Literatura guatemalteca – Monteforte Toledo, hombre del siglo XX

Monteforte Toledo, hombre del siglo XX

Mario Monteforte Toledo se autodenominaba “un testigo del siglo XX”. Escritor centenario, fue polifacético, político y abogado. Sus últimos días hacia la muerte no fueron unas vísperas muy largas. Como dijo su sobrino nieto, “él decidió cuándo ocurriría”.

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Por Carlos Meza

El escritor permanecía en cama. Era un momento diferente para él. No hizo la rutina de siempre: equitación, caminar, leer y escribir. Cuando uno de sus últimos proyectos iba en rumbo, el rodaje de una película, ‘Donde acaban los caminos’, cayó enfermo por un ataque de insuficiencia cardíaca. Él sabía que era de sus últimos días. Había rechazado el desayuno que Regina de Toledo, esposa de su sobrino nieto, le había llevado y preparado. Con un gesto, como tomarle la mano amorosamente, pidió disculpas. No quería que ella se ofendiera. Una luz de septiembre iluminó las profundas arrugas de su rostro y una barba blanca, casi eterna como la de Valle-Inclán, seguía creciendo. El mes había iniciado. Con voz ronca y entrecortada le dijo, “El proyecto Monteforte queda concluido”. Dio un largo respiro. Se quedó con la vista clavada en el vacío, sumergido en el pensamiento. Mario Monteforte Toledo era su nombre.

José (Pepo) Toledo, su sobrino nieto, recuerda que dos años atrás, un día por la tarde estaba conversando en el comedor de la casa con Monteforte Toledo y este le dijo, “Dentro de dos años voy a morir. Yo ya he hecho todo lo que tenía que hacer en esta vida. He dicho todo lo que tenía que decir. En dos años me muero”.

Paralelamente, Carlos Montemayor, escritor mexicano, hace un análisis y a la vez una especie de profecía, sobre la obra literaria de Monteforte Toledo. Agrega una frase de Sigmund Freud, “La infancia es destino”, y la asemeja a que el primer libro de todo escritor puede ser destino, también. La constante que él encuentra es lo “remoto”, es decir, lo distante y avance hacia lo desconocido. Él concluye que en la última obra de Monteforte, Los adoradores de la muerte, lo remoto está en el más allá, en la otra vida, y que Monteforte no tiene más qué decir. Que ya dijo todo lo que tenía que decir, se le acabó el discurso.

“Hemos llegado a creer en la vida y temer a la muerte, como toda la gente sana de la cabeza. El debate de esta comunidad es estar cuerdo o estar loco, y nosotros hemos descubierto que estamos cuerdos. Algunos otros también; pero no se atreven a confesárselo, o a lo mejor no lo saben”, dice en los Los adoradores de la muerte.

Dos días después de la frase “El proyecto Monteforte queda concluido”, muere en su casa el 4 de septiembre de 2003. El expresidente Alfonso Portillo decretó “Duelo nacional en todo el territorio de la República durante tres días”, debido al fallecimiento. “Fue una muerte elegante”, dijo Pepo, “incluso él decidió cuándo ocurriría. Así era Mario, él disponía qué pasaría”.

“Quizá todo haya sido vísperas, unas vísperas muy largas de estos segundos de tumulto sereno. Solo pertenezco ya a una exquisita, morosa, irreversible forma de andar con la tranquila complacencia del innumerable elefante en busca del lugar de su quietud”, dice en Unas vísperas muy largas.

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Busto de Mario Monteforte Toledo por Manolo Gallardo.

Donde acaban los caminos

El olor a tabaco era fuerte. Cada vez se pronunciaba más y se hacía agrio. Los niños jugaban en el segundo nivel de la casa. Escucharon rumores de bastante gente reunida que anunciaban en el primer piso el regreso de alguien importante. Era la mitad de la década de los ochenta. Vinicio Cerezo tenía al mando el país. Se respiraba la democracia de nuevo. Ana Regina Toledo, de 9 años, se asomó a las gradas a ver qué pasaba. Sospechó que se trataba de una fiesta de bienvenida. Vigiló a la distancia a un hombre alto, de voz recia y con una prominente barba, un hombre al que había oído mencionar varias veces: un escritor, político e intelectual, pero no tenía idea de quién era exactamente. Sabía que era famoso y no le gustaban los niños. El día parecía perfecto. La mandíbula del hombre sostenía una fina pipa y el humo era expulsado hacia la luz amarilla que entraba por una ventana y se desvanecía de inmediato. Ella pensaba que el mal olor provenía del muchachito que acompañaba al hombre. Examinó que otras dos personas habían llegado con el señor, una niña y una mujer. Divisó por buen tiempo. “Ven, Regina…”, le llamó su madre, “él es tu tío bisabuelo, ¿recuerdas que lo hemos hablado bastante?”. La pequeña bajó por las gradas y saludó al hombre frente a ella. “Hola”, le dijo con una sonrisa tímida. Él le regaló un libro, Momo de Michael Ende, “Hola, soy Mario Monteforte Toledo”, dijo él con una voz grave. Era la tercera vez que se miraban pero ella no recordaba las dos anteriores. Luego se presentó con el niño a la par y rápidamente echaron a jugar. El hombre se perdió entre los abrazos de quienes le recibían después de un largo exilio de casi treinta años.

