Literatura guatemalteca – De Julio Calvo y sus fenómenos paranormales

De Julio Calvo y sus fenómenos paranormales

Por Luis Méndez Salinas

Círculos misteriosos en los sembradíos de la web

Enormes eran los campos de cultivo, como enorme la extensión de aquellas líneas que empezaron a invadirlos. Los maravillosos surcos de esos sembradíos se torcieron, las plantitas se doblaron, y entre la incertidumbre y el asombro, la cosa fue volviéndose compleja. Al principio se pensó que fueron los tornados y los vientos, pero aparecieron difíciles polígonos y figuras lineales cada vez más raras. Luego, alguien propuso que eran bromas y que alguno de nosotros era el responsable, pero se “comprobó” que los dobleces en las plantas eran no-convencionales. Pronto se agotaron las opciones: estábamos frente a clarísimos mensajes de comunicación (y por lo tanto, vida) extraterrestre. Sí, me refiero a los agroglifos, aquellas figuras soñadas que (creamos o no) dejaron los aliens para que limitemos nuestra soberbia y abandonemos la idea de que somos los únicos y los más lindos de nuestra galaxia.

Como sea, hay fenómenos que se replican sin importar contextos específicos, y así como esos figurones hechos a partir del sufrimiento de plantas inocentes nos obligaron a replantear los rígidos esquemas de nuestro pensamiento cósmico, misteriosos círculos han venido apareciendo en el esquema (igual de rígido) de La Literatura Guatemalteca. Hace unos 10 años se manifestaron por primera vez en medios impresos: varios libros con textos “bizarros” y otros más que presentaban misteriosas “equis” en sus portadas dejaron en claro que existían realidades más acá del sufrimiento y la guerrilla. El hermoso y bien peinado campo de esta literatura amaneció un buen día con incisiones y dibujos necios, que ponían fosforescencias inusitadas en un panorama más negro que la noche negra.

Era de esperarse que el fenómeno este produjera algún desborde: ahora, manchones de luz reelaboran de a poco nuestro mapa y la “tradición” se desplaza por las más diversas vías, multiplicando por mucho las posibilidades de contagio. Su campo de acción se amplía inimaginablemente cuando toma por asalto las pantallas, pues ya no dependemos exclusivamente del papel para toparnos cara a cara con una de estas señales de misterio literario. Basta con un par de clicks y uno que otro despliegue para quedar perplejos. Y esto no es la necedad de un hombre ni de una generación: tan solo son los tiempos cambiando (–porque los tiempos cambian, señores, aunque ustedes no lo crean). Entonces, habrá que buscar culpables y, aunque la lista es larga, empezar a seguir pistas. Aquí algunas notas sobre uno de los que, creo, podría estar involucrado. ¿Su nombre? Julio Roberto. ¿Sus apellidos? Calvo Drago. Y estas son sus gracias.

Seres del espacio interior nos visitan

1. Empecemos por sus manifestaciones analógicas, esas que aún son susceptibles de guardarse en la librera. Su primera aparición pública en las cercanías de nuestra negrura literaria se da a conocer mediante una lacónica y fugaz mención de prensa: en 1999 el susodicho se hace acreedor del primer lugar en el certamen de relato Bancafé-elPeriódico. El texto ganador se denomina Megadroide Morfo contra el Samurai Maldito. Enorme fue la sorpresa del hasta entonces bien portado público cultural guatemalteco al toparse con un atípico relato que, en palabras de su autor, podría definirse como “ultrarredundante, ultraviolento y ultratecnológico”, epítetos que ajustan con precisión para referirnos a una espectacular (en el correcto sentido de la palabra) batalla entre dos metamórficos y superinteligentes personajes de manga japonés.

No se sabe dónde ni cuándo ni por qué se produce tal enfrentamiento (–¿dónde está el contexto, dónde el sufrimiento? —preguntaron Los Intelectuales). Sin embargo, haciendo gala de una sagacidad ejemplar, Julio utilizó recursos gráficos e idiomáticos propios de su nutrida cultura pop, para intercalar en el relato estampas cotidianas de esa Guatemala-morfo que se configuraba entonces. Así, mediante constantes desvanecimientos que encaraman al lector en un inmenso péndulo entre la realidad (violenta) y la ficción (hiperviolenta), se entretejen historias pequeñitas y contundentes que giran alrededor de esa misma batalla que se vive (y se imagina) cada día. Tendríamos que llegar al final del cuento (cosa inusitada para nuestro lector promedio) y darnos cuenta que lo que realmente sucede, lo que realmente se narra, es la experiencia de un niño clasemediero que hace, como muchos de nosotros, zapping frente al televisor (–ahí el argumento, ahí el contexto, señores).

