Reportaje – Todo huele a Bukowski

Todo huele a Bukowski

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Por Juan Pablo Dardón

Que no es un aroma grato, supongo, ya que refiere a un conjunto de elementos que incluye alcantarillas, sombras, lo oculto, el bar luego de la gente y la fiesta, los ojos que ven desde abajo hacia la luz, con odio y negligencia. Hablar de Bukowski es hablar de ángeles caídos – qué digo caídos – que nunca elevaron el vuelo. Es decir, los hombres.

La Ducha fue el primer poema que leí del viejo. Lo sigo dedicando en cada nueva relación amorosa que tengo porque ningún otro texto me resume el placer implícito del “ahora” como ese texto tan lejos de la flor y tan cerca de la piedra. Fue gracias a los pequeños libros de Anagrama que conocí a Buk, traducido en castellano madrileño con todo y pollas, coños y “veréis”, que me jodieron el fagot que es leer a este viejo.

Pero está bien. Fue una probada, luego leería a mansalva todo lo posible de este poeta nacido en 1920 y muerto en 1994, ícono del realismo sucio de la segunda mitad del siglo XX en Estados Unidos. Su literatura se haría de culto, no por las mismas letras que de por sí valen, si no por el símil que hizo de vida. Se transpola la ficción con la realidad, es imposible distinguir anécdota de cuento, poesía de lágrima.

Tres cuartas partes de la literatura estadounidense del siglo XX se ha caracterizado por el non-fiction, escuela iniciada por el gran Truman Capote y reventada en los años sesenta por periodistas que llevarían el género a límites insospechados de la sicodelia, en el caso de Hunter Thompson, la academia y la crítica social como Tom Wolfe. Buk, como le llamaban en un despectivo cariño, escribía lo que miraba entre su nariz y el puño y se instauró como el papa negro de la crónica urbana.

Realismo sucio en un país sucio, es pleonasmo

Cuando conocí a mi generación de escritores ya todos lo habíamos leído. Y actuábamos como tal, con el mismo desparpajo y desapego que proponía desde sus panfletos. Todos le copiamos algo, la displisencia, el alcoholismo, lo mujeriegos, lo malo para pelear, el ritmo, las lecturas, dormir de día y beber de noche. O hacerlo a todas horas sabiendo que eso era importante y que tarde o temprano terminaría en páginas de literatura, como ha sucedido.

La vida no era grata en aquellos años, posiblemente, pero vaya que era divertida. Fue para muchos casos, un juego de reglas duras que nadie aguantó. Ahora los que anduvimos por esos trabajos, nos desempeñamos desde la academia, la empresa privada, la burocracia, el devenir de festivales internacionales de literatura. Porque acceder a Bukowski es acceder a un statu quo, una especie de licencia que permite la entrada a un club. El de la intensidad.

En el cual lo importante no reside directamente en haberlo leído, si no en actuar como él lo hubiera hecho. Tampoco es que Charles Bukowski haya sido el precursor en esto, porque 25 años antes de su nacimiento, Verlaine se meaba en las mesas de la tertulia parisina junto a Rimbaud; un siglo antes Sade escribía con caca en las paredes y dos milenios antes, los cínicos ya intuía en lo que se convertiría el planeta.

Lo que sucede con Bukowski es que es un referente inmediato y ya. Pero no un copiador, es un trascendente, un sentador de precedentes. En cierto modo, es la vara con que todo borracho tendría que medirse: cínico, duro, implacable y talentoso. Pero sobre todo un escritor de oficio.

Buk lo hacía – escribir – a manera de resistencia contra un sistema que funciona a costa de los apestados sociales, los que no sirven de combustible del mecanismo capitalista, los trabajadores a destajo, los debajo del sueldo mínimo, grandes frecuentadores de cantinas y pensiones, desarraigados, almas nómadas en el país más desarrollado y más cool– que lo es – del planeta.

A cualquiera encanta y esa vida románticamente puerca, atrae principalmente a la clase media que se encuentra a fuego cruzado entre seguir trabajando, es decir, luchando, es decir, escalando, es decir, matándose en el sistema para acceder a los cuernos de la abundancia… o dejarse caer de una vez por todas al azar bajomundero. Eso sí, dejando constancia de la espiral descendente a tocar fondo por medio de la literatura.

De esa forma nos encontramos con la mala literatura, porque ese testimonio solamente puede ser honesto de la mano de los pocos malditos por la fortuna, como lo fue Bukowski.

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La vaca y el turista

El turista toma fotos de las vacas en su viaje a la India para luego mostrarlas en la barbacoa que organiza a su regreso. Todos comen grasientas hamburguesas. Así pensaba Buk de sus contemporáneos, no eran otra cosa que petulantes charlatanes de las letras que escribían para coger mujeres, hombres, fama. No se llevaba nada bien con los escritores, ni con las mujeres, ni con los aduladores, bueno… con la gente en general.

Era una visita obligada en la movida sesentera y setentera, donde quiera que fuera siempre estaba un pequeño club de fanáticos esperándole para compartir con él algunas noches, farras o simplemente tomarse la respectiva fotografía de cajón con el rey sucio (la red está repleta de esas). No eran más que ghetto bangers, en ese caso, writerbangers, que se llenaban la boca luego diciendo que se lo hicieron a Buk, que chuparon tres días seguidos con él hasta que les echó a patadas de su cuarto de hotel, o que les abandonó en el restaurante del mismo con la cuenta del cuarto y 476 cervezas en la cuenta.

Luego la huída, a otro lugar, a otro pueblo a seguir la sobrevivencia. El turista vital por excelencia, acumula vida y la lleva a una obra escrita que se puede pesar en toneladas de papel. Porque si algo fue Buk, un escritor prolífico que publicó cualquier cantidad de cuentos, poemas, artículos, columnas en diferentes revistas y diarios que a la fecha, sigue el trabajo de recopilación de su obra completa.

Estoy seguro que pudo ser lo que quisiera en el campo de las letras, es decir, un académico de Brown, Lewis & Clark o Harvard, un múltiple ganador del premio Pulitzer, inclusive, escritor de Broadway terminando millonario al llevar vidas perdidas a las tablas. Pero optó por la salida más dura y consecuente: el oficio de diario como bodeguero, cartero o estibador.

Esa trinchera alimentó más de cuarenta años de obra escrita, como dije, desperdigada en el planeta y con grandes picos recopilatorios. Todo gracias a la obra de editores y amantes que tuvieron a bien recoger los papeles mecanografiados del desorden de este viejo espantoso y tan feo como Juan Carlos Onetti, que si bien el uruguayo es un parnaso de lo gris desde la invención de mundos paralelos, Bukowski nos muestra lo gris de nuestro mundo de colores. Ambos adictos al whisky.

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