Reseñas – Heterocity / Mauricio Orellana

Heterocity

Mauricio Orellana

Ediciones Lanzallamas, Colección Dédalus, 2011

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Sobre las posibilidades de publicar, Mauricio Orellana puede decir algunas cosas, o más bien varias. La mayoría de sus novelas permanecen inéditas a pesar de haber sido finalista del premio Planeta con una de éstas (Los Últimos hijos del Sol Oculto, 2002). Y es que, es sabido, que el reconocimiento de los jurados no implica necesariamente un éxito al momento de convencer a una editorial. Más aún cuando los textos implican un reto para la misma imprenta.

Si bien sus novelas guardan relación con la temática gay, Orellana ha sabido erigir su narrativa más allá del simple discurso. En el entendido claro, que la idea de la diversidad sexual es un planteamiento de rebeldía y autodeterminación en una sociedad que no se permite esas licencias fácilmente.

Si de por sí lo tienen bastante difícil los escritores centroamericanos para tener eco en casa, la situación para las novelas que atajan de frente un tabú, lo tienen complicado. He ahí lo justo del premio: Heterocity, fue reconocida con el premio Mario Monteforte Toledo del año 2010 y el lector podrá fácilmente notar que la narración lo merecía. Acertadamente, la editorial costarricense Llanzallamas, que la ha publicó este año.

Heterocity es una declaración de amor y lo que el amor significa para quien lo siente. Es también una novela de libertad y lo que la gente está dispuesta a hacer para obtenerla. Y para elaborarla, Orellana hace uso de sus múltiples recursos narrativos, que son muchos y denotan destreza.

La novela tiene pasajes absolutamente visuales. Es fácil reconocerse en algún personaje o encontrar rastros de cotidianidad en el desarrollo de la historia, que comienza desde el interior de los personajes: “Mira, te diré algo —dijo Jared—: es lo más normal del mundo que la opinión de la mayoría esté en contra. Pero pienso que lo más cabrón es tener la propia opinión en contra de uno. Y es innecesario.”

Va la novela atentando contra la ortodoxia en cada página. Sitúa al lector en un punto incómodo. Heterocity al final es la construcción ficticia que hemos hecho de nosotros, de los rígidos muros que contienen nuestra humanidad frágil.

Nada de personajes caricaturizados, el juego descriptivo va por otro lado, atravesado por el tema de fondo: es o no posible el matrimonio homosexual en un país como los nuestros. Recalco que la novela no se construye como un relleno estético del discurso, porque no lo es. Orellana construye una historia viva, no un sermón.

Su lectura es afable. Dispone el autor de la habilidad de simplificar la historia con sencillez y elegancia. Crea escenarios complejos de situaciones simples: una discusión filosófica en un programa de televisión, una discusión en una iglesia que “reforma” homosexuales, y en los diálogos de la gente común.

Aún así se dio espacio para una narración distinta, que irrumpe sin violencia, como los textos publicados en el blog de uno de los personajes, que rozan con lo lírico: “Para esa época, mis estados de ánimo eran como habitaciones de una casa. Habitaciones que visitaba más o menos frecuentemente. En algunas de ellas me ponía a descansar sentado en un sofá frente a chimeneas prendidas. En otras gritaba sin que se oyera algún sonido. En otras más sollozaba, reía o saltaba. Habitaciones normales de una casa bastante normal. Pero había también salones secretos que nunca mostraría a nadie: salas de tortura tapizadas con páginas de biblias manchadas de sangre y semen; cuartos licenciosos llenos de boas de plumas de colores enredadas en lámparas exóticas con pantallas de pieles de felinos; cuartos tóxicos obscuros rebosantes de manos indiscretas y de torsos que hacían relumbrar un trágico sudor; habitaciones con paredes de plásticos inflables untados de vaselina; habitaciones de camas con olor a baño público; cuencos, cuencos negros adentro de la casa, descubiertos cuando niño, pulsantes, de carne y huesos. “

Heterocity de Mauricio Orellana merece el mejor tributo que pueda dársele a una novela: leerla.

Julio Prado

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