A ella le fascinó la idea de tener a un familiar tan conocido y al instante decidió saber lo que él había hecho: literatura. Vio en escena las dos obras de teatro La Noche de los Cascabeles y El Santo de Fuego, y terminó confundida. Luego se adentró a la lectura de la novela ‘Los Desencontrados’ y no la entendió, “entonces decidí que simplemente sería su sobrina”, dijo Ana Regina y ahora encargada de la Fundación Mario Monteforte Toledo. Esta posición le permitió conocer a Monteforte Toledo con otros ojos y “comprender que era humano, lleno de cualidades y defectos. Hablar de él es hablar de mucho sin poderlo abarcar todo”.

Monteforte regresó con la idea de que la cultura respirara viva en el país. Una de ellas fue formar escritores. Desde qué debían de leer y cómo escribir correctamente, con arte y finalidad literaria. Efraín Recinos, arquitecto y artista plástico, opina que el escritor representó ser un pater familias para los escritores, artistas y políticos que se involucraron con él. “Casi todos los que lo intentaron quisieron ser el benjamín de Monteforte Toledo”. Max Araujo, Alan Mills, Gerardo Guinea y otros fueron los que le acompañaron a las sesiones de formación.

Javier Payeras, escritor, dijo que Monteforte impulsó la gestión intelectual y cultural en el país. “Era un generador de cambios”. Le impuso lecturas, así como los poetas estadounidenses. De ahí su afición por la Generación del 20. “Fue un erudito, con una claridad envidiable. Tenía una mente muy ordenada. Su novelística está más cercana al ensayo. Es el último escritor de temas y novelas totales. Un novelista épico. Y tuvo un compromiso de ejercer la política desde un lado humanista. Es un ejemplo claro y evidente de la política ‘dura’. Un incipiente en la democracia”.

“Monteforte era el peor enemigo de su propia obra”, dijo Pepo Toledo. Al momento en que se reeditaba alguno de sus libros, el escritor intervenía en la corrección y edición, lo que le agregaba o quitaba partes. “El problema es que no todas las ediciones eran iguales”. Después de escribirlos se tardaba unos cuatro años en soltar el texto porque los mantenía en edición. “No era práctico”, contó Pepo. Esta circunstancia lo llevó incluso a quemar su primera obra. La Fundación Mario Monteforte Toledo maneja ejemplares que nunca serán modificadas. “Nos basamos en su mayoría en las últimas ediciones de cada obra”, acotó José Luis Perdomo, autodenominado fiel lector de Monteforte Toledo.

“Quemó su primera obra”, cuenta Ana Regina sorprendida. Era meticuloso y demasiado cuidadoso con sus obras. La incineró, no se sabe a qué edad. Lo hizo para que en la historia de la literatura guatemalteca no quedara un mal rastro, según él.

Recinos relató que cuando lo conoció, Monteforte le pidió que hiciera la escenografía de las dos obras de teatro, El Santo de Fuego y La Noche de los Cascabeles, en 1987. Se hicieron amigos. “Fue una buena y mala experiencia: nada le gustaba de lo que yo hacía pero sino hubiera sido por eso jamás habríamos tenido contacto y poder compartir ideas. Al final, él era el director del director, por decirlo de un modo”.

Era un hombre con grandes proyectos siempre en manos. Fue, además, esgrimista, pintor, cineasta, abogado. A los 85 años se sentó a hacer cálculos sobre sus ingresos, se dio cuenta que diez años antes podía haberse retirado de los trabajos que lo sustentaban económicamente y dedicarse a lo que realmente le gustaba, escribir. Esa es su peor tragedia. “Le afectó tanto ese momento porque hubiera podido escribir más. No tenía tiempo ni para analizar su situación económica”, dijo Pepo Toledo.

Fue un eterno enamorado de la vida y de las mujeres. Los buenos vinos, los quesos, coleccionar dagas, la música y su caballo Andaluz. Decía que había que pasar del amor a la muerte sin transitar por la vejez. Max Araujo, abogado y escritor, lo recuerda por la frase, “Jóvenes, prometo no envejecer, porque la vejez es asquerosa”.

“¿Y usted sabe por qué nos defraudaron? Porque todos están obsesionados por vivir. Depender de la vida es la peor forma de la esclavitud. Porque la vida no nos pertenece, y menos la gana de vivir. Lo único nuestro, de cada uno, es su propia muerte”, dice en Los adoradores de la muerte.

(Pepo) Toledo, a veces le preguntaba que cómo podía ser socialista si vivía con tantos lujos y comodidades. Mario le respondía: “Ah, no, no… es que así deberían de vivir todos los proletariados”.

Se acaban de cumplir los cien años de su natalicio y aún vive en su obra. Alguna vez le preguntaron a Monteforte Toledo en qué creía, “Soy ateo, gracias a Dios”, respondía.

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