Según me contaron, varios de los lectores que tuvieron la suerte de observar la prístina manifestación de este Nuevo Narrador Guatemalteco (como algunos se atrevieron a llamarle) se comunicaron preocupados al matutino que publicó el relato en su suplemento cultural, debido a que no entendían algunos de los caracteres impresos: esos símbolos extraños, esas palabras raras y sumamente largas y, sobre todo, un misterioso código que repetía injustificadamente las cifras 0 y 1. Muchos creían hasta hace poco que eso se debía a que la computadora del autor (o la del matutino) tenía un fulminante virus cibernético, pero las dudas se despejaron casi 10 años después, cuando la Editorial Cultura se animó a publicar el cuento (con códigos y virus incluidos). Como resultado tenemos uno de los libros más arriesgados (textual y visualmente) que se haya visto en nuestro medio, ya que bien puede ser leído o encontrado entre el ON y el OFF del televisor.

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2. Avancemos como los cangrejos, hacia atrás, y vayamos a caer al 2001. En la lejanía de ese año, la Editorial X lanzó uno de sus libros más interesantes y complejos, una de sus piezas más elaboradas: El retorno del cangrejo parte cuatro. Es este el primer libro impreso de Julio Calvo y desde el título inspira el movimiento desordenado de nuestras múltiples patitas que no saben con certeza hacia dónde moverse. Y conste que la complicación que el libro propone a primera vista no termina ahí: esta obra, que parte de una radical autonegación, se resiste a servir de simple y llano contenido para cualquier casilla.

Los Intelectuales (pobrecitos) se preguntaron: –¿En qué género colocaremos esto? Siguiendo sus inmemoriales métodos, procedieron a ubicar el libro apriorísticamente en los pocos géneros que conocían, para luego ir descartando hasta encontrar la etiqueta más adecuada. Dijeron: –-Esto es poesía, es cuento, es ensayo, es aforismo y hasta teatro. Descartaron de antemano la novela (puesto que, para ellos, no hay novela susceptible de tantas y tan vanas divisiones), y empezaron a deliberar. Con enojo vieron cómo el libro no estaba ni dejaba de estar en cada uno de los géneros propuestos. Consultaron entonces con Augusto Monterroso, el escritor más radicalmente innovador que conocían, y él les respondió: –-Es eso, un movimiento perpetuo. Desconcertados y sin comprender, Los Intelectuales metieron el libro intacto en su gaveta, cerrándola con llave y cerrando también los ojos intentaron olvidar.

Olvidaron, cierto es, que hay cosas que nacen con más futuro que presente, y algunos ejemplares de ese libro “anómalo” se saltaron trancas y llegaron a nuestras manos varios años después. Con familiaridad leímos sus negaciones, sus redundancias, sus cifras, sus citas y sus códigos. Memorizamos textos negros sobre páginas negras, y entre tanto negro comprendimos que la literatura es Concepto y que el Concepto baila despojado de sus ropas. Abrir el libro fue colocarnos frente a la concavidad de un espejo que nos seducía siempre, porque en él veíamos deformidades horribles y gloriosas, pero en todo caso lográbamos reconocernos. Este sujeto (con este libro) nos recordó que la literatura no depende de la forma: puede tener una, o todas o ninguna, da igual. Con ello, Calvo no acertó a darnos uno más de esos volúmenes que en ciertos discursos podría usarse impunemente para definir “Nuestra Posmodernidad”. Lo que hizo fue instalar un artefacto literario (publicitario y cómico, si quieren) que explotó lanzándonos a posibilidades nuevas; provocando, justamente, un perpetuo movimiento.

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Para doblar este blog, sólo debes darte cuenta de la verdad: no hay blog

3. La evolución, a estas alturas, es inobjetable, o al menos eso queremos pensar: nuestra modernidad (la modernidad post) sustenta su espejismo de bienestar en el continuo y acelerado crecimiento tecnológico, por lo que diariamente se producen soluciones novedosas que permiten ir descartando lo que consideramos obsoleto. Preguntémosle qué onda a los acetatos, a los casetes y (dentro de poco) a los discos compactos.

La industria cultural se ha montado ya al carro del progreso, y nos vemos en la necesidad de reinventar. Muchos pensaron que el libro (como soporte único y privilegiado de la escritura) había muerto: alucinaron con libreras diminutas que se medirían en gigabytes, y se lanzaron (nos lanzamos) desaforadamente en búsqueda de lenguajes y soportes más amigables, más cool, más in: la fiebre del blog. Cientos de pupilas se dilataban lujuriosamente al pensar en la absoluta libertad y el éxito inminente que representaría ser leído “en todo el mundo”, sin barreras, ni fronteras, ni nada. Con eso en mente, se escribieron cinco o seis posts diarios, se obtuvieron miles de hits y enlaces, y el verdadero potencial de estas herramientas virtuales (no olvidemos: la formación de más y mejores lectores) quedó como un espejismo disuelto que deberíamos replantear. El resultado: miles de bitácoras electrónicas, pocos espacios de gran interés (pero existentes, eso sí), y el libro continúa con sus posibilidades intactas de supervivencia.

