Literatura salvadoreña – Claudia Hernández y lo surreal de la violencia

Claudia Hernández y lo surreal de la violencia

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Por Nadine Haas

La escritora salvadoreña Claudia Hernández (*1975) ha publicado varios libros de cuentos, tales como Olvida uno (2005), La canción del mar (2007) y De fronteras (2007). Mientras Olvida uno habla principalmente sobre experiencias migratorias y de alienación, los cuentos reunidos en De fronteras tematizan situaciones de violencia y reacciones ante la muerte que parece ser omnipresente. En estos textos no se cuestionan las causas o el origen de la violencia, sino que se describen las estrategias de supervivencia de los afectados. Son cuentos muy cortos pero que logran sumergir al lector desde las primeras palabras en un ambiente surreal. El presente artículo está basado en el análisis de los cuentos de De fronteras.

Los personajes

Los personajes de esos cuentos son seres humanos que de alguna forma han sufrido. Al protagonista de Molestias de tener un rinoceronte le falta un brazo, por ejemplo. No se explica qué es lo que le ha pasado ni de qué manera lo perdió, pero en el cuento abundan referencias a la parte que le “falta” al protagonista, a su estado “incompleto”. En otros cuentos los personajes sufren de la pérdida de seres cercanos. En Abuelo, el protagonista es el nieto quien echa de menos a su abuelo fallecido por lo que decide ir al cementerio y desenterrarlo para llevárselo a la casa y reunirlo con la familia. El guardia del cementerio está de acuerdo, con la condición de que devuelva el cuerpo después del fin de semana. Sin embargo, la familia se alegra tanto con tener al abuelo de vuelta en su seno, que el nieto no quiere decepcionarlos. En vez de retornar el cuerpo lo corta en pedazos y reparte los trozos entre todos los miembros de la familia.

En la mayoría de los cuentos de Hernández, los personajes pertenecen a un pequeño núcleo familiar. Algunas veces los protagonistas son niños, por ejemplo Melissa, a la que le gustan juegos mórbidos que asustan a su familia (en Melissa: juegos 1 al 5). Se disfraza como muerta cubierta de flores o también como gato atropellado con las vísceras en forma de papeles coloridos repartidos alrededor de su cuerpo. Igualmente se deja caer al suelo como una paloma muerta que cayó del cielo o les echa talco a todas sus muñecas para que parezcan muertas en una morgue. Hay familias que (sobre)viven en la alcantarilla (Fauna de alcantarilla) y cadáveres que aparecen de la nada pero de los que nadie realmente se sorprende (Hechos de un buen ciudadano (parte I & II).


Los argumentos

Estos personajes se ven confrontados con sucesos sorprendentes y muchas veces dolorosos. Sin embargo, al contrario de resignarse, su actitud es pragmática lo cual les hace encontrar soluciones adecuadas (por lo menos desde su punto de vista). En Abuelo, la muerte de un ser querido ha dejado un vacío en la familia. No obstante, al despedazar el cuerpo, les parece haber encontrado una solución razonable para satisfacer a todos los involucrados. En Carretera sin buey, los narradores conducen por una carretera cuando de repente observan una figura a la orilla del camino. Como piensan que se trata de un buey “algo flaco, pero hermoso” detienen el carro, pero se decepcionan al darse cuenta de que en realidad se trata de un hombre. El hombre, por su lado, se alegra al escuchar que lo habían confundido con un buey. Les cuenta que él ha atropellado un buey y que quiere reparar el crimen cometido reemplazando al buey muerto. Los protagonistas están dispuestos a ayudarle para que se parezca más al buey y le dan consejos acerca de lo que le hace falta cambiar en su aspecto. Le sugieren desenterrar al buey muerto para tomar sus cuernos y hasta le ayudan a castrarse con los vidrios de un botella rota. Al final todos están satisfechos con los resultados.

