Centroamérica – Rafael Menjívar Ochoa y La casa del escritor

Un recuerdo de Rafael Menjívar Ochoa y de La Casa del Escritor

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Por Mario Zetino

En abril pasado murió Rafael Menjívar Ochoa, un gran amigo y uno de los buenos escritores salvadoreños. Él fundó y dirigió el proyecto de La Casa del Escritor y en esta nota yo quisiera hablar un poco sobre la historia de ese proyecto y la experiencia de haber participado en él.

Rafael había salido exiliado de El Salvador en los años 70, vivió la mitad de su vida en México y regresó al país en el 99, ya después de los Acuerdos de Paz. Al regresar trabajó un tiempo como periodista, que es a lo que se dedicaba en México, y después fue director de Letras de CONCULTURA (la actual Secretaría de Cultura). Ahí empezó a organizar una serie de talleres, que impartieron él y varios amigos suyos profesionales en alguna área de escribir.

Hubo talleres de métrica y poesía, narrativa, edición de revistas y periodismo, y uno sobre lectura de Borges y otro sobre Pedro Páramo. A esos talleres, que se hicieron en el transcurso del 2001, asistió mucha gente.

La idea de Rafael era abrir, aunque fuera por un año, una escuela de escritores. “Pero no una escuela en la que a alguien se le enseñe a ser poeta o cuentista; eso es imposible”, decía él en su blog. “La idea era (y sigue siendo, pero nunca hubo el presupuesto necesario) dar a los escritores algunas herramientas para que pudieran ganarse la vida, o un dinero extra, trabajando en cosas cercanas a la literatura: guiones, traducción, edición, etcétera”.

Para lo de la escuela, Rafael buscaba en los talleres a personas específicas para empezar un taller literario. “Casi finalizando el ciclo de talleres, escogí a siete personas para iniciar un taller encaminado a que trabajaran su obra. Buscaba talento, desde luego, pero sobre todo una actitud especial. Esta actitud incluía que estuvieran dispuestos a pasarse un buen rato trabajando sus textos antes de darlos por buenos y publicables. También significaba el respeto al trabajo de los demás”, porque sus apuestas eran muy diferentes, pero eso no quería decir que ninguna fuera mejor que otra. Eran sólo eso: las diferentes maneras que cada miembro del taller tenía de hacer y entender la literatura. Así, en septiembre de 2002, empezó a trabajar con esas siete personas, entre los que había poetas y narradores.

La primera serie de talleres se había hecho en diferentes locales y en el 2003 se le consiguió al proyecto un local definitivo: la casa de Salarrué. Salarrué es uno de los grandes narradores salvadoreños y su casa, que queda en la cima de una montaña, había estado abandonada durante años. La casa fue reparada y convertida en un museo sobre Salarrué y ahí empezó a funcionar el proyecto de los talleres, que terminó llamándose La Casa del Escritor.

Los talleres literarios terminaron siendo dos: uno de poesía y otro de narrativa, que incluso tuvo participantes de Guatemala. El taller de poesía fue el más concurrido: en los ocho años que lo dirigió Rafael tuvo alrededor de 30 participantes. No es que los 30 llegaran de una vez, sino que con fuimos llegando con el tiempo, de uno en uno. Alguien leía sobre La Casa en un periódico o en un blog y se animaba a llegar, otro oía los poemas de la gente de La Casa en algún recital y a la sesión siguiente se aparecía, a otro algún miembro del taller o alguien que sabía del proyecto le recomendaba que llegara, o lo invitaba, o simplemente lo agarraba y se lo llevaba. Y así.

Además de los talleres de literatura, más tarde hubo clases de música y de defensa personal, un taller de danza y otro de guiones y video. Y la lingüista estadounidense Karen Schairer, de la Universidad del Norte de Arizona, coordinó a través de La Casa un proyecto etnográfico: del 2004 al 2008 recorrió el país entrevistando a personajes importantes de las comunidades y dejó documentados, entre muchas otras cosas, oficios y tradiciones ya perdidos. El proyecto se llama Archivo de Historia Social y sus materiales quedaron registrados en CDs y esperan su momento para ser editados. En La Casa del Escritor, pues, se hizo literatura, pero también hubo muchísimo más.

