Reportaje – Borges, ¿el intertexto?

Borges, ¿el intertexto?

Por Oswaldo J. Hernández

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El hacedor (de Borges) Remake es un libro tan original que necesitaría a lo sumo una presentación para nada insólita, ni única como tampoco nueva. A Borges (remitido) a caso por obviedad. Y a un dilema estético –de forma, representación y apropiación– como trasfondo.

Agustín Fernandez Mallo es aquel autor –español, flemático como enflaquecido, de mirada quizá parca como a lo mejor nerviosa, y gestos decididamente serios– al que una editorial como Alfaguara estuvo paseando, en plan de proxenetismo editorial –del que tanto gustan las grandes editoriales (y algunos escritores)–, por muchos países de Latinoamérica. A primera vista era el marketing. A segunda, más marketing bajo la figura de Borges, que a lo mucho, en el mundo de las letras, es un símbolo bien conocido, un lugar común, que por bueno, vende y es capaz de volver a vender cada cosa… como cada cosa que también lleve su nombre.

Diremos que el Remake de Mallo era eso. O intentaba serlo. Es decir, epatar desde sus recursos mediáticos, ¿posmodernos?, a Latinoamérica (y al mundo en general) mediante lo insoportablemente espectacular que podía llegar a ser para un lector ver el nombre de Borges en el título de una publicación. Y seguido de una palabra tan poco sutil como “remake”, más que la expectación, los libreros fueron testigos de una pequeña pero simpatiquísima oleada de curiosos decididos.

No sé cuánto ha vendido el libro, aunque por mi parte, debo admitir, que mucho antes de experimentar curiosidad, lo que obtuve fue un constante impulso de morbosidad. Pero una morbosidad, entiéndase, similar a la que nos puede mantener observando unos minutos lo que no nos importa de la gente en un programa de reallity, y de antemano, consabidos de la falta a priori de un misterio en eso que vemos. Sin análisis. Sin pensar. Sólo ver.

Con el libro de Mallo, en cambio, las motivaciones podían derivar aun en paradoja por nuevos resultados, no por ello, menos interesantes como morbosos, curiosos y hasta mediáticos. Lo primero es atender su título. No es para menos mencionar que Borges tiene un libro con un nombre similar (El hacedor), lleno de cuentitos y pequeñas narrativas, entre algunos poemas ya en el final. Y Mallo, pues quiso hacer lo mismo. Y en sentidos de animadversión, fue más allá de la simple idea de “hacer lo mismo”. Con el Morbo al cien, buscar al Borges original, ya sea en PDF o en su versión de papel, se vuelve una tarea imprescindible a modo de resolver el secreto que se esconde en el título. ¿Porqué un remake? ¿Por qué ese libro en particular? ¿Un homenaje?

Lo cierto es que el embrollo resulta en una labor de lectura paralela, llena de escamados, viscosos y repetidos recuerdos, si en caso dado ya se ha leído previamente el texto original de Borges. Una comparación rápida demuestra similitudes inquietantes, incómodas como obscenas. Donde hay textos apenas inalterados, calcados tal cual y donde a más de algún lector avisado, de esos fanáticos de Borges que existen por allí y por acá (es fácil, créanme, imaginarlos haciendo una bonita mueca de desprecio) se les hizo sentir que la novela era una llana tomada de pelo. De hecho, en entrevistas a medios internacionales, Agustín Fernández Mallo ha denotado un sincero orgullo al admitir que este libro “suyo” tiene “2% de Borges” y que el resto, es “todo original”, de su pluma –él solito, vaya–.

Y siendo éste el tercer trabajo de novela del autor (Nocilla Dream, Nocilla Experience, Nocilla Lab), uno no tiene para dónde y empieza a cuestionar y desconfiar de todos y cualquiera de sus proyectos literarios. Aunque más valdría la desconfianza que recae sobre las editoriales. Sobre sus criterios de selección. Pues El hacedor (de Borges) Remake ha sido publicado bajo el sello Alfaguara. Y hoy, tan sólo meses luego de haber salido al mercado, el libro de Fernández Mallo ha sido retirado de todas las librerías. Es un libro, de momento, prohibido. Esto a pedir de la viuda de Borges, María Kodama. “Valga enfatizar que en este caso se discuten dos problemas distintos”, identifica la editorial en un breve comunicado. “Por un lado está el alegato jurídico”. “Atendiendo los reclamos de María Kodama, hemos decidido retirar voluntariamente el libro del comercio. Por otro lado está la discusión estética, en la cual nuestro punto de vista es diferente”.

Los alfaguaristas son cada día más simpáticos en los estantes, en persona sonríen, y gustan mucho de viajar y tomarse fotografías en medio de presentaciones de libros –por lo regular el suyo propio– con maestros de ceremonia cada vez más hilarantes o maravillados ante el escritor alfaguarista adiestrado para convencer y creer en lo que hace contra viento, marea o lo que venga. Incluso si está equivocado.