En Lluvia de trópico el narrador se despierta por un fuerte olor a excremento que invade la casa. Durante toda la noche la familia trata de identificar el origen del olor. Primero sospechan que los vecinos les han jugado una mala pasada, pero en la mañana se dan cuenta de que ha llovido excrementos:

…encontramos la causa del olor en nuestras aceras, en las calles y salpicada en nuestras puertas: era caca. Caca de animal, no de hombres. Caca de perro que había caído durante la noche y había inundado nuestro lugar. […] Era como una nevada café: una nevada de trópico.

Al inicio encuentran insoportable la pestilencia y las personas ni siquiera pueden comer debido a las náuseas; pero, lentamente, todos se van acostumbrando hasta incluso considerar agradable el olor. Cuando finalmente el gobierno interviene y prohíbe la lluvia de excrementos, a la gente le hace falta e ingenian soluciones para mantener el olor en el aire. Así, los sucesos surreales en estos cuentos irrumpen en la vida de los protagonistas y les obligan a enfrentarse con una realidad dolorosa.


El tono

El tono con que se cuentan esos hechos es siempre sobrio y muchas veces hasta lacónico. Se narran acontecimientos sorprendentes o hasta inexplicables como si fueran cotidianos. Por ejemplo, el protagonista de Molestias de tener un rinoceronte en ningún momento cuestiona la presencia de un pequeño rinoceronte que le pisa los talones. En el cuento Abuelo, el nieto, al escarbar el cuerpo, es advertido por el guardia del cementerio de que le falta un permiso de la municipalidad para tal acción. El nieto es comprensivo y comenta que “no quería problemas con la ley”. Frases como éstas parecen completamente fuera de lugar y de allí resulta un efecto cómico o más bien tragicómico. Que el nieto sólo piense en el papel de la autoridad municipal al desenterrar a su abuelo muerto desde hace dos años no sólo resulta inoportuno sino completamente disparatado.

En la mayoría de los casos son los personajes los que toman la voz y cuentan. Así, no hay un narrador externo que relate los sucesos desde afuera de la historia y que posiblemente se podría sorprender. Los hechos surreales no provocan el derrumbe de esos mundos narrados sino que los personajes se replantean sus vidas y encuentran soluciones. Sus reacciones pragmáticas, narradas en un tono absolutamente neutro y austero, pueden provocar desconcierto o incluso risa en el lector.

Un cadáver en la cocina

En Hechos de un buen ciudadano (parte I) el narrador, al volver a su casa, descubre el cuerpo de una mujer muerta en su cocina. El asesino no ha dejado huellas y no quedan señales del crimen.

Había un cadáver cuando llegué. En la cocina. De mujer. Lacerado. Y estaba fresco: aún era mineral el olor de la sangre que le quedaba. El rostro me era desconocido, pero el cuerpo me recordaba al de mi madre por las rodillas huesudas y tan sobresalientes como si no le pertenecieran, como si se las hubiera prestado otra mujer mucho más alta y más flaca que ella.

La manera en que se describe el cadáver es sorprendente. Los adjetivos “lacerado” y “fresco” no son los que uno normalmente se esperaría de alguien que acaba de descubrir un cadáver en su cocina. Sorprenden también las referencias a la semejanza física del cadáver con la madre del narrador y la caracterización detallada de las rodillas de la muerta.

El protagonista admira el trabajo impecable y limpio del asesino y al observar el cadáver se le ocurre que “tenía cara de llamarse Lívida”, lo que alude al aspecto pálido y amoratado de la muerta. En vez de asustarse o sentir repugnancia ante la vista de un cadáver, el protagonista mantiene una calma absoluta y reacciona de manera sorprendente. “Como cualquier buen ciudadano”, no pierde el tiempo y pone un anuncio en un diario con una descripción de la muerta para que “el dueño” del cadáver sepa donde encontrarlo.

Busco dueño de cadáver de muchacha joven
de carnes rollizas, rodillas saltonas y
cara de llamarse Lívida.
Fue abandonada en mi cocina, muy cerca de
la refrigeradora, herida y casi vacía de sangre.
Información al 271-0122.

