Cine – Avatares de la derrota: Ordinaria locura, Barfly y Factotum

Avatares de la derrota: Ordinaria locura, Barfly y Factotum

Por Bill Barreto

Charles Bukowski es el escritor crapuloso por excelencia, un trashumante de la sordidez capaz de obtener de cualquier lupanar o miseria humana una huella corrosiva, en sus relatos cortos, en sus novelas, la vida es una innecesaria colección de derrotas donde quizá lo más angustiante es comprender lo insignificante de cualquier emprendimiento. Escoger no escoger y evadir la cadena de las decisiones que nos atan son algunas de las tentaciones a las que recurrentemente ceden sus protagonistas, esos depositarios del renunciamiento y de cuanta bebida alcohólica se cruce en su camino.

Con semejante prontuario la puesta en escena de algunas de sus obras enfrentó desde un principio un reto: descubrir a sus personajes sin dejarlos regodearse en el malditismo, eso y escoger hasta qué punto se podía representar la sordidez en pantalla.

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Ordinaria locura (1981)

Basada en el libro de relatos Erections, Ejaculations, Exhibitions and General Tales of Ordinary Madness de 1972, Ordinaria locura es más el retrato hablado del alter ego Charles Serking, un escritor alcohólico vagabundeando por Los Ángeles, que una obra unitaria. El argumento inconexo se ve favorecido por el carácter fragmentario del devenir de Charles, sus relaciones intermitentes con las mujeres y las reiteradas paradas a recargar combustible (a beber) de su protagonista.

Bajo la dirección de Marco Ferreri, el actor Ben Gazzara nos presenta al más lírico de los avatares de Bukowski de esta trilogía, empeñado en satisfacer sus más elementales necesidades: bebida, mujeres y escribir (tal vez no en ese orden). El Charles de esta historia es el comentador de su tránsito, el testigo indiferente de su vida. Su consigna del “estilo” reza que éste “es una forma nueva de enfocar algo peligroso o aburrido” y que el arte es “hacer algo peligroso con estilo”; torear, boxear o amar son para él un ejemplo de este ejercicio vital. Vida y obra son un programa inseparable que lo mismo sirve para irse a pique como para tocar a los ángeles, esos seres iluminados y malditos que tienen el hábito de estrellarse en su camino.

Denostado por las feministas por instrumentalizar a las mujeres, por hacerlas sujeto de abyección o de patologías infinitas, la escritura de Bukowski coincidió en el tiempo con el inicio de los llamados “estudios de género”, quizá no resulte aventurado señalar que esto no es una casualidad.

“Cada mujer es diferente. Básicamente parece que sean una combinación de lo mejor y lo peor, lo mágico y lo terrible. Estoy contento de que existan, de todas formas”. Charles Bukowski, Mujeres.

A una mayor apertura del reconocimiento de los deseos, las filias, las fobias y las penumbras de las mujeres, se sucede también un tratamiento ya no diferenciado de aquello que se puede o no mostrar de ellas. La cosificación del sexo, y en general del deseo en todas sus formas, las alcanza también y las dejan entrever más complejas, más opacas. En Ordinaria locura es Cass el personaje femenino que encarna esta dirección; impredecible, perseguida por las renuncias y deseosa del dolor como olvido es ella quien lleva la negación hasta un extremo que Charles no se atreve a dar. Cass es el ángel de la renuncia, del desapego y de una independencia que nadie puede penetrar.

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Barfly (El borracho) (1987)

El siguiente título se centra en el ámbito vital favorito de los personajes de Bukowski, en este caso el bar. Ser una mosca de bar puede comprenderse como la reiterada disposición a deambular en círculos irregulares alrededor de estos sitios. Dando tumbos de noche en noche, Hank, encuentra en The Golden Horn, su particular recinto de abundancia, compañeros bebedores impenitentes, cantineros hostiles o amables y la oportunidad de terminar cada noche con una pelea en el callejón trasero.