Ahora, para volver sobre los talleres literarios, yo participé en el de poesía. Varias veces he intentado escribir sobre cómo fue estar ahí, pero son tantas las cosas que se me vienen ya al escribir, que para hablar de él quisiera contar cómo era la primera sesión de alguien.

El taller se reunía los domingos en la tarde. Teníamos una bebida oficial, la cocacola, y comíamos pan dulce o cualquier chuchería que los miembros del taller llevaran. Íbamos llegando de las 3:00 en adelante. Ahí encontrábamos a Rafael. Y nos poníamos a platicar de cualquier cosa. Un miembro nuevo llegaba y lo que encontraba en vez de un taller de poesía, en vez de gente seria o con alguna traza de poeta o de intelectual, era gente sentada alrededor de una mesa, platicando y comiendo. Y platicábamos de cualquier cosa: de literatura, por supuesto, pero también de blogs, política, televisión, internet, los videos de la Tigresa del Oriente, la Amapolita del Araguay o Delfín Quishpe. Un nuevo que llegaba podía encontrarse con prácticamente cualquier cosa: desde reflexiones y detalles desconocidos sobre la guerra de El Salvador hasta un montón de gente que se reía a carcajadas de un chiste muy nerd o muy banal. Pero llegaba un momento en que Rafael preguntaba: “Bueno, ¿alguien trajo textos?” y varios decían que sí y ahí empezaban a salir folders, páginas y cuadernos, se iba haciendo silencio y todo mundo se quedaba atento, y Rafael decía: “A ver, pues, ¿quién va primero?”. Y empezaba el taller.

Y el taller consistía en esto: leías tus poemas en voz alta y luego los compañeros te hacían comentarios técnicos sobre tu texto: veían si el sonido, el ritmo, las imágenes, las ideas de tu poema funcionaban, si eran literariamente efectivas. Veíamos si el ritmo era bueno, si las imágenes se veían, si los conceptos se comprendían, si el poema hacía sentir algo. Si alguna parte no era efectiva los compañeros la señalaban y, a veces, también sugerían alguna corrección. Y si había cosas originales, emocionantes, deslumbrantes, pues también las hacíamos notar. Decíamos: “¡Eso me gusta! Por favor, volvelo a leer”. En resumen, veíamos tanto aciertos como errores literarios.

El taller, básicamente, se trataba de que uno aprendiera a corregir sus propios textos. Para eso era que los demás te oían y criticaban tu texto, para que pudieras ver, y aprender a ver, tu texto con los ojos de otro. Eso es lo que a fin de cuentas hace uno a la hora de corregir, que la hora verdaderamente seria de escribir.

Siempre que llegaba alguien nuevo, el primero en comentar el texto era Rafael. Él tenía, obviamente, mucha más experiencia en escribir y podía ver cosas que a uno ni se le hubieran pasado por la cabeza. Además él tenía otra cosa: tenía empatía con la gente, tenía tacto para hablar. Primero platicaba con vos para que te sintieras en ambiente, después leía un miembro antiguo del taller para que vos vieras cómo era la dinámica y después leías vos. Y después de que vos leías hablaba Rafael. Porque con los nuevos podía pasar una de dos cosas: podían conocer ya bastante de literatura y de técnica y llevar textos ya bastante depurados , y en ese caso los comentarios y las observaciones eran cosas en cierto modo familiares, pero siempre útiles; o podía ser gente que escribía a puro instinto, porque le salía, y llevaban poemas donde el 99% era un desastre total (llenos de lugares comunes, rimas fáciles, métrica mal hecha, etc.) y tal vez sólo unos cuantos versos, tal vez sólo, incluso tal vez sólo una frase, eran algo único, singular, un destello de su propio estilo.

