Estética X – Irreverente sensatez

Editorial X. Diseño proletario o irreverente sensatez

29-esteticax-acordeon

Por Rosina Cazali

¿Cómo determinar aquello que sucedía en los interiores de las publicaciones de la Editorial X y la manera como lo gritaban sus portadas, y viceversa? Sugiero recordar la figura de quién era el motor de este proyecto editorial. Estuardo Prado, con su barba de cosaco y sus historias de ficción bakuninista, interrumpidas con dagas voladoras, dinosaurios púrpura, vírgenes con tetas de silicón, adicciones, de culturas urbanas y hartas dosis de marginalidad y televisión fue quien imprimió toda perspectiva y tendencia de la estética que adoptarían los libros de esta fugaz empresa. En Guatemala, pocos se aventuran a imprimir libros. Muchos menos al saber que no es buen negocio. No obstante, el motivo de semejante cruzada fue la urgencia misma de publicar aquello impublicable, por incorrecto y por ser la voz de su propia generación. Se trataba de construir el espacio propio, para una comunidad de poetas y narradores que aspiraban a no pedirle permiso a nadie y reclamar de mil maneras virulentas a una sociedad que, si en los 35 años de guerra civil había mostrado su peor adicción a la carnicería, para entonces sacaba lo peor de sí. Hijos de padres ausentes y de Bukowski, escupieron las palabras y las narraciones que mejor denotaban su pertenencia a una familia disfuncional y sin posibilidades de retorno a la civilización.

Cuando se disparan estas dinámicas nunca hay uno sin dos. Otro de los personajes claves en la construcción de la Editorial X fue Luis Villacinda. Luis es de esas personas cuyo valor máximo es la curiosidad, para quienes resulta como un gran atractivo exaltar la individualidad y la orgullosa originalidad de cada persona. Todo eso volcado en su interés por lo underground, militando a favor de proyectos “en situación”. Es decir, como el mismo Luis advirtió, sin dinero de por medio. Después de eso hay que recordar que hay proyectos de poca vida, por el desgaste de sus recursos y la misma torpeza de no haber sido formados como empresarios. Sin embargo, en la medida en que se trasciende toda pretensión, son éstos los proyectos que han de quedar inscritos en la historia como referentes insoslayables.

La estética respondía a los contenidos y viceversa. Y si Estuardo Prado no ponía limites en la escritura de los textos, si no había reglas o censura, los diseños de Villacinda acompañaron y se nutrieron de todas sus intenciones; cero cursilería. Para entonces, trabajaba para el suplemento cultural El Acordeón, de El Periódico, y eso correspondía con una época de muchas licencias para experimentar y que el mismo diario fue perdiendo a través de los años, prescindiendo de Villacinda y quedando como un recuerdo de buen diseño y riesgo. Por supuesto, la gran diferencia era el público de la Editorial frente a la de El Periódico. El primero se movía en la esfera de lo urbano, en función del momento y del lugar. Los contenidos definían pero no de manera lineal o literal. La estética del desparpajo que llegó a desarrollar Villacinda era un valor añadido, el cual proyectaría muchos aspectos de ese paisaje sonoro de la calle, la amalgama familiar de gritos de vendedores ambulantes y policías panzones, de nostálgicas consignas en los gritos de las manifestaciones de la plaza pública, los pleitos callejeros, el “scracht” del graffiti, el olor extravagante de las cevicherías y las prostitutas, las rancheras melosotas de la rocola en El Olvido. Todos cruzados con eventuales disparos al aire, el paso de ambulancias o el silencio cómplice que se respira en el retrete de un cine porno sobre la Sexta.

29-esteticax-columna

“Estuardo Prado siempre me inspiraba esa necesidad de romper algo, ir en contra de algo…”, me confesó Villacinda. En realidad eso es decir poco si lo apuntas en escenarios que se apoyan en el quiebre como cultura de vida y muerte. Lo importante de su confesión es, precisamente, el lugar desde donde surge la motivación para ponerse en guardia contra toda forma de reglamentación. Me refiero a un país signado por un sentido de verticalidad demencial y cuyos antecedentes de diseño han de ser mínimos, tímidos y generalmente acartonados. En el breve árbol genealógico de los fanzines habría que mencionar a revistas como Qué pasa calabaza, surgida en los años setenta, cierta capacidad de impostura que generó Daniel Shaffer con sus carteles impresos con serigrafía y otras contadas honrosas excepciones. Sobre todas las cosas, hay que mencionar que la Editorial X no fue un fenómeno aislado. Su época aportó una significativa corriente estética, la cual generó una forma de hacer y entender la gráfica. Recurrir a la tipografía como un medio expresivo, por decir algo, que no es cualquier cosa. La cruzada de Prado fue acompañada por formas artísticas inusuales, algunos poetas construían libros objetos y las fiestas clandestinas llenaban la necesidad de representación generacional. Yo no pertenezco a ese grupo pero sí fui testigo de un episodio que devolvió el arte a las calles, de donde nunca debió irse.

Es curioso. Ahora que lo pienso, la desaparición de Prado –ficticia o no- tiene que ver con la desaparición de la misma empresa y de ese espíritu anarquista, que fue la base del diseño proletario, de irreverente sensatez que nos regaló una época y una generación. No podía ser de otra manera. En un afán de fabular, la tradición oral afirma que se lo llevaron extraterrestres travestis. A la X, también.

Diseño: Luis Villacinda

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s