Julio Calvo pudo haber tenido un blog y no lo hizo. No lo hace aún. Cualquiera diría que no conozco Hypertexta: el blog de Julio Calvo. Pero no, conozco Hypertexta porque el mismo Julio me la presentó (y nos la presentó a todos) el 5 de mayo de 2010, cuando nos la encontramos en la web. Diré lo que el mismo Julio dijo de ella, de esa página “hipersimple, hiperblanca e hiperminimalista” que sirve de telón de fondo para desplegar palabras. Algunas imágenes, es cierto, pero sobre todo palabras: un desfile de letra y página vía PDF, que le dice a la literatura: –Vení, jugá conmigo, mirá la fiesta loca que nos podemos armar. La literatura no se asusta y se pone a taco con la programación, con su lenguaje y con sus mañas. Así, todo queda girando en círculos cambiantes dentro de este blog que no es un blog y que por lo tanto engaña.

Un sitio dedicado a la disección de alienígenas

4. Sigamos con el espejismo de los blogs, ya que en un posteo reciente se difundió un innovador sistema de filosófico que amenaza con volverse religión afirmando que nosotros, los seres humanos, no somos más que la interfaz de usuario de un complejo sistema de programación que reproduce y reproducirá infinitamente alucinantes combinaciones de ceros y de unos, que no somos más que un extenso código binario almacenado en el disco duro del universo. Si esto fuera así, el mundo que habitamos podría concebirse como un enorme compact disc en eterna rotación: hay un láser que nos rebota encima y que hace jugar nuestros unos y nuestros ceros con los ceros y los unos de los demás.

En uno de sus libros alien que apareció recientemente vía Hypertexta, Calvo pone en duda esas ideas (en especial la de la eterna rotación del disco que nos sostiene) y lanza, sin más, sentencias de gran trascendencia: “El amor hace girar el CD”, “El fin del CD se acerca”, “¿Habrá vida en otros CD?”. La vuelta al CD en 13 tracks es un libro escrito alrededor de 1999, lo que demuestra que los traumas y trances colectivos que dan por resultado las disparatadas ideas de hoy tienen su origen más cercano en el abismo que se abrió entre uno y otro milenio. El absurdo es quizá el único hilo que nos permite revisar con menos pena aquellos temas que nos obsesionaron entonces y que ahora se han vuelto patológicos: la globalización, la democratización de la tecnología y sus lenguajes, las nuevas “espiritualidades”, las debacles ecológicas y las desesperadas búsquedas de identidad cibernética.

Esque pocas cosas son tan bellas como encontrar a una linda señorita con severos problemas de identidad y sentido frente a la pantalla, o recibir de golpe la sabiduría de un Mc que nos abre las puertas de un nuevo mundo espiritual. Entre giro y giro de ese disco imaginado, toca completar el soundtrack que dejaría el testimonio de la catapulta que nos lanza (todavía) al tiempo nuevo, al mismo espacio.

30-guatemalteca-la vuelta al cd en 13 tracks

5. Digamos que esto de los aliens es como todo en la vida, y que hay ejemplares más grandes, más radicales y más engasados que otros. Aceptemos tales condiciones de variabilidad alienígena y volvamos la vista al pez gordo de este estanque literario, que lleva por nombre Cero coma cero. Sus 3.60 megas constituyen un roadtrip a lo largo de 15 años (1995-2009) en la escritura de Julio Calvo. Juraría que he soñado con esos textos saltando desquiciadamente del diskette al disco duro y al cd. Los he visto evolucionando con toda la lentitud del caso desde aquellos años que ya se ven remotos y que configuran una muy particular forma de prehistoria.

Hay aquí un libro de ficciones miniatura que se construye en cinco niveles o pantallas; un libro que es como la minifalda y nos enseña y nos oculta en simultáneo; un auténtico degenere, puesto que los géneros literarios se diluyen por completo y ni siquiera queda el rastro. Uno de esos ceros a que nos remite el título pueden ser las obsesiones y el otro la pasión: pasionales y obsesivos son los temas y la forma de tirarlos a la lona, ya que a punta de letra y puño se les moldea como dócil plasticina.

