Reseñas – El perro en llamas / Byron Quiñónez

El perro en llamas

Byron Quiñónez

Editorial Cultura

2008

31-resenas-perro

Por Jessie Álvarez

Sexo, drogas y rock más asesinatos, policías y demonios, todo esto en la ciudad de Guatemala: una novela que transgrede. ¿Quién mejor para presentar esa novela que un autor que forma parte del grupo editorial más trasgresor de los últimos tiempos en un país con una larga tradición literaria? Esta novela se llama El perro en llamas (Cultura, 2008) y su autor, Byron Quiñónez (Guatemala, 1969). Antes de esta narración, Quiñónez publicó 6 cuentos para fumar (X, 2001), donde se incluyen, entre otras narraciones, “Rufus Johnson Brown”, “Paseo” y “En casa de Pauli”. Es importante mencionar estas narraciones, pues constituyen un caso de intertextualidad restringida con El perro en llamas.

Entonces, antes de mencionar la novela, hay que puntualizar acerca del libro de cuentos. El libro 6 de la colección “después del fin del mundo” de la Editorial X es el mencionado 6 cuentos para fumar. La licantropía es, indudablemente, el tema central de todas sus narraciones, lo cual se hace evidente, sobre todo, en el último texto del libro: “Manifiesto antropófago”. Antes, en el primer párrafo, se mencionó que El perro en llamas constituye en ejemplo de intertextualidad restringida. Intertextualidad es un término que se refiere a la relación directa entre dos o más textos, se convierte en restringida cuando esos textos son del mismo autor; es decir, que el autor vuelve a utilizar personajes o situaciones que incluyó en otros textos. El caso más frecuente de intertextualidad restringida es el de las sagas, que han sido poco publicadas en Guatemala.

En el caso de Quiñónez, la intertextualidad se presenta magistralmente. Sobre todo, debido a que los dos textos parecieran uno continuidad del otro. En El perro en llamas se incluyen literalmente “Paseo” y “En casa de Pauli”, pero de tal manera que se acoplan perfectamente a la historia central de la novela. Esto provoca que el lector, mientras lee El perro en llamas, piense que ya ha lo ha leído, debido a que, no solo la historia, sino que el ritmo de la narración y su lenguaje son demasiado familiares. Es entonces cuando se recurre a la publicación de 2001 y el ejercicio intertextual se hace evidente. En la tradición literaria guatemalteca son pocos los autores que han utilizado la intertextualidad restringida: Julio Calvo Drago, Javier Payeras y Francisco Alejandro Méndez, entre los más recientes, y Cardoza y Monterroso, entre los clásicos, y algunos otros más.

En ese sentido, esta es una de las primeras características diferenciadoras de la novela de Quiñónez dentro de su tradición. Por otro lado, la temática es también una exploración por asuntos poco tratados, sobre todo el mundo oscuro y lo policial, aunque este género ha tenido un repunte en la última década, sobre todo dirigido por, [y los menciono nuevamente] Javier Payeras y Francisco Alejandro Méndez, y otros, como Rey Rosa, Ronald Flores y Vicente Vásquez.

Sin embargo, uno de los elementos innovadores dentro de la narrativa policial guatemalteca es la inclusión de dos agentes de la ley, el detective Rosanegra y el comisario Mendoza, y no solamente uno, como en el caso de Wenceslao Pérez Chanán y Washington Chicas, los personajes de Méndez y Payeras, respectivamente. La participación de dos elementos policiales sobresale, además, porque estos se complementan, y no solo presentan una relación de jefe y subalterno, como los clásicos Holmes y Watson, quienes, por cierto, no son oficiales de la justicia.

Asimismo, el gran aporte, dejando de lado lo estilístico, que también merece una mención aparte, es la presentación del mundo de las drogas en Guatemala, aunado con lo demoniaco. Es en este aspecto donde hay que darle más reconocimiento a Quiñónez, pues abre una brecha dentro de la novelística guatemalteca, que antes y después de El perro en llamas, ha sido poco desarrollada, con la excepción de El otro sol de la noche (2009), la novela de alquimia y prostitución de Julio Manuel Girón. Así, pues, la novela de Quiñónez es uno de esos textos que se consagran como los primeros de su clase: así como a Pepe Milla se le reconoce como el escritor de novelas históricas, a Flavio Herrera como el gran escritor criollista, a Rodríguez Macal como el escritor de la selva y a “el Bolo” Flores como el de la nueva novela guatemalteca [aunque esto es discutible, si se toma en cuenta el premio de los Juegos Flores de Quetzaltenango que Luis de Lion recibió en 1972], Byron Quiñónez debe ser reconocido como el escritor que inauguró la novela oscura o demoniaca en el país.

En conclusión, lo único que queda es recomendar la lectura de esta novela breve a quienes aún no la han recorrido, y su relectura a quienes ya la leyeron, pues el lector está ante uno de esos textos que se integran de una manera especial a la tradición de la literatura guatemalteca. Se me olvidaba, por cierto, es recomendable evitar el consumo de Lup-66, a menos que se quiera figurar como personaje de la novelística de Quiñónez, y es que en esta novela urbana cualquiera de nosotros podría ser un personaje, ya sea una víctima o un victimario.

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