Varias personas llaman por teléfono para felicitarlo por su buena acción o para avisarle que tenga cuidado ante posibles epidemias. Llama también una pareja que busca a su hija que efectivamente se parece al cadáver descrito y que además se llama Lívida pero que “debía estar viva, no muerta”. Al protagonista le parece muy “cruel” “convencer” a la pareja de que se trata de su hija muerta. Pese a sus cuidados, el cadáver empieza a oler mal por lo que tiene que encontrar una solución rápida. Decide entregarle el cadáver a un hombre que en realidad estaba buscando un cadáver masculino. Esta solución les conviene a todos los involucrados ya que por un lado el protagonista se deshace del cadáver y por el otro lado, el otro hombre puede organizar un funeral para así calmar a su familia.

En la segunda parte del cuento Hechos de un buen ciudadano (parte II) y después de la experiencia con Lívida, el protagonista recibe muchas llamadas de personas que piden consejos acerca de qué hacer con un cadáver en casa; el problema parece ser entonces bastante común. Él los invita a todos a su casa para ayudarles en su situación. Le llegan veinte cadáveres y juntos con los “dueños” formulan anuncios y los publican en los diarios: “La espera fue agradable. Ellos llevaron té, café, galletas y otras bebidas y bocadillos para acompañar la conversación. La pasamos muy bien.” Aquí llama la atención el contraste entre el motivo que reunió a los personajes en un inicio y su comportamiento despreocupado. Se acomodan en una situación que al lector le sigue pareciendo intolerable.

Mientras que los sucesos en este cuento se vuelven cada vez más macabros, el tono se mantiene sobrio. Parte de los cadáveres es reclamada pero algunos otros sobran. Cuando todos se han ido, el protagonista corta los cuerpos en pedazos y con su carne y un poco de salsa de tomate prepara un guiso que reparte entre gente pobre y necesitada. Todo el mundo le felicita y celebra su buena obra. El personaje principal nuevamente encuentra una solución muy pragmática para su problema relacionado con la muerte. Los cuerpos que ya nadie necesita pero que abundan son usados de manera beneficiosa para la sociedad entera. Mientras que todos celebran el esfuerzo del protagonista, éste repite que cualquier buen ciudadano haría lo mismo.

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Foto: elojodeadrian.blogspot.com

¿Qué hacer con un hijo muerto?

El cuento Manual del hijo muerto ofrece instrucciones a los padres sobre qué hacer en el caso de tener un hijo muerto. Por su configuración gráfica, el texto se parece a un manual de uso. Por ejemplo, hay bloques de texto puestos en relieve y notas al pie de página además que el lenguaje es pulcro y técnico. La numeración de las páginas y algunas formulaciones indican que el texto sólo constituye una pequeña parte de un manual más amplio, en otras palabras, el cuento simula ser un extracto, un ejemplo entre muchos otros. Aquí se les explica a los padres que hacer en el caso de que “el hijo está en forma de trozos”:

Una vez tomadas en cuenta las anteriores precauciones, proceda a acomodar las piezas en la posición en que se encontraban originalmente y únalas mediante costuras desde, por lo menos, dos centímetros antes de los bordes, para evitar que se desgarren las partes cuando se transporte o abrace si ocurre un arrebato de dolor.

La discrepancia entre el contenido y el lenguaje tiene un efecto intenso. Las recomendaciones pragmáticas y el tono racional aumentan el efecto de choque y dejan al lector desconcertado. La muerte de un hijo (se especifica que se trata de hijos de alrededor de “24-25 años de edad”), la peor tragedia, casi inimaginable e imposible de formular en palabras (cualesquiera que éstas sean), se expresa aquí a través de un lenguaje tan técnico y tan inadecuado que causa consternación. Un suceso inconcebible es transportado a una situación cotidiana. El lenguaje técnico y la descripción distanciada no dejan lugar para emociones.

