Después del fin… – Una visión desde afuera

Tanto Berlín en Guatemala

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Por Sue Hermenau

Berlín es una ciudad con muchas caras. Te permite ser tú misma. Te enseña a indagar lo que conocemos como normalidad, porque cada día te muestra otra version de ella. Te vuelve loca y te pone feliz. Te baña en historia. Cada rincón tiene su contexto único, cada callejón es un enigma sin salida. Soy una berlinesa enamorada de su ciudad, como todos los berlineses, pero hubo tiempos en los cuales este amor era agotador y triste. Entonces me fui.

Cuando llegué a Guatemala, por primera vez, reconocí algo en su aire. La misma negra melancolía, una tristeza familiar, la vacilación en las miradas de la gente. Era el año 2000, tenía apenas 19 años y andaba con mi mochila y una guía turística “Lonely Planet México”, que contenía unas diez páginas sobre Guatemala, en donde no mencionaban nada del pasado del país, sino solamente los mejores bares para encontrar a otros mochileros. Me encontré con otros mochileros entonces, probaba la famosa “Gallo” y los “chuchos” de las señoras del mercado, me sentía muy auténtica, casi chapina probando tortillas y atol.

En los periódicos que compraba, solamente para apoyar a los muchachos que los vendían, aparecían informes sobre asesinatos, masacres, linchamientos y pandillas. Apenas entendía lo que se reportaba, pero cada artículo estaba acompañado de varias fotos.

Viví meses en Xela sin escuchar nada de la guerra. Observé el racismo cotidiano, el “no seas indio”, las “muchachas” sin nombre en las casas de mis amigos guatemaltecos que servían el desayuno, después de nuestras pachangas, sin levantar la mirada, la separación total entre “ellos” y “nosotros”. Me contaron chistes sobre Rigoberta Menchú, burlándose de su dialecto, y algunos me confesaron su adoración por Hitler y su campaña racial.

Me lastimé el brazo y tuve que ir al hospital donde un montón de gente estaba esperando al médico en una fila de más de un kilómetro. Cuando quise ponerme en la cola, vino una enfermera y me dijo: “Usted no tiene que esperar. Adelante, el doctor la está esperando.” Y por tonta me adelanté. No voy a olvidar nunca cómo la gente me miró cuando caminé delante de ellos. Fue cuando empecé a sentirme incómoda.

Por ser alemana, de cabello rubio y ojos azules, algunos pensaban que se podía hablar “entre amigos” conmigo. Había un consenso silencioso en decir que los indios tienen la culpa por el “subdesarollo” guatemalteco, que se necesita una mano dura en el parlamento para echar niños callejeros de los restaurantes, que el pasado debe descansar en paz para no despertar los fantasmas de antes. Fue cuando me enteré de que el entonces presidente del parlamento, Rios Montt, era un asesino. Fue cuando empecé a sentir la guerra cerca.

En Alemania trabajamos mucho en el desarrollo de una memoria colectiva, que tuviera valor para más de una o dos generaciones. Cualquier alemán, que tenga 89 o 16 años, siente la culpa de Auschwitz a costillas. Es así, porque lo aprendemos en la escuela, lo vimos en la tele, lo escuchamos en la radio. Conocemos los nombres, los datos, las estructuras y razones políticas para que “nunca más” pueda volver a pasar. Muchos creen que ya basta, que la vergüenza decretada por el Estado construye un rechazo a la superación verdadera del nacionalsocialismo. En las periferias surgen alianzas de neonazis que dicen estar “orgullosos de ser alemanes”, pero en general nuestro consenso silencioso es el temor a todo lo que recuerda al fascismo. Racismo, antisemitismo, sexismo, radicalismo, discriminación.

La pesadilla alemana es el Tercer Reich, y en Guatemala estaba más presente que nunca. Me asociaron de manera directa con la raza aria. Para algunos, valía como señal de calidad; otros bajaron los ojos y se apartaron de mí. Me di cuenta que la tristeza que notaba desde el principio no era otra cosa que un gran trauma social. Por eso me sentía tan en casa. Como berlinesa de la antigua RDA y pariente de la segunda generación después del holocausto, me había vuelto experta de traumas sociales. Conozco su silencio, su miedo, su desesperación y su fea risa de triunfo.

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Así, tomé la decisión de buscar la guerra en la literatura guatemalteca. La versión oficial del así llamado “conflicto interno” se escuchaba como un relato de un accidente de automóviles. Nadie tiene la culpa, son cosas que pasan, el seguro paga o no paga. Desde la firma de los famosos Acuerdos de Paz habían pasado casi doce años, y quería saber si, por lo menos, entre las líneas de un texto se podía encontrar un poco de la verdad. Pero no supe cómo empezar. En la gran Biblioteca Iberoamericana de Berlín encontré algunas ediciones de Miguel Ángel Asturias y Marco Antonio Flores, pero nada escrito después de 1996, a excepción de Rodrigo Rey Rosa quien se dedicó en su libro a hablar de Tánger, una ciudad marroquí.