El Hank de esta historia no es otro sino Mickey Rourke, quien se suma a la estela dejada por el gran Ben Gazzara, añadiendo desparpajo y auto ironía a la representación de uno de los dobles literarios de Bukowski. Mickey Rourke constituye en sí mismo un ejemplo de actor autodestructivo; destinado a ser un símbolo sexual durante los ochenta después del éxito de 9 semanas y media que protagonizó, prefirió seguir una carrera menos convencional que incluyó el boxeo profesional y obras como esta película. Al personaje de Hank aporta, quizá por esta experiencia vital, el oscuro deseo de ser castigado de algunos boxeadores, la lucha como metáfora de la vida, por gastada que esté la figura, se reitera en toda esta cinta, que empieza y cierra justamente con una pelea en el bar. No importa el número de caída, no importa ganar o perder, lo que vale es resistir; y resistir consciente de lo inútil del acto es superar la ética del triunfo.

Este filme contó con el guión del propio Bukowski y la dirección de Barbet Schroeder; la resaca del rodaje para un habitante de los bajos fondos de Los Ángeles como Charles produjo además una nueva novela de este autor: Hollywood, una mirada ácida al ecosistema hollywoodense y el húmedo sueño americano.

La labor del escritor dentro del sistema del mercado editorial encuentra espacio en esta cinta, al igual que en toda la producción de Bukowski; escribir desde la marginalidad y no únicamente sobre la marginalidad es la guía que Charles/Hank sigue. La correspondencia entre la renuncia etílica y la libertad para crear únicamente aquello que le interesa son para este personaje tan irrenunciables como los bóxer percudidos que usa en todo el filme.

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Factotum (2005)

El último largometraje basado en la obra de este autor es una adaptación de su novela Factotum (1975), en ella encontramos al Hank repartidor de hielo, empleado de fábrica, vendedor de un almacén de bicicletas y apostador en el hipódromo, entre otros trabajos/ocupaciones. Se trata del Hank escritor rechazado y bebedor concienzudo, una vez más intermitente en sus relaciones amorosas, alérgico a cualquier responsabilidad y amante de las palabras. Escritor en formación convencido de que su destino es la escritura, por convicción y sobre todo porque no sabe hacer otra cosa. Como tal siente “las palabras no como algo valioso, si no como algo necesario”.

En este filme dirigido por Bent Hamer, Matt Dillon nos presenta a un Hank trabajador temporal de aquello que le resulte necesario para vivir y beber, su interpretación nos trae a un Chinaski más prosaico, menos grandilocuente, pero con un aire más pillo. También formalmente la cinta resulta más convencional, muestra ambientes menos cargados de signos que Ordinaria locura y menor suciedad y abandono que Barfly. El talante desvergonzado de los personajes permanece dentro de un formato más estándar, empleando por ejemplo la música para acentuar algunas situaciones, aspecto obviado en las anteriores cintas, empeñadas en ser más descarnadas.

Factotum en cambio gana en comicidad y absurdo, en esta cinta se explota un poco más la vena corrosiva de Bukowski en situaciones absurdas, enredos y muestras de estupidez social. Con una fotografía de tonos más variados que las dos cintas anteriores y más desarrollo de acciones en ambientes abiertos, este filme se acerca más al público estándar no necesariamente lector de este autor.

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Californication, Hank 2.0

La alargada sombra de Bukowski, tanto dentro de su obra ubicada en el llamado “realismo sucio”, como en la leyenda ha generado una explotación de múltiples recursos: sátira social, lirismo bronco, erotismo o simple explotación pornográfica. El resultado de esa reformulación contemporánea es una serie de televisión de la cadena Showtime, Californication, una versión rebajada de la dosis extrafuerte creada por Bukowski. En esta serie Hank Moody, un escritor bebedor, mujeriego e irreverente se muda a Los Ángeles para la adaptación de una de sus novelas, convertida en Hollywood en un producto digerible por todas las audiencias. Peleas absurdas, visitas a la cárcel intermitentes, promiscuidad y demás aderezos del mito literario explorado por el Hank original son usados en esta serie como empaque de una comedia que oscila entre el homenaje y la parodia al escritor liante que conocemos. Quizás la adopción del modelo literario, cinéfilo y, en fin, hasta legendario de nuestro autor ha llegado para quedarse, al punto de poder tener cita con uno de sus avatares en horario semanal.

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