Entonces, en esos casos, Rafael hablaba primero y explicaba cada error y por qué cada cosa no funcionaba. El poema se revisaba verso por verso y, después de desarmar todo ese desastre, le señalaba esas partes singulares, esos lugares que brillaban, y le decía: “Esto es algo que hasta ahora nadie había dicho así. Esto es tu estilo único. Si querés escribir literatura en serio, es a partir de esto que tenés que empezar a trabajar, porque este es tu modo propio, único, de decir las cosas, y sólo si desarrollás tu propio estilo vas a poder escribir algo realmente nuevo. Así que ¿a qué le apostás? ¿Querés jugar a esto?”. La apuesta, el juego al que te retaba era a escribir con calidad y, ¿por qué no decirlo?, con universalidad. Y los que entramos al juego somos los que nos fuimos quedando en los talleres.

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Así, el tiempo fue pasando, fuimos mejorando nuestra técnica y empezaron a salir textos muy buenos; y después, libros muy buenos. Empezaron las publicaciones, de textos sueltos y de libros, y la gente de La Casa empezó a sonar: en recitales, conversatorios, entrevistas y festivales; y en periódicos, revistas y antologías, tanto del país como del extranjero (este año nos publicaron Memorias de la Casa, una antología de nuestro taller de poesía). Nuestros textos llamaron la atención de lectores, escritores y académicos, y así La Casa ha llegado a convertirse en un referente de la literatura joven del país, de lo que está escribiendo la generación de los que nacimos del 80 en adelante.

El tiempo en La Casa fue un tiempo de aprendizaje y un tiempo de amistad. Aprendimos a usar nuestras propias herramientas para escribir y formamos un gran grupo de amigos, una comunidad de escritores, que creció, se desarrolló y produjo textos y libros hermosos.

Pero todo tiempo tiene su final.

En 2009 Rafael enfermó de cáncer, fue operado varias veces y estuvo a punto de morir, pero logró recuperarse. En 2010 recayó y su salud fue empeorando, hasta que murió en abril de 2011. Fue un mes cruel, “el mes más cruel”, como lo llama T. S. Eliot, uno de los poetas que amaba Rafael.

En La Casa del Escritor otro director fue nombrado, pero nosotros ya no asistimos. Por un lado, habíamos terminado nuestro proceso en el taller: habíamos escrito nuestros libros. Y por el otro lado, La Casa no era lo mismo sin Rafael. Él era un amigo de todos y todos éramos sus amigos. Nos la pasamos platicamos tardes, noches, semanas enteras con él, en el taller y en su casa. Oíamos música, veíamos películas, trabajábamos textos o simplemente platicábamos de lo que fuera. Su idea de abrir un espacio de formación y de encuentro de escritores había funcionado. Nosotros estuvimos en ese espacio y, más que un proyecto cultural, ese lugar y ese tiempo resultaron ser para nosotros una casa, un verdadero hogar. Y Rafael, más que el director de ese proyecto, había sido el anfitrión de esa casa. Alguien que abrió la puerta y nos invitó a entrar, que nos recibió y nos trató como a iguales, como a escritores con todas las de la ley, y, aún más que eso, como a amigos, y eso hizo ese tiempo grande.

Hay mucho más que quisiera decir sobre Rafael. Sobre las ideas que él tenía sobre la literatura, sobre lo mucho que disfruté y me emocionaron sus libros, sobre lo que aprendí de ellos, sobre lo que como persona compartí y aprendí con él. Pero creo que por ahora, las cosas aún están muy recientes y no sé verlas todas y no encuentro del todo la manera de decirlas. Ya luego veré si puedo, y cómo puedo, escribir todo eso sobre este amigo.

Nota:

Rafael Menjívar Ochoa fue músico, escritor y periodista. Escribió en todos los géneros literarios, sobre todo narrativa. Entre sus libros destacan las novelas Terceras personas, Trece, Instrucciones para vivir sin piel y Breve recuento de todas las cosas y el ensayo sobre la guerra en El Salvador Tiempos de locura. De 2002 a 2010 dirigió los talleres literarios de La Casa del Escritor. Vivió de 1959 a 2011.

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