Aun así, parece que Borges de antemano ya había pensado, durante una época en la que pasó enfermo de gravedad, al borde de la septicemia y de la muerte, en las intenciones que autores como Mallo podían argumentar en el campo de la literatura. Como sospechaba tanto de la realidad, el tiempo y la historia, sospechaba también de los personajes que se crean en estas mismas circunstancias. Entonces valía la pena tomar el riesgo y escribir su primer texto de ficción…

En el cuento “Pierre Menard, autor del Quijote”, incluido en Ficciones, Borges ya meditaba, con mucha fineza, desde 1944, sobre un autor que se apropiaba de las cosas de otro. Y no cualquier otro. Se hizo y se las vio nada menos que con Cervantes, con El Quijote, una vaca sagrada que era reinterpretado en texto esta vez por un escritor apenas conocido, apenas llamado Pierre Menard. Borges prefiere buscar en este caso, en la copia que realiza Menard como punto álgido de la ficción, no lo original ni al autor o al espectador distraído, sino al lector único, ¿perfecto?, que antes de cualquier cosa su intención es rescatar un texto pero creándolo desde cero sin darse mucha cuenta de que lo que consigue, básicamente, es una transcripción excepcional, a detalle pero espontánea, sin una sola coma o una palabra alterada, que acaso estorbase o pudiera transformar de modo significativo el texto de Cervantes. Un calco.

“No quería componer otro Quijote -lo cual es fácil- sino El Quijote”, diría Borges. Y lo consiguió más bien desde el campo de la ficción, es decir, como posible parodia de lo que puede ser o llegar a ser real mediante la sospecha de lo que existe en el mundo.

Pero no solamente, en Borges, era esta intención lo único que intentaba ser palpable. Había algo más que le quitaba el sueño, un cuestionamiento, reflexión o perplejidad sobre cómo la construcción de los arquetipos literarios es valiosa, trascendente, e inútilmente parte del entramado social a vista del lector y lo referencial, a vista de lo que queda dentro… Es decir: un cuento o una novela o un poema es multiplicado, no por la copia, sino por su lectura… muchas lecturas de muchos lectores en muchas partes del mundo sucediendo al mismo tiempo, y cada uno con los rasgos individuales de quien sepa entrever entre líneas la singularidad que aporta la propia personalidad, sus referencias, y la premisa ontológica.

La escritura de Menard, de tal evidente magnitud, intentó desde lo personal interpretar todo lo que había encontrado en Cervantes para mejorarlo, y para toparse luego con el mismo texto de Cervantes original. En el cuento, la construcción de Borges (y la escritura de Menard) es una ficción que inevitablemente pasa por el tamiz de una lectura, una obsesiva, sí, capaz de inquietantemente esbozar una conclusión: El autor no existe… es un intertexto, una añadidura, y sobre todo una experiencia. Y como en Borges, Cervantes no existe acaso nada más en cuestiones de asimilación y fragmento, de práctica dispersa, interpretación, integridad y unicidad de cada uno de los que han leído tanto como Menard lo hizo antes de sentarse a tratar de escribir algo nuevo sin siquiera lograrlo, sin darse cuenta hasta el final de ello. Así.

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El problema con Mallo es, en tales líneas de sentido, que toda esta “apropiación” borgiana quedaba perfecta relegada al entramado de la ficción. En el marco de lo real pierde fuerza como también encanto. El hacedor (de Borges) Remake entonces tan real no tiene encanto, como tampoco gracia, y en él, en su contenido, Borges no desaparece, ni por arte de interpretación ni asimilación ni nada. Y Borges existe tanto que llega a tener una presencia insoportable.

En términos de apropiación, de intertexto, o experiencia desmitificadora, Borges y las ideas en específico de Borges sobre los autores, la originalidad, o el ejemplo de Cervantes que planteaba su ficción iniciada con el pobre y ficticio Pierre Menard, es una literatura que hoy, exhausta, ya ha sido interpuesta en el discurso de ciertas vertientes de arte contemporáneo.

La excusa de la licencia que ha tomado Fernández Mallo es ésta. Apropiación desde la literatura. Transliteración del arte como intertexto. Borges desmitificado… como causa de un asunto social y código cotidiano.

Desde Duchamp, por ejemplo, la representación no fue más una representación como concepto, y fue subvertida a modo de analizar los procesos estructurales que la convierten en una codificación social generalizada. A razón del Ready Made: Un urinal no es más un objeto dentro de un contexto particular, sino que, sustraído (o apropiado) e implantado en un entorno completamente distinto (una galería), es una evidencia del proceso de la construcción social codificada que se antepone al mismo objeto.

En los posestructuralistas, agarraditos de la mano de Barthes, la premisa era patentar los usos consuetudinarios y dejar en claro que lo natural no es tan natural como se piensa. Su trasfondo en realidad se debe a una política de la construcción de su representación y que inevitablemente es digna de debate.

En arte la ampliación estética, la apropiación, son investigaciones sobre la percepción. Un juego/espectador, una trampa/seducción, descolocar/trasladar. Una reacción diferente.

En literatura, no obstante, la gracia de intervenir sobre algo ya hecho es sospechosa. Poco efectiva. La ampliación estética es corta. No hay aporte en cambiar una sola palabra entre miles de palabras. No hay estilo. Ni investigación. Ni locura. Ni neurosis literaria. Mallo, su caso, su gran aporte, es cambiar “poeta” por “científico” en un párrafo; acaso leer algo de Borges y pensar luego en una solución “¿genial?” en donde todo ambos espacios, forzadamente se bifurquen, se vean como espejos; o parafrasear algo palpable, no como Barthes o Duchamp o los posetructuralistas o el artista Mike Bidlo –todos llenos de cuestionamientos–, sino carente de un hilo a tierra, o una sola metáfora y menos ironía en su defensa… Los monos miran los monos hacen. Lo que preocupa es la creatividad con que apenas lo consiguen. Y es donde empiezan los problemas…

Y bastará pedir a todas las deidades tecnocráticas de la posmodernidad, que el bueno de Agustín Fernando Mallo, al tener tales talentos de apropiación, no quede tan prematuramente ciego; como sí llegó, aunque un poco más viejo, el propio Borges.

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