En el internet encontré por primera vez una Guatemala distinta a la que yo había conocido. Entre miles de clicks y enlaces aparecían nombres como los de Javier Payeras, Ronald Flores, Pablo Bromo, Maurice Echeverría, Julio Serrano o Estuardo Prado. Algunos tenían su propio blog, donde publicaran textos críticos y llenos de cinismo; otros celebraron lecturas y performances. Leí acerca de la Casa Bizarra, un proyecto de arte alternativo en Ciudad de Guatemala que apareció inmediatamente después del fin de guerra, y vi un video de una performance de Regina José Galindo, en el cual se moja los pies con sangre y camina por el centro histórico de la capital. Fueron descubrimientos felices.

Javier Payeras se recuerda en 2007: “Hace diez años un grupo de artistas creó una extraña mixtura entre café literario y galería experimental que llamaron Casa Bizarra: un viejo caserón neoclásico y en pleno abandono en el centro de la ciudad. Guatemala, por ese entonces, vivía una de sus tan acostumbradas oleadas de optimismo, pues muchos creían que los Acuerdos de Paz anunciaban nuevas reglas en el tablero del ajedrez político, lo que no fue más que otra vana ilusión que duró lo que dura un Latin American Idol en las listas de popularidad. Sin embargo, la vitalidad que los nuevos artistas traían al medio cultural guatemalteco parecía no claudicar con el vaivén ideológico de la posguerra”.

Posguerra, posguerra, posguerra. Nadie quiso pertenecer a una generación de posguerra. Argumentaron que “el adjetivo posguerra no termina de dar cuenta cabal del malestar de la cultura” (Sequén-Mónchez), remitieron a la diversidad y heterogeneidad de su literatura. Maurice Echeverría admitió que “hubo cierta reacción a ese conflicto armado”, no más y no menos.

En febrero de 1998 alguien llamado Estuardo Prado fundó la Editorial X. Tenía 27 años y aunque nunca lo vi en ninguna foto, y menos en vivo, siempre me lo imaginé como un Kafka enfurecido e intransigente. La fundación de la editorial fue acompañada por la publicación de un manifiesto firmado por un tal X. Encontré partes del manifiesto en Internet: “Teniendo un especial y pervertido placer en lo extraño, en lo anárquico, en lo rebelde, en lo inmoral, en lo inusual y en la sangre de escritores jóvenes (cabe aclarar que por jóvenes entendemos la edad comprendida entre los 13 y los 31 años, y no los 40 al 50 del gremio de escritores guatemaltecos autodenominados como los más jóvenes). Es así como se inicia una nueva era de cambio y apertura, alentando a todos los que escriban con el hígado, con los riñones, con el cerebro o con lo que putas se les venga en gana (media vez sea diferente a “El Señor Presidente”, “La mansión del Pájaro Serpiente”, “Cara Prieta”, “Hogar Dulce Hogar”, y a miles de mierdas similares) a participar en esta editorial”. Entonces supe que, finalmente, había encontrado lo que buscaba.

Prado publicó varios libros en la editorial, entre ellos Estética del Dolor (1998), Vicio-nes del exceso (1999), El libro negro (2000) y Los amos de la noche (2001). Él parecía ser algo así como un ídolo de la escena literaria de allá. Toda esa información la había adquirido en el world wide web, pero hasta ese momento nunca había tenido un libro real de la editorial en mis manos. Con la amistosa ayuda del poeta Julio Serrano, a quien conocí a través de múltiples emails (hasta hoy no lo he visto en persona), me llegaron no solamente libros de la editorial X, sino también de varios escritores jóvenes de allá. ¡Fue una revelación cuando abrí la bolsa plástica llena de libros que un amigo me traía desde Guatemala! ¡Gracias, Julio!

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A partir de allí, elegí textos de Prado y Echeverría para mi investigación, porque eran dos polos distintos, uno crazy y fantástico, el otro demasiado seco y muy drástico. Después de una lectura cuidadosa analicé paso por paso lo que me parecía ser parte del trauma. Me pregunté ¿Cómo construían su identidad en los textos. Cómo se relacionaban consigo mismos, con su generación, con su país? Y Concluí que los dos subrayaban su individualidad como primera prioridad. Los textos eran individuales, nuevos, en contra, progresivos y ¡punto!