Ciertos libros se proponen la construcción de un clima: descripciones, diálogos y personajes interactúan de tal forma que llegan a recrearse en la mente del lector con precisión y detalle. Eso es bueno. Sin embargo, hay libros que proponen más dudas que certezas y sirven de conducto entre una realidad y otra, sin pasar precisamente por una recreación mental a cargo del lector. Eso también es bueno. Cero coma cero es uno de esos libros que obligan a mover automáticamente los ojos en búsqueda de esos trozos de realidad (im)posible que la literatura plantea: vampiros que se vuelven escritores, camellos tercos, montañas que se alejan a velocidad insospechada y, por si no bastara, gruesas líneas de horizonte adelgazándose para ocultarnos la verdad. Así de cruel, así de hermoso.

30-guatemalteca-Cero coma cero

No estamos solos en el ciberespacio

Sí señores, nuestra soledad se encoge cada vez más y virtualmente nos abandona. Una de las pocas sensaciones genuinas que puede producir el ciberespacio es el exterminio de esa soledad: basta echar un vistazo en nuestras redes sociales y nuestros chats para sentir que somos parte de aquel gentío que abarrota el mundo que se esconde en los procesadores. Difícil que sienta uno el vacío, difícil no sentirse parte de “algo” cuando se abren los explorers. Hypertexta y Calvo no son la excepción: ellos tampoco escapan al encanto de la compañía cibernética y se deleitan jugando con proyectos similares. Sí, la Internet se adoptó ya, indefectiblemente, como uno de los principales difusores de cultura y los esfuerzos por hacer algo realmente bueno dentro del espacio ciber made in Guatemala son importantes. Así Hypertexta no se aburre, y puede platicar a gusto con páginas que están en la misma sintonía.

Lástima grande que Hypertexta no llegara a conocer en persona (¿será esto posible?) a uno de los proyectos web más inteligentes y bonitos que jamás se hayan pensado aquí: Rusticatio. En él se reunían nombres importantes del panorama continental, con textos de altura y necesarios espacios de discusión y crítica. Desafortunadamente, su paso fue fugaz (dos números, a principios de 2006) y la renovación que ya se vislumbraba tuvo que buscarse otro camino. Aún así, sobreviven buenos interlocutores en línea: la revista Luna Park y la editorial virtual Libros Mínimos. Ambos proyectos se han mantenido con cierta regularidad en los últimos años y su aporte a la cultura en el ámbito guatemalteco empieza a ser reconocido. Luna Park tiene ya más de 20 números que proponen lecturas frescas de obras y autores de diversa época y bandera, pero que pueden reconocerse como propios. En cambio, los Mínimos se han dedicado al rescate y la publicación online de textos clave de autores contemporáneos que raramente se encuentran ya en las librerías.

Hasta ahora, el juego y el diálogo que estos niños entablan está dejando de ser tímido. Se presiente el griterío y la potencia, y nomás será cuestión de ir agregando apuestas y propuestas y respuestas. Por supuesto, falta crecimiento, falta madurez y falta mundo (dirán algunos), pero el panorama que se nos echa encima parece, desde el aquí y el ahora, bastante intenso. Y esto no sólo vía web, ya que hay interesantes proyectos analógicos (en base al soporte del libro tradicional) que recién lanzaron sus semillas y entre riego y riego, les juro, las sorpresas crecerán.

No creerás aún viendo

Hay líneas que se trazan para verse desde lo alto, y en la lejanía es que encontramos su sentido. Las mejores luces, las imprescindibles, son aquellas que aparecen de repente y cuando ya nos damos cuenta están iluminándonos, en el silencio de esa noche oscura y vasta que de vez en vez puede parecerse tanto a la vida. Hay signos, hay mensajes, hay botellas que se lanzan al vacío y que quizá mañana caigan en las manos indicadas.

Si consideramos que la existencia humana se dio en condiciones improbables, y que las posibilidades de crear algo digno dentro sus límites son aún más remotas, podrá parecernos extraño que algunas de esas creaciones puedan producir genuino asombro. Este es el caso de Julio Calvo y su escritura, una escritura de profundas incisiones en la superficie inmensa del sembradío que llamamos literatura; una escritura que destruye, sin pretensión y falsa pirotecnia, la rigidez ingenua de nuestras precarias clasificaciones; una escritura que cuestiona y no responde, porque responder no siempre es lo que importa. Uno puede verla y no creer, pasar de largo pensando en algo “más concreto”. Sin embargo, cuando uno está más lejos de ella y por fin se siente a salvo, se da cuenta que sus marcas no se borran y sus letras no se dejan de sentir.

Enlaces

Sobre Julio Calvo Drago: http://hypertexta.com/about/

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