Como en este último ejemplo, también en muchos otros cuentos de Claudia Hernández lo que más llama la atención es el estilo. Hay un cierto tono cándido o ingenuo que prefiere mantenerse alejado de las razones detrás de tanto horror. Parece preferible observar las con- secuencias y decisiones racionales que le permiten a los seres humanos sobrevivir en medio de la violencia. Los hechos más dolorosos y angustiosos se relatan como si se tratara de cosas comunes. Los sucesos a veces grotescos parecen estar atestados de un cierto sarcasmo. Pero la risa del lector solamente resulta de lo inadecuado del lenguaje al contar horrores y no es prueba de una actitud sarcástica de la narración.

Los espacios de la violencia

El Salvador no se menciona directamente en los textos de Claudia Hernández. No se nombran lugares geográficos, no hay detalles topográficos y el espacio en general permanece poco caracterizado. Lo que sí se puede decir acerca de la configuración espacial es que la mayoría de los cuentos ocurre en áreas urbanas. La ciudad muchas veces aparece como una amenaza de la cual los personajes se refugian en sus casas. En Lluvia de trópico las viviendas son así descritas “nuestra casa (que, como todas las casas de este mundo, tiene muros gruesos y rejas” y en la página siguiente se repite “nuestras casas (que, por suerte en este rumbo tienen muros gruesos y rejas)”. Como en este ejemplo, la mayoría de los cuentos están ubicados en espacios privados y cerrados. Sin embargo estas viviendas no ofrecen protección, a pesar de sus muros gruesos. El olor pestilente a excrementos logra infiltrarse por las ventanas y recordarles a los habitantes lo que les espera afuera. Incluso los muertos logran traspasar los umbrales de las casas. Al final de cuentas, no hay refugio seguro ante la realidad violenta.


La literatura frente a la violencia en la posguerra

Los cuentos de Claudia Hernández muestran diferentes reacciones ante la presencia duradera de la violencia. Los personajes son mutilados y traumatizados, seres heridos o amputados así como “buenos ciudadanos” que intentan ayudar a sus prójimos y que encuentran soluciones que sorprenden por su factibilidad. Las actitudes que predominan en los cuentos analizados son el pragmatismo y la voluntad de encontrar alguna manera de convivir con la muerte y la violencia. Después de todo “nos acostumbramos como, al final, termina uno acostumbrándose a todo” (Lluvia de trópico).

En su literatura la escritora salvadoreña hace el intento de manejar la violencia enfrentándola de manera ofensiva y haciendo de ella su tema central. Pero no deja que la violencia se acerque demasiado sino que encuentra un tono sobrio, técnico y marcadamente pragmático que impide una proximidad excesiva.

Los cuentos analizados se centran en la experiencia de la violencia que ocurre sin orden ni concierto. Estos cuentos no acusan ni se quejan de la situación. Representan la violencia de manera directa y muestran a los personajes que intentan superarla con acciones concretas. La muerte violenta es omnipresente, la violencia parece ser imparable y se ha vuelto parte integral de la cotidianidad. Ni siquiera se cuestionan las razones y la procedencia de la violencia. La presencia ubicua de la muerte violenta no se niega pero tampoco lleva a la paralización. Se trata de sobrevivir, de saber manejarse de alguna forma en esa realidad. Los personajes no se dan por vencidos y combaten la violencia aunque sea con fines violentos. Exhuman a sus muertos, descuartizan los cadáveres, se automutilan y al final, esas soluciones parecen ser las adecuadas. Aquí la violencia no se reprime, pero tampoco se logra vencer; nos encontramos en el epicentro mismo de la violencia.

Publicaciones de Claudia Hernández
Otras ciudades. San Salvador: Alkimia, 2001.
Mediodía de frontera. San Salvador: DPI, 2002.
Olvida uno. San Salvador: Índole, 2005.
De fronteras. Guatemala: Piedra Santa, 2007.
La canción del mar. San Salvador: La Prensa Gráfica, 10.06.2007

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