Claro que los “escritores jóvenes de los 40 al 50” se quejaban de la nueva oleada de artistas. No eran para nada de su gusto: “Hablan de sí mismos, que es la única realidad que conocen. Para meterse en los intrincados meandros de la sociedad, de cómo está estructurada, hay que estudiar leyes de desarrollo, sociología e historia para poder hacer un análisis novelístico del mundo en el cual se vive, pero éstos no lo hacen y lo peor es que no les interesa. Sólo les interesa su bacha, los tragos, el reventón, un par de traidas fáciles y sus cuates. Es el mundo en el cual se mueve la actual literatura guatemalteca. De ahí no salen, porque no tienen una profunda autoformación. Porque la literatura sólo les interesa como un fenómeno mediático. (…) No, aquí viene el facilismo de escribir babosadas de lo que me sucede a mí y a mi traida, y ahí murió”, dice Marco Antonio Flores en una entrevista del año 2004.

Un ejemplo de Prado (1999): “Un nuevo país en donde las farmacias venderán todo tipo de drogas sin receta, pues la drogadicción no será perseguida; sino impulsada (…). En este nuevo estado, que será independiente del influjo maléfico de las naciones unidas y sus políticas de dominio y explotación mundial de los más fuertes con los más débiles, la vida será un eterno éxtasis en donde se reconocerá que el único fin del hombre es la creación de deseos en su equipo instintivo corporal y la completa satisfacción de ellos“.

Otro ejemplo de Echeverría (2000): “Gustavo manejaba aún por las calles y se detuvo en un semáforo inoportuno. Un auto se detuvo a su vez a nuestro lado. El piloto bajó entonces el vidrio oscuro y nos miró fijamente. Gustavo le devolvió la mirada con rencor, visiblemente molesto. El tipo hizo entonces un gesto: sacar un arma brillosa, impostergable. Apuntó directo a nosotros. Gustavo tenía a su vez una pistola entre las piernas y la sostenía con su mano derecha. Yo estaba entre el tipo y Gustavo (pues el auto del tipo estaba a mi lado): yo estaba en medio. Pensé que a Gustavo no le importaba demasiado en ese momento morir (lo intuí en sus ojos o en su boca, no recuerdo muy bien), pues morir había sido su intención desde un principio: pero yo estaba en medio. Y se lo dije: “No, Gustavo: estoy en medio.” Sin embargo Gustavo no parecía escucharme; sujetaba la pistola con más fuerza, con desesperación, con toda su miseria asumida, con todo su vacío encontrado, se ajustaba a un rencor original, a una furia anterior, que aguardaba, paciente acaso, ese lapso de sangre, esa confusión primitiva. (…) Gustavo sudaba rabiosamente. La mano de Gustavo sudaba rabiosamente. (…) El semáforo cambió a verde: el auto y el tipo se marcharon”.

Trabajé en el silencio, las drogas, el suicidio, la depresión y automutilación de las palabras encontradas. Las analicé como síntomas del trauma: la violencia continua y brutal; el odio asqueroso hacia la nación guatemalteca, hacia el otro género (la mayoría de los escritores que encontré eran hombres), hacía los padres, los maestros, la sociedad. Todo eso lo conocía de Alemania, y de una perspectiva parecida: la de los sujetos del delito. La vergüenza de haberse callado, el asco que sienten por el Estado, por los demás.

En Guatemala más de 45 mil personas fueron desaparecidas de manera forzada. Una cifra enorme. ¿Pero quiénes los desaparecieron? ¿Y quiénes se callaron y simularon no haber visto nada? Ojos que no ven…

Alemania fue vencida en 1945, en 1968 –23 años después– se rebelaron miles de estudiantes en Alemania Occidental contra el silencio de sus padres y abuelos que declararon: “No lo sabíamos. No conocíamos los campos de concentración, no nos dimos cuenta.” Ahora mueren los últimos testigos de esta época y tenemos que buscar una manera para memorizar el pasado independiente de ellos. El Holocausto siempre será tan alemán como la Puerta de Brandemburgo, la caída del muro o las salchichas con mostaza.

Trabajar el pasado de manera profunda y dolorosa va a ser la tarea de personas que hoy ni siquiera han nacido –los nietos de los hijos de hoy. La negra melancolía, la tristeza, la vacilación en las miradas de la gente persisten igual que el racismo y la ignorancia. Pero con iniciativas como la editorial X se sembraron primeras raíces. Otros blogs, lecturas, libros y performances siguieron y siguen. La verdad busca su camino. Desde Berlín los sigo, deseándoles ¡todo el poder!

Ilustración: Luis Urrutia / Editorial X

Fotos: Página de Literatura guatemalteca

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