino Pérez, poeta del municipio de Banes, provincia de Holguín, oriente de la isla. Estábamos en la biblioteca local. JC resaltó, entre mis favoritos, en una conversación con Youre y con Alberto Figueiras Carreter, escritor y coordinador de uno de los talleres literarios que se imparten en el pueblo. Youre recordó que vio el disco en alguna parte: en otros tiempos, la biblioteca contó con servicio de fonoteca. Fue por una escalera y comenzó a buscar entre la pila de álbumes que relegaron a una habitación clausurada, ausente el equipo donde escucharlos. El disco apareció cuando me resignaba a pensarlo como mera posibilidad. Lo colocó en sitio aparte y por la noche, tras acudir a la tertulia mensual que reúne a los escritores y artistas banenses, fuimos a cobrar la pieza. «Será lo primero que escuches cuando regreses a Guatemala», me dijo. Más bien esperé unas semanas antes de ponerle la aguja encima.

Meses después de oír a JC, leí un artículo acerca de Montevideo. En él se describía el apacible y calmo ritmo de vida de la ciudad, opuesto a la agitación y luminosidad de Buenos Aires. «Para conocer y asimilar su universo poético, debemos conocer su universo cotidiano», escribió Armando Álvarez Bravo acerca de su compatriota José Lezama Lima. El contraste entre la quietud montevideana, que invita a prolongar la estancia en el café sabiendo que no hay prisa, el desarraigo del inmigrante y el deterioro del orden social que alguna vez fue el orgullo del país, ayudan a entender la prosa con que JC escribió sus libros. Su trato puede ser áspero, sin ofrecer rendija a la cordialidad. Después se comprueba que no quiere que le molesten y anden husmeando por donde no deben. La constancia permite que poco a poco se le capture el modo, lo que resulta de utilidad para acercarse a sus libros. JC lee en un tono parejo, de corrido, como si quisiera despachar pronto el asunto y regresar al confort y seguridad de una cama bien preparada. Constata la caída del cachorro Bob en el odiado mundo de los adultos al que juró no pertenecer, y cómo Larsen, fantasma brotado con la lluvia, revela su pertenencia a otros tiempos cuando pregunta al barman del Plaza si el señor Jeremías Petrus paraba en el hotel. Su dejo oriental, lento, un poco triste, se conservó a pesar de los muchos años porteños.

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