Reseñas – Sal / Lorena Flores Moscoso

Sal

Lorena Flores Moscoso

Toma 7, Catafixia editorial, 2011

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A un par de amigos he escuchado decir que es más afortunada la transición de poeta a narrador que de narrador a poeta, aunque Lorena no confirma esta sentencia y SAL es la prueba a la que me remito.

Liberada de la camisa de fuerza estructural, la pertinencia gramatical de la construcción narrativa y la asertividad del vocabulario que nos desvela como narradores, Lida se deja llevar, arrastrándonos con ella en una fantasía surrealista donde encontramos a Lorena muy cómoda, ligera, poderosa. Esa combinación es la que me conmovió de SAL, lo que me hizo retomar la lectura una y otra vez, para intentar encontrarle las claves, los símbolos, lo entredicho, aquello que no está a vista de pájaro y que al final se convierte en el juego seductor y placentero al que todos nos entregamos cuando abrimos las páginas de un libro.

Uno de esos juegos, tal vez el que me alucinó, fue intentar perfilar a Lida a quien vemos siempre en acción, siempre expectante, pero evasiva ya que es imposible sustantivarla, porque Lida es una “ella” aunque nunca sabremos de qué especie animal, vegetal, mineral o híbrida. Al final no importa, solo agrada encontrarla parpadeando, alimentándose, abriendo las manos, riendo, saludando, abrazando, fingiendo, deseando, mordiendo en polvo, jugando, llorando, soñando, pidiendo una señal, cantando y enfrentándose a la muerte.

¡Vaya! Ahora que enumero los verbos, descubro que ¡Lida podría ser yo! O bien aquella homónima que por la eternidad flota en la memoria asturiana de leyendas mágicas, la que se negó al destino atravesado por el cruel mestizaje de esta tierra más cruel todavía. Efectivamente hay coincidencia entre ambas Lidas porque ver su reflejo es vital y para las dos significó el fin. Aunque lo mejor de leer a esta Lida, la de SAL, es encontrarme en ella, descubrirme a través de sus acciones ambiguas, nada espectaculares pero bien sugeridas, expresadas con la naturalidad de quien también podría llamarse así por antítesis o por síntesis, no importa, sólo agrada.

Esta es una historia trágica y caótica, es un laberinto acuático, eso es, un río caudaloso sin remansos, verde profundo, ansioso de las olas y arena que se ven en la distancia porque todo al final encuentra su cauce y desemboca en el mar. SAL es una confusión donde los niños juegan con las caracolas al mejor estilo de Tagore, es un viaje donde hay una “ella” que es estatua, que es milagro y nácar.

Cuando Lida aprieta el corazón y puja para convertirse en sal sentimos sus latidos, palpamos su soledad que se trasluce en una petición de silencio. Ella no tiene remilgos, ella se expresa utilizando con toda desfachatez los típicos símbolos de la femineidad. ¿Quién te crees, Lida, para burlarte así del color rojo, de la maternidad, de las conchas, las angustias, el agua, el olor fragante, las flores y la confusión? ¿Acaso eres tan “ella” como para saber de ansiedades, nostalgias y pasiones que terminan en muerte? ¿Eres Alejandra, Virginia, Ema, Agustina, Lorena o Silvia? No importa, ya te he leído, ya me apoderé de ti a través de esas enigmáticas palabras tuyas que te insinúan, que te dan vida, que te sacrifican con el romanticismo y nostalgia de una dama que prefiere acabar con la realidad que se siente áspera como la SAL marina al envolver nuestros cuerpos, luego de revolcarnos en las olas.

Lida, a pesar de ti, de tu deseo por ahogar lo que bulle en tu interior, a pesar de volver a tus íconos sagrados, no hay salvación, eres una niña a merced del mundo oscuro, incierto y cruel. No hay escapatoria, ¿o sí? La única posibilidad es dejarse llevar y revelarse a medias, poco a poco, sin prisas, flotar hacia la inmensidad que te tragará como un pequeño grano de arena que espera ser arrastrado por la corriente. Pero antes, las palabras divididas en tres partes. La primera es infancia e ingenuidad; la segunda es experiencia que lucha entre la oscuridad y el tiempo que pasa, llevándose algo precioso; la tercera parte es muerte sin posibilidad de resurrección, es ataúd, miedo y SAL en la garganta. ¿Qué más quieres? No hay nada mejor que ser una trágica heroína vestida de mar.

No sé dónde quedó la narradora que dibujaba escenas precisas, quizá se ahogó en este nuevo océano de imágenes oníricas que anuncian la vorágine de un nacimiento, porque SAL es angustia pero no sordidez ni morbo, hay sensación de comodidad en medio del caos, hay control y seguridad a pesar del derrumbe y la muerte, no hay palabras suaves, sino contundentes y envolventes, hay olas, un puño cerrado, aunque después abierto ofreciendo un tesoro. No hay expresión nihilista, sino deseo por compartir.

Lorena Flores, ahora narradora de poemas, ha desvestido el río poderoso de su escritura que finalmente encontró salida al mar.

Michelle Juárez

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